Gobierno y Política
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Los DDHH nuevos:
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¡Ya no hayan que inventar!
Como los Reyes Absolutos de Antaño

Por Max Silva Abbott
La situación económica del país se está tornando cada vez más preocupante, lo cual ha incidido en la baja popularidad del gobierno.
Ahora bien, aunque resulte obvio, un deterioro económico de esta envergadura no se produce de la noche a la mañana, razón por la cual es absurdo echarle la culpa a la administración actual por una situación que claramente ha heredado, y de la cual está tratando de salir pese a la férrea oposición política que debe enfrentar.
Sin embargo, y más allá de esta evidencia, se quiere llamar la atención sobre lo siguiente: que lo anterior se debe en buena medida a la notable falta de fondos que aqueja hoy al Estado para enfrentar los gastos corrientes del funcionamiento del país (lo que incluso ha obligado a contemplar la posibilidad de endeudarse internacionalmente, y no poco), situación que ha sido producida por el desfalco y malgasto de los recursos públicos del gobierno anterior, el que no podía menos que saber que su accionar generaría la crisis actual.
En consecuencia, ¿quiere decir que se obró así a propósito, para que los costos de sus decisiones recayeran en el gobierno actual, con el fin de generar tal descontento que en las próximas elecciones puedan retornar al poder?
El problema, además de ser un plan deleznable, es que de ser cierto, significa que al anterior gobierno le tenía sin cuidado el bienestar de la ciudadanía. Ello, pues abusó de los recursos públicos para favorecer a sus aliados y clientes y dejar contentos a algunos sectores afines, a sabiendas que estos recursos no alcanzaban, solventando este déficit con deuda internacional o, sencillamente, dejando de pagar muchas de las obligaciones asumidas, pasándole este pesado fardo a la actual administración a fin de condenarla al fracaso, se insiste, sin preocuparse por los perjuicios que todo esto está ocasionando en la población.
Semejante actitud se parece mucho a la de los reyes absolutos de antaño, que consideraban a los países que gobernaban como su propiedad, sintiéndose dueños y señores para hacer y deshacer, manejando los recursos y personas de sus reinos a su antojo.
De este modo y a sabiendas, se han otorgado beneficios sin pagar los costos, endosándoselos a sus oponentes políticos. Situación sumamente grave, que afecta en lo más hondo al espíritu cívico elemental que debe imperar en cualquier democracia.
En efecto, lo que debiera ocurrir es que cada gobierno luche por el bien de la población, buscando hacerlo del mejor modo posible, para seguir siendo elegido por la ciudadanía; y en caso de triunfar las fuerzas rivales, no bloquear sus posibilidades a costa del bienestar de esa misma población. Es decir, tener un mínimo espíritu de cooperación con su competencia política, puesto que, en teoría, todos buscan lo mejor para Chile, si bien cada uno desde su perspectiva. Y de hecho, esta es su razón de ser.
En cambio, lo que ahora pareciera ocurrir es que ese bienestar de la población no importa en absoluto, y se juega con ella mediante dádivas temporales para obtener su favor, cargándole los costos a sus oponentes políticos a fin de frustrar su actuación futura y así retornar al poder. Y todo ello, se insiste, sin importar los costos que ello pueda tener a la postre. ¿Significa esto que si logran gobernar otra vez volverán a actuar de la misma manera?
Es de esperar que la ciudadanía capte el problema y no caiga en este vil juego.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el diario El Sur de Concepción. El autor es Doctor en Derecho, profesor de filosofía del derecho en la Universidad San Sebastián y miembro del Capítulo Concepción de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile.
Dos ejercicios del poder

Por Gonzalo Rojas Sánchez
Magnífica facultad la del poder. Sin ella, la humanidad no se habría desplegado, o más bien “no sería”. ¿Que algunas veces corrompe? Por cierto, quizás muchas. ¿Que en otras produce devastadores efectos? Sí, basta mirar esos Holocaustos y esos Gulags. Pero, ¿no muestra también la historia humana toda la grandeza de su noble ejercicio? ¿No se destaca acaso nuestra Patria porque sus poderes (muchos más que los tres del constitucionalismo) han forjado en Chile lo nuestro, el patrimonio, en el sentido más amplio y noble del término?
