¿Nueva constitución…se justifica y necesita realmente???

Si claudican, que renuncien

Por Gonzalo Rojas S.
 

Los parlamentarios que están propiciando un nuevo proceso constitucional -con independencia de la grotesca vulneración del artículo 142 que ellos mismos establecieron- están incurriendo en una claudicación institucional que debiera tener consecuencias directas.

La mayoría de ellos fueron elegidos hace nada, menos de un año atrás, para realizar las tareas propias de un cuerpo legislativo. Y, entre ellas, están las eventuales reformas a la Constitución vigente.

Pero, en vez de usar esas atribuciones de acuerdo al mandato que se les ha conferido, deciden renunciar de hecho a ellas -y quizás lamentablemente pronto lo hagan de derecho- y entregar a un nuevo órgano las atribuciones de las que ellos están legítimamente investidos.

Esta renuncia es muy grave. Es una burla a las condiciones en que fueron electos, una burla a los electores que confiamos en que ejercerían todas sus atribuciones. En vez de procurar reformas a la Constitución vigente en uso de sus facultades, preferirían eximirse de esa responsabilidad y entregarla a una nueva Convención, instancia por completo innecesaria. El temor a ejercer sus atribuciones solo se explica en esos parlamentarios por su conciencia del descrédito que suscitan sus actuaciones. Pero, al postularse, ellos sabían a qué se exponían. Ahora, deben ser consecuentes.

Por eso, si llegara a prosperar una renuncia de atribuciones como la que se vislumbra, lo que en realidad correspondería es que tanto el Senado como la Cámara incluyeran en la reforma constitucional espuria que estarían proponiendo, la renovación completa de las cámaras. Si no quieren ejercer los poderes para los que han sido electos, lo lógico, lo decente, es que dejen sus cargos y que podamos elegir  a quienes sí quieran ejercer las atribuciones constitucionales.

Mantener dos instancias legislativas paralelas -dos Cámaras y una nueva Convención en simultáneo- cuando una de ellas simplemente no quiere ejercer sus atribuciones, es una ofensa a todos los ciudadanos, una dilapidación grotesca de recursos y un descrédito más de buena parte de la clase política.

 

Contumacia

Por Álvaro Pezoa B.

Nueva” Constitución, “bordes” para la misma, otra convención. Esos son los intereses de los políticos chilenos, después que un 62% de la población, en la votación más masiva que recuerda la historia del país, dijo “rechazo”. Un rechazo que fue un no rotundo al origen, al proceso y a la “payasada” convencional, a las reivindicaciones identitarias de minorías y élites, a la recurrencia indiscriminada a la violencia matonesca en la “calle”, al lenguaje desmesurado y soberbio de los ganadores de ocasión. A quienes quieren desmembrar a Chile, abominan de su historia y tradiciones, y desean borrar cualquier vestigio de realidad que parezca natural: patria, familia, sexo, iniciativa personal, libertad educacional, propiedad, religiosidad.

No hay caso: ¡contumaces! ¿Qué tiene que ocurrir todavía para que la clase política se decida a preocuparse de los problemas reales de la ciudadanía, de sus urgencias sociales, de las necesidades no cubiertas que “claman al cielo”? Ahí están, ¡seguirán esperando!, pues a la mayoría de las dirigencias electas (o no) le preocupan más sus pequeñas cuotas en la “repartija” del poder, navegar en las componendas de café, mantenerse en la “corrección política” para que los periodistas no los hundan, seguir sobreviviendo a las circunstancias hasta la próxima elección. Existen excepciones, pocas.

Es que hay que contar con una inédita Carta Fundamental que sea la “casa de todos”, plena en legitimidad popular, esgrimen. En caso contrario, no se “cerrará nunca el proceso histórico”. ¿Cuál? ¿El de la mediocridad habitual que la nación vivió gran parte del siglo XX?, ¿el de la “revolución en libertad”?, ¿o aquél otro “con empanadas y vino tinto”? ¿El iniciado por el Gobierno Militar, ante el descalabro a que condujeron los “señores políticos”? ¿O el de los “treinta años”, Constitución de Lagos incluida? ¿Quizás el de la “revolución pingüina”, seguida de la exigencia juvenil por “gratuidad” en la educación, que parece sellarse temporalmente con un 18 de octubre siniestro?

Entretanto, se acumulan los crímenes en las calles y autopistas. La Araucanía arde y en sus tierras balean a voluntad. Se suman los carabineros asesinados o malheridos. Las tomas ilegales de terrenos se multiplican. La inflación galopa por irresponsabilidad de gran parte de los congresistas, flagelando especialmente a los más pobres. Miles de adolescentes no pueden estudiar porque sus establecimientos son utilizados por pseudo colegiales como centros de operaciones delictuales. Las listas de espera en los hospitales se perpetúan. En fin, ya se sabe.

