Chile elegirá mucho más que a un Presidente
Chile elegirá mucho más que a un Presidente
Roberto Ampuero y Mauricio Rojas: “…el Frente Amplio dista de ser aquella izquierda marxista-leninista de nuestra juventud, pero se le parece en su convicción de sentirse dueña de la verdad y portadora de una supuesta misión histórica a cumplir contra viento y marea…”.
Dentro de pocos días, Chile elegirá mucho más que a un nuevo Presidente. La disyuntiva de fondo no es Piñera o Guillier, sino el rumbo que el país adoptará por largo tiempo, y es menester que reflexionemos en torno a ello para que nuestra decisión se condiga con lo que está en juego.
La opción que representa Sebastián Piñera es un llamado al reencuentro, al diálogo, a los grandes acuerdos para darle estabilidad a nuestro desarrollo como país. Para lograrlo, propone un programa basado en un firme compromiso con la justicia, la solidaridad y la inclusión como complementos esenciales de la libertad. Con ello, la economía de mercado se transforma en una economía solidaria de mercado, y el compromiso del Estado con la igualdad de oportunidades y las seguridades ante la adversidad se amplía, pero no para coartar la autonomía individual ni para reemplazar a la sociedad civil, sino para potenciarlas.
Este programa de libertad con solidaridad, alejado de todo fundamentalismo ideológico, brinda las bases para un amplio acuerdo que permita convertir a Chile en un país integralmente desarrollado. Para concretarse, esta opción requiere de generosidad mutua y un sentido de país que trascienda los partidismos que nos dividen y potencie las confluencias que nos unen. Lograrlo no será fácil, pero nos parece un esfuerzo digno de ser intentado con fuerza y coraje.
Frente a esta opción tenemos un horizonte muy diferente. La verdad es que votar por Alejandro Guillier es votar por el proyecto radical de las élites dirigentes del Frente Amplio. Como fuerza electoral y, más aún, como proyecto de país, la vieja centroizquierda de corte concertacionista está hoy en total bancarrota. En ese sentido, Guillier es el candidato de un gran naufragio puesto en evidencia en las elecciones del 19 de noviembre. Esta debacle fue el precio lógico por haber despreciado, e incluso renegado, los grandes logros de lo que fue la mejor época de la historia de Chile. De esta manera, la vieja izquierda les abrió las puertas a fuerzas radicales que no viven sino para enterrarla como proyecto histórico junto a lo que fue el espíritu de unidad nacional que posibilitó la transición a la democracia.
En un eventual triunfo, Guillier será completamente dependiente de la bancada parlamentaria frenteamplista que, además, sabrá movilizar a la calle para imponer su peso. En suma, Guillier será su rehén o su tardío adherente, y se verá obligado a navegar hacia la asamblea constituyente, la expropiación de los fondos individuales de pensiones, el populismo plebiscitario, la expansión de monopolios estatales, el debilitamiento de la soberanía nacional y de la lucha contra el terrorismo, y la irresponsabilidad fiscal propia de la demagogia de los “derechos sociales”.
Todo esto implicará no solo recortar libertades y polarizar al país, sino también agudizar la parálisis económica ante un horizonte cuajado de incertidumbres y hostil hacia los inversores, creadores y emprendedores de variado tipo.
Sin embargo, lo más grave de la radicalización que Guillier no podrá evitar será su orientación hacia la destrucción del diálogo cívico y de la comunidad nacional.
El proyecto del Frente Amplio es un ejemplo de retórica populista que intenta dividir al país en dos sectores antagónicos: el pueblo, que ellos dicen representar, y “los poderosos de siempre”, las élites o como quiera denominarse a ese “antipueblo” que discrepa de ellos y al cual hay que doblegar. Se transitará así a un universo político donde los adversarios devienen enemigos, unos sujetos con los cuales no se dialoga, sino que se los aplasta, lisa y llanamente.
Este método lo conocemos bien de nuestros años marxistas, lo hemos visto recientemente en otros países de la región y nos trae a la memoria cómo, en pocos años, el país cívico con una democracia admirada, que era Chile en la década de 1960, terminó precipitándose en una tragedia de odios, resentimientos y violencia cuyas heridas el país aun no logra restañar.
El Frente Amplio dista de ser aquella izquierda marxista-leninista de nuestra juventud, pero se le parece en su convicción de sentirse dueña de la verdad y portadora de una supuesta misión histórica a cumplir contra viento y marea. La historia de América Latina está plagada de movimientos políticos que han echado por la borda al país con la ilusión de construir uno supuestamente mil veces mejor, inspirado en dogmas mesiánicos. El resultado siempre ha sido el mismo: un bello sueño que deviene en una pesadilla sin fin.
Esta es la disyuntiva, cargada de inquietantes consecuencias, ante la que se encuentra Chile, y que nos lleva hoy a respaldar con coraje al ex Presidente Sebastián Piñera. Por ello mismo, consideramos un deber intelectual ineludible compartir nuestras aprensiones y reflexiones con el país.
Roberto Ampuero
Mauricio Rojas
Autores de Diálogo de Conversos 1 y 2