Política y gobierno:



Política y gobierno:

…Y dejaron un chiquero

Por Juan Pablo Zúñiga Hertz 

A poco andar del nuevo gobierno, tal como suponíamos, nos hemos encontrado con un chiquero bajo una situación extremadamente delicada. Siendo así, parte de las energías tendrán que ser invertidas para contener la hemorragia, ordenar, y sanear.

En el proceso de ordenar a Chile y aplicar duras medidas de recorte de gastos, nos vamos a encontrar con muchas más sorpresas. Eso de que el Sr. Boric salió con la “frente en alto y las manos limpias” no es más que otro de los delirios de sus seguidores con los cuales siempre buscan autoconvencerse de falsedades a través de realidades alternativas y fantasiosas. Lo concreto es que un déficit del 2.5%, crimen organizado instalado y consolidado, y una red de funcionarios altamente sospechosos que dejaron estratégicamente plantados, es una situación gravísima.

El ajuste fiscal y la mano dura, durísima, contra el crimen y el terrorismo, darán motivos suficientes para que la oposición haga lo que más saben hacer: sabotear. Al final, terroristas y criminales siempre han ocupado un lugar especial en el corazoncito de los progresistas. Estratégicamente, para silenciar a la oposición más dura que intentará asonadas insurreccionales y el bloqueo de toda iniciativa en el congreso, la auditoría tiene llegar a fondo y hasta sus últimas consecuencias. No se trata de venganzas, sino de que, de una vez por todas, el que roba, debe pagar. Cuando empiecen a aparecer los nombres de los responsables de tanto desastre durante el gobierno anterior, sólo ahí pensarán dos veces atentar contra el nuevo gobierno.

Sí, hay situaciones mucho más urgentes que demandan la energía y empeño del nuevo gobierno, sin embargo, no nos olvidemos de 2019, evento que tuvo cerebros, apoyo logístico nacional e internacional, coordinadores nacionales y regionales, financistas y ejecutores. Hubo situaciones extremadamente sensibles que atentaron contra la seguridad nacional y que podrían haber derrumbado la nación. La información e inteligencia existe, de manera que todos los responsables no pueden ni van a permanecer en la impunidad.

Somos cristianos y como tales la venganza no nos pertenece. Todos los responsables del daño moral e institucional, así como criminales y terroristas que han hecho insufrible la vida de millones, van a ser procesados por la justicia y los organismos contralores. Como tal, esto será materia judicial. Al ejecutivo le cabe arremangarse la camisa y trabajar duro. Y a usted y yo, como simples ciudadanos, nos cabe estar atentos y pacientes; atentos para no caer en el juego sucio de las izquierdas, y pacientes para entender que arreglar Chile es tarea a largo plazo.

 

 

 

EL OTRO LEGADO DE BORIC

-Durante ningún otro gobierno un ministro fue acusado de violar y abusar sexualmente de una subalterna
-Durante ningún otro gobierno mataron a un refugiado político
-Durante ningún otro gobierno trabajadores de La Moneda se suicidaron en La Moneda
-Durante ningún otro gobierno murió un trabajador en La Moneda por exceso de trabajo
-Durante ningún otro gobierno se perdieron platas en los Ministerios.
-Durante ningún otro gobierno un jefe de presupuesto por tres años seguidos se equivocó en el cálculo del presupuesto
-Durante ningún otro gobierno se entregaron miles de millones a fundaciones truchas de amigos del presidente que terminaron robándoselo todo.
-Durante ningún otro gobierno un presidente pidió la renuncia a tantas mujeres.
-Durante ningún otro gobierno se robaron tantos computadores de las oficinas de gobierno.
-Durante ningún otro gobierno se incendiaron tantas instalaciones de gobierno.
-Durante ningún otro gobierno tantos niños quedaron sin colegios.
-Durante ningún otro gobierno el Estado había dejado de pagar la subvenciones a los colegios y municipalidades.
-Durante ningún otro gobierno los hospitales se quedaron sin insumos.
-Durante ningún otro gobierno, murieron lactantes por culpa de un gobierno cuya ideología les impide recurrir al sistema privado cuando el público falla.
-Ningún otro gobierno abandonó a los damnificados de incendios o de inundaciones.

