Dos héroes urbanos

Esta Carta al Director de «El Mercurio» de Santiago del 8 de Noviembre de 2015, alienta esperanza de que Chile aún mantiene activo su mejor capital: Su gente.

Señor Director:

El viernes, a las 11:00 a.m., tomé un bus de la línea 116 en Ciudad Empresarial con destino al centro de Santiago. Me senté en el asiento del fondo, al lado de la puerta trasera. Cuando pasábamos por Avda. El Salto con Zapadores (en Recoleta), un muchacho me arrebató mi celular de las manos y huyó del bus corriendo por el vecindario. Dudé qué hacer. ¿Correr detrás, metiéndome al corazón de una población que desconocía? ¿Dar por perdido mi teléfono? Mi decisión final se vio influida por otros dos muchachos que saltaron del bus persiguiendo a quien me había hurtado el celular. No me quedó alternativa que salir tras ellos.

Mientras corría, pensaLadrón a escapeba en que me adentraba en un sector que desconocía y que se percibía hostil. Pensé luego que quizás estas dos personas que corrían delante de mí podrían estar coludidas con el ladrón y esperarme a la vuelta de la primera esquina para robarme también mi mochila y mi billetera. Así es que decidí detener la carrera en la primera esquina. Allí, sin que yo lo solicitara, un par de señoras me indicaron en forma muy silenciosa y procurando pasar desapercibidas que mi celular había sido lanzado a un pastizal. Busqué en el pastizal y encontré mi teléfono. Supuse que el ladrón esperaba recuperarlo cuando la persecución concluyera. Entonces, un señor me indicó desde la vereda del frente que ahora que había recuperado mi celular debía ir a buscar a mis amigos. Mis amigos… personas a las que no les había visto ni la cara.

Partí a contarles que ya tenía mi celular en la mano. Para mi mayor sorpresa, uno de ellos regresó forcejando con el ladrón a quien tenía bajo control. Le exigía que me pidiera perdón, que esto no se hace. Y me preguntaba si lo llevábamos a la comisaría, mientras el ladrón me pedía disculpas, se justificaba por falta de trabajo y me decía que lo golpeara en reprimenda. Finalmente, le dije unas palabras torpes y lo dejamos ir.

Volvimos los tres a El Salto a tomar el bus otra vez, y descubrí que ellos no se conocían. Saltaron espontáneamente en mi defensa en forma independiente. Consideraban que era lo correcto de hacer. Esta vivencia protagonizada por tres jóvenes de edades similares me conmueve. Uno de ellos comete un delito que seguramente a pocos sorprenderá. Pero en paralelo surgen dos héroes urbanos que generosamente resuelven la situación. Pienso que al concentrar nuestra atención en el primer joven, perdemos de vista que tenemos también una juventud extraordinaria, que aspira a construir una sociedad mejor y está dispuesta a sacrificios y esfuerzos que ni nos sospechamos. Son esas las historias que más debemos alimentar para construir el Chile amable que todos queremos.

Juan Carlos Muñoz Abogabir

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