Así ha sido, gracias al poder de la palabra poética, con el poder de las sentencias, desde el poder de los padres, mediante el poder de las armas, por el poder de los emprendimientos, a través del poder de las presidencias… y podríamos seguir y seguir. En Chile, se ha podido…
Pero, toda esa concatenación de fuerzas positivas no puede ocultar las grandes divergencias que se han planteado entre nosotros sobre la naturaleza y el ejercicio del poder. ¿Desde cuándo? Sin duda alguna, desde la recepción del marxismo en Chile y, con especial evidencia, en las presidencias Bachelet II y Boric, frente a los mandatos Piñera II y Kast.
En términos sencillos, las izquierdas han asumido el poder para transformar. Lo han hecho mediante una secuencia muy conocida: se busca y recita una fórmula de manual ideológico, se determinan los casos en los que se aplicará, se despliega un aparato comunicacional de confrontación, se procede con determinación mesiánica, no se enmienda la marcha (aunque sea evidente que se está fracasando) porque si la teoría no calza con los hechos, peor para los hechos; y el fracaso conduce a una insólita conclusión: el poder no se aplicó a fondo y, por eso, la próxima vez habrá que hacerlo con mayor determinación y profundidad.
Por contraste, y en palabras también simples, desde las derechas se ha tratado de ejercer el poder para servir. La cadena de actos de su comportamiento es muy distinta: se miran las necesidades, se ponderan y se jerarquizan (porque son muchas y compiten entre sí), se buscan las soluciones de acuerdo a los principios y al estudio de los casos, se ponen en práctica las políticas concretas (con frecuencia, con un déficit en la oportunidad y en la claridad comunicacional), se sigue de cerca el avance y se corrigen los errores. “Lo que se necesita es la consideración responsable y ágil de cada paso político, de cada decisión”, decía Havel.
Si en algún tema este contraste ha sido dramático en el Chile reciente, ha sido en materia educacional.
El manual ideológico le indicó a la Nueva Mayoría que la educación particular subvencionada era un ámbito de discriminaciones arbitrarias. Había entonces que impedir la formación de nuevos colegios, eliminar los aportes familiares al mejoramiento de la educación, suprimir toda forma de selección, en fin, atiborrar el sistema de regulaciones asfixiantes. Paralelamente, había que iniciar el control de las universidades colocándolas frente a la disyuntiva de la gratuidad: si te sumas, eres de los buenos, pero tendrás que aceptar la regulación de tus aranceles; si te quedas fuera, obviamente eres elitista, y además pones en riesgo el acceso a otros fondos de educación superior. Y, como si fuera poco, el manual indicaba desmunicipalizar y burocratizar la precaria educación pública, mediante la creación de estructuras gigantes. Además, cómo no, había que anunciar que se condonarían las deudas del CAE.
Los desastres que ha producido ese poder transformador están a la vista, y le costará mucho al actual gobierno desplegar el poder en la educación. Los datos duros del fracaso transformador son el punto de partida de una tarea imprescindible.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el miércoles 22 de julio de 2026.
El globo pinchado

Por Joaquín García-Huidobro Correa
¿A qué se debe la multiplicación de los sentimientos antiargentinos en el fútbol? Se ve que pasaron los tiempos de la solidaridad deportiva latinoamericana, donde lo básico era que la copa se quedara en América, “aunque fuera en Argentina”. Una razón para el cambio es simple: basta con preguntarle hoy a un niño chico qué equipo de fútbol le gusta y la respuesta ya no será la U, el Colo Colo o la Católica, sino el Real Madrid, el Barcelona o el Manchester City. En ese contexto de globalización futbolística, es natural que muchos vayan por España.
Pero hay más. Admitamos que los chilenos vivimos con una perpetua frustración: nos gusta el fútbol, pero somos malos para la pelota. Es cierto que dos argentinos (Bielsa y Sampaoli) nos mostraron que las cosas podían ser diferentes, pero ya nos damos cuenta de que ahora nuestra participación en los mundiales se está limitando a comprar láminas de Messi, Mbappé o Tim Payne para completar el álbum.