Y así podría seguir

 

 

 

Éste era el estado del tesoro público entregado por cada gobierno desde 2009 a la fecha… ¡Un escándalo!:

 

 

 

Un sin fin patético

Por Alfredo Jocelyn-Holt Letelier 

Cuesta dimensionar qué acaba de terminar. ¿Un delirio, una alucinación, una pesadilla o pura farra cuyos efectos apenas cabe imaginar? Figúrese: el oficialismo que recién hizo su exit presumió ser la salvación para este país y, sin embargo, a pesar de lo que hemos vivido, es como si nada grave hubiese pasado. Hay quienes abrigan el deseo —otros, expectación, si no resignada fatalidad— de que vuelvan. Muy extraño. Que Boric haya sobrevivido cuatro años en La Moneda dice más de nosotros como país que de este perpetuo infantilismo que seguramente seguirá siendo incorregible.

Entre los gobiernos chilenos que rivalizan por el título de mayor desastre, destacan la República Socialista de 1932 y su secuela bajo Carlos Dávila: el primero, de sólo 12 días; el segundo, de 101 días más. Otros tiempos. Quizás éramos menos tolerantes, o bien no nos habíamos inmunizado lo suficiente. Chile, desde entonces, se viene apestando de manera crónica y, a lo mejor, hemos desarrollado suficiente tolerancia inmunológica, entendida como la capacidad de un organismo para convivir con parásitos sin sufrir daños graves.

Puede que también incida el hecho de que todavía seamos una sociedad rústica, dura de mollera. Un país tan aporreado, conformista y sometido que se contenta, dentro de todo, con lo que venga y resulte. Eligió a Boric cuatro años atrás, cuando bastaba con tener un poco más de dos dedos de frente para desaconsejar dicha opción. Igual, ahora se ha optado por Kast “a la tercera, la vencida”. Y ya antes, a Allende a la cuarta, para, por último, deshacerse de él a patadas y soportar una dictadura que duró cuatro veces más años que el frenteamplismo y los comunistas. Un calvario, este último gustito que se dio la democracia chilena. La dictadura, por su parte, un infierno que también se toleró, y lo que venía de antes, ni digamos. Frei y la UP nos llevaron al despeñadero, con fuerte ánimo suicida detrás. ¿Lo entiende usted?

Apuesto lo que quieran que se entiende tanto como el haber dejado a una banda de inescrupulosos tomarse el Estado, hasta hoy impunes, permitiéndoles así provocar y fastidiar desde fuera de La Moneda, en la calle, liceos, universidades públicas y el Congreso. Que esa es la manera para que vuelvan a Palacio. Y entonces nos iremos turnando de nuevo, como cuando Bachelet y Piñera lograron sus 16 años compartidos que empataron con los 16 de la dictadura, y se tuvo la sensación de que somos serios por lo mismo que “estables”. Para qué decir los 16 adicionales entre Aylwin y la aparición de Bachelet. ¿Época dorada, de bonanza, consenso y cuoteo?, que algunos siguen vendiendo como pomada milagrosa, para justificar la magra cuota de poder que les queda. Y vamos traspasando, en el entretanto, la piocha que cuelga y se aviene con cualquiera que la lleve, con o sin corbata.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el viernes 13 de marzo de 2026.

 

 

En cambio ahora:

 

“Orden, Trabajo y Alegría”

Por José Tomás Hargous Fuentes 

Uno de los versos del último jingle del entonces candidato y hoy Presidente de la República decía que “lo que Chile elige es valentía, orden, trabajo y alegría”. Los primeros días de José Antonio Kast encabezando la Primera Magistratura de la Nación nos muestran en qué medida esas palabras no sólo lo representan de cuerpo entero, sino que resumen muy bien lo que parece que será el sello del nuevo Gobierno.