¿Cambios a la Constitución? Sí, aquellos que sean realmente imprescindibles. Efectuados por el Congreso Nacional, que es el órgano que la institucionalidad dota y la ciudadanía elige para estos efectos. Ayudados por expertos calificados, ¡bienvenido! Pero, no más shows, ni dilapidaciones de tiempo y recursos, ni arreglines de pasillos a espaldas (y a costas) de Chile. ¡Por favor!

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera, el lunes 26 de septiembre de 2022.

 

¡Pero si va desnudo!

PorMauricio Riesco V.

En el resultado del reciente plebiscito hay un aspecto que escapa de lo inmediato, que anticipa un efecto más trascendente en el tiempo; su desenlace fue mucho más allá de lo que podría representar una disputa entre una hoy irreconocible derecha y una siempre reconocible izquierda. El triunfador fue Chile, los que anhelamos mantener nuestra identidad, esa que nos distingue como un solo pueblo soberano, un país independiente, libre. Y entre los magullados, encabeza la lista el partido comunista y detrás, todos sus devotos satélites de la extrema izquierda ansiosos por recuperar su presa perdida hace 49 años, y que hoy se les ha vuelto a escapar.

Tristemente, el partido comunista, esforzado aspirante a ser el astro rey de la política chilena estos últimos años, se ha aprovechado de una “oposición” que, aunque envuelta en un manto de patriotismo, ha sido entreguista y pusilánime, que es feliz dando un paso adelante aunque eso signifique dar dos atrás. Tiempo hace que esa oposición que antes, al menos formalmente, no lo fue y que ahora no lo parece, ha estado dando tantas facilidades a la izquierda que terminaron por coincidir en el más grave de sus objetivos comunes: cambiar la Constitución que ya les estorbaba, a unos para conseguir facilidades y proyectar en el tiempo su ideología y a otros por conveniencia en sus cálculos inmediatos y no evitar dar esos conocidos dos pasos atrás. Fue, por lejos, la aventura política más peligrosa y extremadamente costosa emprendida en los últimos años en Chile. Pero la cosa fue peor aún, porque habiendo acordado unos y otros que el proceso terminaría con la elección de una de las dos alternativas bien definidas: Apruebo o Rechazo, hoy, cuando luego de ganar el Rechazo por un amplísimo margen y se suponía cerrado el proceso, buscan -juntos nuevamente- otra salida distinta para consensuar una nueva Constitución ¡Otra más! ¿Buscarán la unanimidad de los casi 15 millones de personas habilitadas para votar un nuevo texto? “Derecha e izquierda unidas, jamás serán vencidas”, decía N. Parra.

La Constitución que un mes atrás se nos propuso para votar, fue hecha y redactada por una mayoría zurda y revanchista de la Convención Constituyente y sin tener el contrapeso suficiente y necesario. Pero fue, además, monitoreada y respaldada abiertamente por el gobierno y por la extrema izquierda. Aunque el inesperado resultado hizo que al señor Tellier, consejero espiritual de esa constelación de asteroides marxistas que dos días antes de la votación había llamado a las calles “a defender el triunfo”, nadie lo siguió; nada tuvo que defender; su triunfo se esfumó. Con aires de profeta, había pronosticado también que este plebiscito sería “la batalla de las batallas”, y en esto ¡sí acertó!; solo que al fragor del combate al vidente le fueron saliendo los tiros por la culata. Goloso, erró su cálculo. Creyó haber visto tiempo atrás un platillo demasiado seductor en aquella sorprendente mayoría que en el plebiscito de 2020, de buena fe y con atendibles razones, votó por cambiar la Constitución de Lagos. Por eso, él y sus hormiguitas no perdieron tiempo buscando saciar su glotonería, en la seguridad de ganar fácil esta última batalla. Pero esta vez, humillados, tuvieron que ver la otra cara de la tortilla; casi 8 millones de ciudadanos (62% de los que votamos), rechazó la propuesta de nueva Constitución. Ahora sí, ¡Chile despertó! como ellos mismos decían antes. La iniciativa partió como un engaño para algunos y terminó como un desengaño para la inmensa mayoría. Fue la frustración de quienes en 2020 vieron la oportunidad de un cambio en las políticas sociales de salud, educación, vivienda, de previsión, de seguridad y, especialmente, por estar ya hartos de politiquería, personalismos, corrupción, demagogia, ideologías, violencia, delincuencia, inmigración descontrolada, terrorismo, narcotráfico, etc., pero que jamás imaginaron que a un grupo de revanchistas (ni perdón ni olvido) miembros de la Convención Constitucional se les pasaría la mano de la forma como se les pasó. El hambre de venganza los envenenó, a ellos y a la izquierda dura del país; todos sufrieron los sinsabores de la democracia con la que les gusta jugar pero que aborrecen cuando pierden. Y, sorprendido también, hasta el mandatario colombiano de extrema izquierda, Gustavo Petro, sentenció a las pocas horas de conocer el resultado: “Revivió Pinochet”.

