El oficial de Marina: Primera línea de la contención de una crisis



El oficial de Marina: Primera línea de la contención de una crisis

Miguel A. Vergara Villalobos

“…hay una particular preocupación de la Armada por formar a sus oficiales incentivando las humanidades, para desarrollar en ellos un espíritu crítico y reflexivo…”.

Chile depende vitalmente del mar, puesto que el 95% de nuestro comercio internacional se realiza por vía marítima. Y, dado que nos beneficiamos de una economía abierta al mundo, debemos también asumir la responsabilidad de contribuir a que ese flujo de bienes no sea interferido. Por eso, frecuentemente la Armada participa en ejercicios internacionales con Marinas amigas, con vistas a una eventual operación combinada para asegurar el libre tráfico a través del mar. Así, recientemente participó en el ejercicio Rimpac, junto a una veintena de países de la cuenca del Pacífico; por primera vez un oficial chileno comandó los más de cuarenta buques que conformaron la Componente Marítima de la Fuerza Combinada (CFMCC).

En el ámbito interno, la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de 200 millas proyecta un área marítima de 3.500.000 km {+2} , que equivale a casi cinco veces la superficie de nuestro territorio continental. Allí la Armada debe fiscalizar no solo la pesca u otra actividad extractiva, sino también el tráfico de drogas y la inmigración ilegal. El desafío es mayúsculo, más todavía si se consideran las extensas Áreas Protegidas que ha declarado Chile, que representan más del 40% de nuestra ZEE. En esa extensa área debemos estar en condiciones de abordar y registrar cualquier nave sospechosa, siguiendo rigurosos procedimientos; y, sobre todo, estando preparados para reaccionar empleando la fuerza de manera gradual y proporcional, en caso de oposición. La situación es particularmente sensible en las zonas limítrofes, por los efectos que podría generar en nuestras relaciones vecinales.

Además, en tiempos de paz los buques, fuera de contribuir a la disuasión, son excelentes instrumentos de la política exterior del Estado, porque pueden ser símbolos de amistad -como ocurre, por ejemplo, con la “Esmeralda”, que es una verdadera embajada flotante- o bien de animosidad. En efecto, dada la relativa libertad que otorga el mar para desplazarse sin afectar la soberanía de los países, sumada a la capacidad de permanencia de los buques y de estar listos para actuar tan pronto arriban al área de despliegue, pueden ser empleados desde la paz para dar sutiles y graduales señales a un potencial adversario sobre nuestro interés en determinados asuntos, sin violentar el Derecho Internacional. Tales señales dependerán del tipo y cantidad de buques que se desplacen y de la distancia a la que se mantengan de la zona crítica. Es lo que se conoce como la “diplomacia de cañoneras”; su mismo nombre indica la estrecha relación que debe existir entre los ámbitos diplomático y de Defensa.

Tanto el resguardo de nuestras aguas jurisdiccionales como el despliegue de unidades a zonas estratégicamente sensibles conllevan el riesgo de provocar una crisis internacional. Por eso, usualmente se identifican las situaciones que pueden gatillarla y se prevén acciones para cada una de las probables respuestas del oponente. El comandante de la escena que, dependiendo de la situación y del tipo y cantidad de buques, puede ser desde un teniente a un almirante debe cumplir su misión evitando escalar a una crisis, asumiendo que no siempre podrá recibir instrucciones de su superior jerárquico. En muchos casos, el criterio y sentido común del oficial a cargo serán tanto o más importantes que el armamento del buque porque, por ejemplo, no sería sensato detener un pesquero en rebeldía lanzándole un misil.

De ahí la particular preocupación de la Armada por formar a sus oficiales no solo técnicamente y con buen dominio del inglés, sino también incentivando las humanidades, para desarrollar en ellos un espíritu crítico y reflexivo. La base es la práctica de las virtudes cardinales, en cuanto disposiciones que permiten conformar el carácter, mediante la creación de hábitos de obrar rectamente.

La fortaleza nos permite sobreponernos a la adversidad, la templanza nos ayuda a controlar nuestras pasiones, la justicia a dar a cada cual lo suyo. En fin, la prudencia, que es la virtud maestra, ilumina nuestro entendimiento para dilucidar los medios más adecuados para alcanzar los fines, en consonancia con la justicia, la templanza y la fortaleza. Estos hábitos, que idealmente deben ejercitarse desde la niñez, son reforzados y exigidos permanentemente en la Escuela Naval, porque el cadete que sabe vencerse a sí mismo en la a veces opaca rutina diaria, mañana podría ser el oficial de la primera línea de contención de una crisis.