Esto puede verse desde las distintas medidas que han sido anunciadas hasta los gestos del Presidente y la Primera Dama. Desde la rehabilitación del dormitorio presidencial en Palacio, pasando por el Mandatario almorzando en el casino con los funcionarios de La Moneda y Pía Adriasola sirviendo los almuerzos, no sólo son expresión de la sencillez que vive el matrimonio presidencial, sino que representan que los primeros en asumir la austeridad fiscal son ellos. O la señal del retorno de la corbata a La Moneda, que parece menor pero es una muestra de respeto por unas instituciones que fueron saqueadas y desprovistas de autoridad en los últimos años.

Probablemente la palabra que más dijo en su discurso el miércoles en la noche desde el balcón de La Moneda fue “trabajo” y sus derivados. Un total de veintitrés veces el Presidente enfatizó que llegaban al Gobierno a “trabajar” y “servir” al país. Pero el Gobierno no es capaz de resolver todos los problemas. Como dijo el Presidente, “sólo lo haremos si cada uno de ustedes, cada uno de los chilenos, también trabaja y cuida la Patria. Desde las cosas más pequeñas hasta las cosas más grandes, todos debemos ocuparnos de hacer el bien y cumplir responsablemente nuestras obligaciones. Todos somos responsables”.

Muchos dicen que el excandidato exageró la situación del país durante la campaña, y que en realidad no viviríamos una crisis que demande un gobierno de emergencia. Sin embargo, la situación con que José Antonio Kast recibió el país de manos de Gabriel Boric es de las más graves de las últimas décadas. Como explicó el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, su predecesor Nicolás Grau le entregó la “caja” del Estado completamente quebrada: si los gobiernos anteriores entregaban unos US$3.000 millones al pasar la posta, Boric dejó las arcas fiscales con sólo ¡40 millones de dólares! –alrededor de un 10% del costo mensual de los sueldos de los funcionarios públicos– a diciembre de 2025, y durante este verano contrajo más deuda para maquillar la situación.

Si a eso le sumamos el desborde de la delincuencia y el crimen organizado, el descontrol de las fronteras, una economía estancada, unas instituciones públicas destruidas, la polarización política y la corrupción sin freno en el mundo público, privado y social, durante la administración anterior, junto con el olvido de Valparaíso, Biobío y Ñuble, se puede concluir sin exagerar que estamos ante una emergencia total, que requiere un gobierno de emergencia.

Por eso se anunció esta semana un Plan de Reconstrucción Nacional, orientado a la reconstrucción de nuestras ciudades luego de los incendios de los últimos años, así como a la reconstrucción de los cimientos de nuestra economía. Al mismo tiempo, comenzó la auditoría completa al Estado para descubrir la profundidad de la corrupción, absolutamente desbordada en el Gobierno de Gabriel Boric, desde el Caso Fundaciones hasta la fallida compra de la casa de Salvador Allende, pasando por el Caso Monsalve. Finalmente, ya se encuentran en la Frontera Norte las Fuerzas Armadas (FFAA) para dar inicio a la construcción del Escudo Fronterizo y el Canciller peruano reabrió las negociaciones por el corredor humanitario para que los migrantes ilegales vuelvan a sus países.

En resumen, como el mismo Kast dijo en su discurso, Chile necesita recuperar el “orden”“Para enfrentar esas emergencias en seguridad, en salud, en educación, en empleo y tantas otras, Chile necesita un gobierno de emergencia y eso es lo que vamos a tener. Un gobierno de emergencia no es un eslogan, es la realidad que vamos a vivir. Es orden donde hay caos, es alivio donde hay dolor, es mano firme donde hay impunidad. Y es también esperanza real, concreta y posible para quienes han sido ignorados por mucho tiempo”, argumentó.

