Oposición no es lo mismo que reprobación

Amparados en una consigna vieja y cada vez menos creíble, la de vocación por el servicio público, son cada vez más los interesados en ser Presidente de la República.

Este fenómeno está particularmente sobredimensionado en el bloque opositor, en el cual surgen con gran facilidad dirigentes dispuestos a un desafío presidencial. Casi coincidiendo con el inicio del Gobierno socialista de Bachelet, echaron a correr sus respectivas candidaturas el “independiente” Sebastián Piñera y el RN Manuel José Ossandón; luego se les cruzó en el camino el senador de la misma colectividad Alberto Espina. Por la UDI, un grupo levantó –con chapitas y sitio web– el nombre de Juan Antonio Coloma y recientemente declaró estar “disponible” el diputado José Antonio Kast, y cercano al sector, pero de Evopolis, está empeñado en lo mismo Felipe Kast, sobrino de aquél. En breve, de seguro, se agregarán otros.

Esta tendencia de opositores es producto del desastroso Gobierno de la Nueva Mayoría, lo que a la oposición le permite deducir que no tendrá una segunda oportunidad y, por lo mismo, el poder se le entregará en bandeja porque la ciudadanía no querrá repetirse el plato.

Los cálculos para trazar tan optimistas líneas se basan en lo que mes a mes entregan las encuestas y que, sin piedad, castigan cada vez más la gestión presidencial. Pero no asume que esta reprobación ciudadana también se hace extensiva a la propia oposición, con un rechazo similar al oficialismo.

La percepción opositora de la realidad no calza con los datos de las consultas de opinión. Si bien en julio, por primera vez la oposición tuvo menos rechazo que el oficialismo, en agosto se retomó la tendencia habitual.

La oposición a la Presidenta y a su Gobierno va en un 72%, pero ello no es un instrumento matemático transferible a la encuadrada oposición política. Dicho rechazo corresponde en su gran volumen a gente que habiendo simpatizado con Bachelet e incluso votado por ella, hoy se desencantó y reprueba su gestión. Se trata de millares con sensibilidad moderada de izquierda o independientes, pero no afines a la centroderecha.

Entre matices e interpretaciones, lo único categóricamente comprobable es que el último Gobierno genuinamente de derecha fue el de Jorge Alessandri Rodríguez (1958), pues es también categóricamente comprobable que Sebastián Piñera (2009) derrotó a Frei Ruiz-Tagle gracias al voto de los decepcionados de la ex Concertación y, específicamente, de la primera administración Bachelet.

Su victoria no fue químicamente pura derechista.

Sola, como centroderecha, ésta no ha podido superar su barrera histórica, de tal manera que es un mal calculista quien inocentemente crea que este pésimo Gobierno de Bachelet le abrirá fácilmente las puertas de La Moneda al sector. La derecha política es dispersa, indiferente y pasiva, y desde los aciagos mil días de Allende no ha vuelto a comprometerse en acciones de valor y real participación.

Desde la disyuntiva que debió resolver dramáticamente entre Allende y Frei Montalva (1964), su destino quedó asociado al “mal menor”. A corto o mediano plazo, lo que le espera es algo similar en cuanto a alianzas, sociedades estratégicas o consensos respecto a postulantes de sensibilidad distinta pero que, al menos, se sabe que respetan los derechos de los demás.

Allende pagó con su vida el no haberlos respetado y Bachelet se está yendo de a poco anticipadamente por el mismo motivo.

Tomado de un artículo de Voxpress

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