Y, es que el Rechazo fue abrumador, incluso, a pesar de la redacción capciosa y malintencionada de la pregunta que se hizo en la papeleta: ¿aprueba usted el texto de la Nueva Constitución propuesto por la Convención Constitucional? que, escrita como una consulta afirmativa y no con una redacción neutral e imparcial, pudo haber engañado a muchos. Y más destacable aún es que el resultado, a pesar de la desenfadada promoción callejera del nuevo texto constitucional que hizo el presidente y sus ministros repartiendo ejemplares a quienes pasaran por el frente, confirmó que para gobernar no sirve de nada saber gritar y tirar piedras en las revueltas estudiantiles o recibir dinero a cambio de subir la temperatura de un sillón en el congreso. La gente ratificó que para conducir un país se requiere poseer, al menos, algo de competencia, algo de experiencia, algo de conocimientos, y un mínimo de buen criterio, nada excepcional, pero suficiente como para rodearse de una administración instruida que colabore en un manejo serio y confiable del país. Y si a lo anterior agregáramos estudios, cultura, y respeto por el cargo para no avergonzar ni a los chilenos ni a países extranjeros, bueno, entonces ya nos acercaríamos a lo que se considera un verdadero estadista, pero eso quizás si fuera mucho para estos tiempos.

Con todo lo ocurrido desde el cuatro de septiembre pasado, se me ha estado figurando que al presidente del partido comunista le ocurrió algo similar a lo que el escritor Hans Christian Andersen narraba en uno de sus cuentos infantiles, “El Emperador va Desnudo”. Con algunas licencias, podríamos resumirlo así: Resulta que, hace muchos años, existía en un lejano país un rey engreído, jactancioso, y ufano de su astucia (empoderado lo llamarían ahora). Y, aprovechándose de eso, unos pícaros le confidenciaron que tenían a la venta una vestimenta confeccionada con una tela mágica que era invisible a los ojos de las personas; pero lo más extraordinario de ésta, le dijeron, era que únicamente la podían ver los estúpidos, y vistiéndola él podría descubrir quiénes eran los más cándidos de su reino. Y si fueran suficientes, él lograría convencerlos fácilmente de la necesidad de contar con un emperador déspota, que era su inconfesado anhelo. Parecía interesante el asunto. Y ya ante el mágico atavío, el rey y sus súbditos, a riesgo de ser etiquetados como idiotas, aseguraban no poder verlo. El hecho es que el monarca, entusiasmado, pagó el alto precio que le cobraban por el traje, se desnudó, fue “vestido” con él por los embaucadores, y luego salió a la calle a ver el resultado. En el pueblo ya todos estaban enterados del engaño, aunque nadie se atrevía a reconocerlo por temor a que se molestaran unos a otros diciéndose que eran tarados. Pero ocurrió que al ver pasar al soberano, un niño gritó con fuerza ¡el rey va desnudo! Y la gente, ya sin temor, empezó a reír y repetir lo mismo que vio el inocente niño, hasta que el gobernante tuvo que reconocer haber sido víctima de un alevoso embuste. Y, bueno, tuvo además que correr a vestirse. Lo que el autor quiso dejarnos como moraleja es que cuando, a pesar de la evidencia, cualquier verdad obvia es ignorada o silenciada por la mayoría, sigue siendo verdad. Y el comunismo seguirá siendo perverso, aunque no todos lo quieran reconocer.

Esta vez quizás si los bolcheviques criollos se confiaron demasiado en que muchas personas no reconocerían la desnudez de Tellier y su séquito; éstos deben haber pensado que una tela mágica, léase piel de oveja, ocultaría sus intenciones. Es cierto que el resultado del plebiscito también dejó en evidencia que aún hay en el país de esos que aparentan no ver aquel suave cuerito con que otros se cubren; pero lo hacen, está claro, para no pasar por estúpidos o perder alguna oportunidad… la que sea, aunque, por fortuna para Chile, están muy lejos de ser mayoría. Ese contundente resultado del plebiscito demostró que el panfleto que se nos estaba proponiendo aprobar como nueva Constitución, autorizaría al aspirante a monarca a quedarse con el control absoluto de los hilos de la política que se mueven al interior del palacio de la Moneda. Y a todo pulmón Chile gritó ¡el comunismo se pasea desnudo! Y es que, apenas a los seis meses de gobierno, éstos han quedado trasquilados.

Moraleja: para ser confiable no hay que usar pieles de ovejas.

(Desconozco si en Chile Vamos saben de proverbios pero quizás si fuera bueno soplarles que estos enseñan mucho; que sería urgente ir, aunque fuera poco a poco, aprendiendo de ellos… para que contengan los Desbordes y se alejen de las curtiembres).

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