Por eso, recurrió al ejemplo del arquetipo del orden y la autoridad en nuestro país: “Diego Portales era un hombre claro y nos acompaña, al comienzo de nuestra caminata en la plaza nos detuvimos ahí, y Diego Portales nos dejó una enseñanza que sigue plenamente vigente. Un país no puede gobernarse sólo con ideas, tiene que gobernarse con carácter y el carácter no es arbitrariedad. El carácter es estar dispuesto a hacer lo que hay que hacer, aunque sea incómodo, aunque sea impopular, aunque cueste, lo vamos a hacer”. Esto quiere decir que “la autoridad tiene que ser fuerte porque nuestro país en esta hora así lo demanda, no para someter, sino para proteger a nuestros compatriotas”.

Como dijo el Presidente, “Estimados amigos, desde este balcón, desde la Casa de Todos los Chilenos, les digo de frente que vamos a recuperar nuestro país, vamos a recuperar nuestras calles, vamos a recuperar nuestras instituciones, vamos a recuperar la esperanza”.

 

 

Gobernar en emergencia

Por Mara Sedini 

Desde que el Presidente José Antonio Kast propuso a los chilenos el establecimiento de un “gobierno de emergencia” para hacer frente al estancamiento que vive nuestro país en múltiples materias, el concepto ha sido objeto de un nutrido debate. Muchos lo han valorado como un acierto político, capaz de reflejar con claridad el momento que vive el país y de orientar con realismo la acción del Ejecutivo en los próximos cuatro años. Otros, legítimamente, han manifestado reparos o dudas respecto de su alcance. Pero más allá de la discusión pública, lo fundamental hoy es comprender el diagnóstico de fondo y actuar en consecuencia frente a los problemas que Chile ya no puede seguir postergando.

Cuando se observa con detención la situación de nuestro país, con un crecimiento estancado entre un 1,5 y 2,5% anual, el peor desde el retorno a la democracia; un desempleo de 8,5%, siendo el sexto país de la OCDE con la mayor tasa de desocupación; 2,5 millones de personas en listas de espera, con más de 40 mil fallecidos entre personas que estaban esperando una consulta o una cirugía en el sector público durante 2024, y un 278% de aumento en secuestros y extorsiones respecto de 2018, resulta evidente que enfrentamos problemas acumulados que urgen solución.

Frente a este panorama, negar la existencia de una emergencia supone, en los hechos, aceptar como normales situaciones que hace pocos años habrían sido consideradas inaceptables, o confiar en que bastará con perseverar en las mismas respuestas del último tiempo para resolver desafíos que han demostrado ser cada vez más complejos. Desde el Gobierno, creemos que Chile merece algo distinto: reconocer con claridad la magnitud de sus dificultades para enfrentarlas con decisión y sentido de urgencia.

Asumir esta realidad también implica una forma distinta de ejercer la responsabilidad de gobernar. Revertir una situación crítica en múltiples frentes exige convocar voluntades amplias y comprender que los desafíos del país superan las fronteras habituales de la política. Nuestro Gobierno tiene convicciones claras y un mandato democrático para impulsar su programa, pero también la certeza de que el momento que vive Chile requiere amplitud de miras, generosidad y disposición a poner siempre por delante el interés del país.

Desde el primer minuto, el gobierno del Presidente José Antonio Kast ha comenzado a implementar una serie de medidas para afrontar las emergencias. Estas responden a las urgencias sociales, económicas y de seguridad que enfrenta el país. En seguridad, se instruyó la Política Nacional de Cierre Fronterizo, el Plan Escudo Fronterizo y el nombramiento de un Comisionado Presidencial para coordinar a las fuerzas de orden y seguridad en la macrozona norte. En materia económica, se ordenó destrabar 51 reclamaciones pendientes en el Sistema de Evaluación Ambiental que mantienen paralizadas importantes inversiones y se inició una auditoría total al Estado. Y en el plano social, se fortaleció el rol del Ministerio de Vivienda para acelerar la postergada reconstrucción en las regiones afectadas por incendios. Son decisiones iniciales que buscan devolver capacidad de acción al Estado frente a problemas que durante demasiado tiempo se fueron acumulando.

