Confusión política y deterioro económico

«Nuestro país se destacó en el pasado por superar a Latinoamérica y ello le permitió un salto en el bienestar general. Hoy está entre el montón, sobrepasado o a la par con países como Colombia, Perú, Uruguay y México…»

Las marchas y contramarchas de las políticas del Gobierno y la opinión unánime respecto del lento avance de nuestra economía hoy y en el futuro próximo son los dos elementos que han marcado las últimas semanas.

Luego que el ministro de Hacienda sincerara las cifras y calculara un crecimiento anual cercano al 2,5%, al Banco Central le tocó el turno en su informe de septiembre de rebajar las proyecciones a un rango de 2 a 2,5%. Hace solo un año estimaba un valor de 3% a 4% para 2015. Que el Imacec de julio, de 2,5%, haya sido visto como algo esperanzador por algunos es indicativo de lo poco que esperamos de nuestro progreso. Incluso, el propio ministro tuvo que llamarlos al realismo.

Es cierto que las condiciones externas no son ventajosas para los países productores de materias primas. Pero Chile tiene la condición especial de beneficiarse por la caída del precio del petróleo, que compensa en parte el menor precio del cobre. Nuestro país se destacó en el pasado por superar a Latinoamérica y ello le permitió un salto en el bienestar general. Hoy está entre el montón, sobrepasado o a la par con países como Colombia, Perú, Uruguay y México.

Una economía flexible y vigorosa como la del pasado en Chile rápidamente se adaptaría a esta nueva situación absorbiendo los golpes y aprovechando las oportunidades. A comienzos de los 90, con un precio del cobre deprimido, el país creció como no la había hecho nunca.

Pero el entorno interno no hace esto posible ahora. Existe reconocimiento del error de las políticas, sea en su concepción, implementación u oportunidad. Sin embargo, el Gobierno persevera en un camino zigzagueante y confuso de idas y venidas. La reforma constitucional sigue latente y -aunque prime el silencio sobre su objetivo- para cualquier observador solo puede significar derechos de propiedad más débiles, mayor poder discrecional de los burócratas y políticos de turno e inestabilidad institucional.

¿Por qué en lugar de una propuesta educacional estatista y corporativista no se buscan soluciones que aprovechen la iniciativa de las personas y las nuevas tecnologías? ¿Por qué se insiste en un sistema tributario politizado, con facultades discrecionales, confrontacional y poco amigable con la creación de riqueza y de premio a la innovación? ¿Por qué insistir con una ley laboral basada en el añejo concepto de lucha de clases y contra el empleo?

¿Por qué sucede esto? ¿Es solo temor al ala de extrema izquierda de la Nueva Mayoría y a su vocación de que todo vale para imponerse? ¿O hay algo más profundo en el corazón del Gobierno?

Si la primera autoridad no entiende esa realidad, o los moderados que la acompañen no la empujan en esa dirección, el riesgo es que los grupos más extremos -cuya agenda es simplemente la del poder y no la del progreso- continúen con su estrategia de «vamos por todo». Pocas esperanzas quedarán con ello de nuestro soñado despegue hacia el desarrollo.

Tomado de la columna de Hernán Büchi, Diario El Mercurio, 13 de septiembre 2015

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