La frustración chilena frente al fútbol argentino es histórica, pero había sido compensada cuando hace unas décadas descubrimos que éramos buenos para algo, que había un ámbito en el que, si nos esforzábamos, llegaríamos a ser los “número uno” de la región: la economía. De ahí el sueño de Sebastián Piñera: alcanzar a Portugal y ser el más pobre de los países ricos.
Sin embargo, como decía Jorge Porcel, un humorista argentino de la década del setenta: “Che, al final siempre hay alguien que te pincha el globo”. En nuestro caso, fue Bachelet II. Por si fuera poco, después vino el FA/PC y pinchó cualquier otro globito que pudiera comenzar a inflarse de nuevo.
Con todo, Chile todavía tiene una buena ventaja, acumulada a lo largo de décadas, y la llegada del gobierno de Kast representa una esperanza. Su megarreforma acaba de ser aprobada, aunque no con todos los apoyos que habrían sido deseables.
Las claras ventajas que tuvimos en materia económica explican la intensa irritación de muchos frente a quienes ponen obstáculos a su buen desempeño. Aceptan que no podemos ganarles en el fútbol a los argentinos, pero, justo en el deporte en el que somos capaces de superarlos ampliamente, nos encontramos con que nuestros izquierdistas nos meten constantes autogoles.
Para colmo, los representantes de la nueva izquierda están convencidos de que han hecho el bien. Si uno lee lo que escribió Nicolás Grau en una columna esta semana, pensará que nuestros sentidos nos engañan: si lo que dice es así, entonces todo lo que hemos visto en los últimos veinte años es mera apariencia. Como si nadie hubiera espantado la inversión de modo sistemático, o ella careciera de importancia para el desarrollo.
La habilidad retórica frenteamplista me recuerda la propaganda televisiva del gobierno en tiempos de la UP: ella nos mostraba que, si no estábamos exactamente en el Paraíso, nos faltaban pocos metros para llegar a él. El problema es que uno salía a la calle y se encontraba con las colas y una inflación galopante. Es decir, no calzaba lo que veían nuestros ojos con lo que la izquierda dominante intentaba instalar en nuestras mentes.
La astucia de esa izquierda produce una enorme frustración. Muchas veces se ha dicho que “dato mata relato”, pero la verdad es que el relato frenteamplista parece inmortal. Una parte importante de la ciudadanía ve con desesperación cómo unas medidas destinadas a producir empleo y reducir la pobreza son presentadas como una “reforma para los superricos”. Por desgracia, muchos terminan por creerlo. De este modo, aunque existe un campo en el que podríamos ser líderes indiscutibles, la acción de la izquierda radical hace que terminemos siendo uno más del montón.
Obviamente, no se trata aquí del gusto narcisista por ser los primeros: si la economía crece, disminuirá la pobreza y ya no habrá excusas para no ocuparse de los campamentos y de tantas otras necesidades que son muy urgentes, aunque no sean electoralmente rentables. La economía importa.
La razón para apoyar a España no puede ser el deseo de no parecer latinoamericanos, la envidia ante los argentinos o el hecho de que nuestros vecinos se vuelven un poco arrogantes en los triunfos. Por su parte, para hinchar por Argentina es bueno tener las razones correctas y no algunas de carácter extradeportivo. Así, el motivo para elegir a Argentina no puede ser el transformar el partido en un enfrentamiento entre el socialismo español y el capitalismo argentino, donde ya no será Yamal vs. Messi, sino Sánchez vs. Milei, con la confianza de que la mano invisible lleve a un triunfo de la Albiceleste.
La selección de España es un modelo de orden y un triunfo suyo en el mundial sería la consecuencia natural de un trabajo bien hecho. Por su parte, a la selección argentina no le faltan méritos. Una y otra vez ha mostrado perseverancia y resiliencia ante escenarios deportivos muy adversos. Estas son unas virtudes que deberían inspirarnos tanto para mejorar nuestra economía como para volver a tener una selección que le dé al país unas necesarias alegrías.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 19 de julio de 2026.