El camino para dejar atrás esta situación ha sido señalado con claridad por el Presidente de la República en sus primeros mensajes a la Nación. Salir de la emergencia implica recuperar el orden que permite a los ciudadanos vivir con tranquilidad, reactivar el crecimiento y reconstruir la confianza en las instituciones. Es un proceso que exige el carácter para tomar las decisiones difíciles que el bienestar de todos demanda, pero también el compromiso de cada ciudadano para enfrentar este desafío con responsabilidad y patriotismo.

Nuestra labor desde el Gobierno estará enfocada en devolverle al país un entorno de certezas y reglas claras que permitan a cada chileno desplegar con libertad sus capacidades y proyectos. Asumimos esta emergencia con optimismo, conscientes de que no estamos condenados a una mediocridad que ofrece cada día menos oportunidades. No ignoramos que la magnitud del desafío es grande ni que el esfuerzo requerido será exigente. Es precisamente la profundidad de esta crisis la que determina el sentido de urgencia con que estamos actuando.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 15 de marzo de 2026.

Semana de símbolos y esperanza

Por Gonzalo Cordero 

Las sociedades se debaten en una tensión política entre el orden y el cambio. Restauración y revolución se articulan como relatos que periódicamente configuran la esperanza de un futuro mejor, sobre ciertos valores encarnados en símbolos que agitan emociones atávicas.

A Chile no le ha ido bien con las revoluciones. Ni la que prometía hacerse en libertad ni, menos aún, la que se nos ofrecía con empanadas y vino tinto condujeron a nada bueno. Algo parecido, aunque menos traumático, sucedió con la que se vistió –disfrazó, en realidad– de “estallido social”. Del movimiento que iba a ser “la tumba del neoliberalismo” apenas quedó un recuerdo de violencia, destrucción y frustración que envejeció mal.

Esta semana se selló su fracaso. Antes de terminar el gobierno del Presidente Boric, la estatua de Baquedano volvió a su lugar, del que nunca debió salir. Finalmente, el peso de las instituciones, de nuestra historia y de la tradición construida durante más de un siglo, terminó imponiéndose a la piedra, al encapuchado y a la bomba molotov. La convicción y perseverancia del alcalde Bellolio fueron fundamentales para que todo lo que simboliza esa estatua volviera como testimonio de reconocimiento a los valores predominantes de nuestra identidad.

En una ceremonia impecable, justo es reconocerlo, gracias al sentido republicano de todos quienes participaron en ella, juró el Presidente José Antonio Kast y recibió los símbolos que lo invisten como el gobernante constitucional de Chile por los próximos cuatro años. En el Congreso bicameral propio de nuestra tradición, con la participación de todas las instituciones que configuran la República, representantes de iglesias, organizaciones sociales e invitados extranjeros y en aplicación de las normas de nuestra Constitución Política, la misma que quisieron reemplazar por el delirante texto de la Convención, nuestro país vivió la continuidad de su orden democrático.

Una sólida mayoría eligió al más conservador de los presidentes que hemos tenido desde el retorno a la democracia. Un católico observante, que en su primer discurso evocó a Portales y que ha dado reiteradas señales de valoración de Carabineros y de nuestras Fuerzas Armadas, así como una persistente voluntad de recuperar los principios de libertad y orden que han sido la base de nuestras épocas de estabilidad y progreso. Todo un giro, no sólo político, sino cultural, que hace apenas cuatro años habría parecido imposible.

Churchill decía que en política ninguna victoria es definitiva y ninguna derrota es fatal. Sabias palabras que llaman a todos quienes comparten los valores del gobierno de la ley como marco de convivencia, del mérito como principio de justicia para asignar bienes y oportunidades, así como de la solidaridad con el desfavorecido, a valorar este momento y trabajar para que el gobierno del Presidente Kast tenga éxito y su gestión se proyecte, afianzando los valores que una vez más han prevalecido, porque desde los orígenes de Chile están en nuestro ADN.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el sábado 14 de marzo de 2026.

 

El verdadero cambio de mando que Chile necesita

Por Enrique Cruz Ugarte 

Chile acaba de vivir un nuevo cambio de mando. Y aunque esa imagen vuelve a recordarnos una fortaleza institucional que no conviene dar por descontada, también deja en evidencia una fragilidad que se ha ido profundizando con los años: el desgaste de las confianzas.

El nuevo Gobierno recibe un país que no sólo enfrenta urgencias en seguridad, crecimiento o migración. Recibe también una sociedad cansada, polarizada y golpeada por una sucesión de hechos que han debilitado la credibilidad de la política, de las empresas y de otras instituciones que, en distintos momentos, debieron estar a la altura y no lo estuvieron. Ese deterioro no es una sensación abstracta. Se expresa en la sospecha permanente, en la dificultad para creer en la palabra del otro y en la idea, cada vez más extendida, de que detrás de muchas decisiones hay interés particular antes que vocación de servicio.

Por eso, la reconstrucción de las confianzas no puede entenderse como un asunto secundario, ni como una consigna bien intencionada para adornar discursos. Es una condición de posibilidad para avanzar. Sin un mínimo de confianza compartida, el desarrollo se vuelve más frágil, la convivencia más tensa y la tarea de gobernar mucho más cuesta arriba.

Este problema, además, no es solo chileno. El Edelman Trust Barometer 2026 muestra que la crisis actual ya no pasa únicamente por la distancia frente a las instituciones, sino también por una creciente dificultad para confiar en quienes son distintos. Distintos en sus ideas, en sus valores, en su historia o en su manera de mirar el mundo. Cuando eso ocurre, la sociedad se repliega. Se achican los espacios comunes y se debilita la posibilidad de construir algo entre personas que no piensan igual, pero que igualmente comparten un destino.

En ese contexto, el rol de la empresa adquiere una relevancia especial. No porque esté exenta de errores, ni porque tenga por sí sola las respuestas, sino porque sigue siendo uno de los pocos espacios donde la confianza puede vivirse de forma concreta. Para muchas personas, la relación con su trabajo, con su empleador y con los equipos de los que forma parte es bastante más cercana y real que el vínculo que logran tener con otras instituciones más lejanas.

Esa cercanía impone una responsabilidad mayor. La empresa no puede reducir su papel a generar empleo, pagar sueldos o producir resultados. También está llamada a ser una comunidad donde las personas puedan desarrollarse con dignidad, ser respetadas en sus convicciones y sentirse parte de un proyecto que las considera en serio. Cuando eso ocurre, la empresa no solo aporta valor económico. Aporta cohesión, sentido de pertenencia y una experiencia concreta de confianza en medio de una sociedad fragmentada.

Lo mismo vale para el Estado. Reconstruir las confianzas exige instituciones que funcionen, que actúen con integridad y que sepan responder a las necesidades reales de las personas. Exige también políticas que hagan más humana la vida cotidiana y fortalezcan a las familias, especialmente en ámbitos donde todavía persisten obstáculos evidentes.

La confianza no se recupera de un día para otro. Mucho menos por decreto. Se reconstruye con coherencia, con rectitud y con una disposición sincera a ponerse al servicio del bien común. Ahí está uno de los grandes desafíos de este nuevo tiempo político. Y ahí también las empresas tienen una tarea ineludible.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el domingo 15 de marzo de 2026.

Kast y Portales

Por Josefina Araos 

“Un país no puede gobernarse solo con ideas. Tiene que gobernarse con carácter y el carácter no es arbitrariedad”. Así citó el presidente Kast a Diego Portales en su discurso en La Moneda el día del cambio de mando. La mayoría de los análisis han usado la referencia para confirmar sus temores respecto de los énfasis, el estilo y los principios que inspirarían al mandatario (la sombra autoritaria que muchos buscan atribuirle), pero ha quedado pendiente una mayor detención en el significado de la cita escogida. El Presidente no será el mejor orador, pero pareciera no elegir nada al azar. Y en ese sentido debe interpretarse también su alusión a Portales: por la manera en que dialoga con el momento en que le toca asumir la primera magistratura, así como con su propia apuesta política. Veamos si podemos sacar alguna conclusión sobre ello.

Se ha vuelto casi un lugar común la conclusión de que vivimos tiempos inciertos, con problemas tan graves como de difícil solución. Predominan por lo mismo las hipótesis que subrayan la larga duración de los procesos en curso, el peso y arraigo de las dinámicas instaladas, la complejidad de los sistemas que dan forma a la vida social. Nada de eso es falso, por cierto, pero tiene el riesgo de terminar en una suerte de resignación intelectual, y también política. Si las cosas son tan complicadas, si aquello que tenemos delante es una montaña inabordable, no hay mucho que hacer. Y tampoco hay mucho que reclamar: los que mandan quedan liberados de culpa. En ese sentido, uno podría pensar que la referencia del Presidente a Portales busca justamente afirmar lo contrario: reivindicar la agencia de los actores, en especial de aquellos que están a cargo del destino del país; abrir un margen de acción para enmendar el rumbo, así como para exigir responsabilidades. La apuesta no deja de ser inteligente: sabemos que la ciudadanía está cansada de los discursos que piden paciencia, al mismo tiempo que la política es cada vez más lenta en dar respuestas o probar su eficacia, y pródiga en señales de ensimismamiento y, más veces de las que quisiéramos, de corrupción. No por azar aumenta la cifra de aquellos para quienes se ha vuelto indiferente vivir o no en democracia. No es un abandono de convicciones arbitrario el de la gente, sino que es resultado de un entramado institucional al que se le cuesta mostrar cotidianamente su valor. Afirmar el carácter frente a las ideas es entonces una manera de volver a asignar a los actores el papel protagónico que les corresponde, para mostrar que todavía puede hacerse algo, y que podemos exigirles explicaciones si fracasan.

Pero no por inteligente la apuesta deja de ser arriesgada. Es fácil pasar de la reivindicación de la agencia al voluntarismo, a subestimar los puntos ciegos, a reducir la política al efectismo, si acaso te convences estando en el poder que la resignación era inevitable. Y en ese difícil equilibrio tendrá que aprender a moverse el mandatario, pues ha decidido enmarcar su mandato en un “gobierno de emergencia” que debe justamente abordar problemas muy graves y complejos. Materias donde las personas esperan, con razón, respuestas o cambios efectivos, pero que no son sencillas de demostrar. Requerirá entonces gran destreza para hacerse cargo de la distancia que existe siempre en política entre lo dicho y la realidad, entre las palabras y lo que se puede hacer. Un ámbito en el que el gobierno saliente fracasó rotundamente y donde es probable que se juegue también parte importante del éxito del nuevo mandato. Porque dar respuestas tomará tiempo, y habrá que saber justificarlo. En ese sentido, no es sólo carácter lo que asegura la agencia de los actores; también una aguda lectura de los tiempos que vivimos y una conciencia clara del margen efectivo de acción del cual se dispone. Sin ello, la acción política puede ser eficaz, pero no necesariamente mejorar la vida de las personas. Y es ese justamente el objetivo que se ha trazado el nuevo presidente.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el sábado 14 de marzo de 2026.