Carta de un Chileno reconocido



Carta de un Chileno reconocido

Don Guillermo Parvex:
Le cuento mi experiencia del 78, matizado con relatos que he ido conociendo por allí.
Mi hijo de 8 años absorto en su juego levanta su cabeza y dice ” papi el tren vamos a verlo rápidamente ” salimos hacia la estación y mi mente vuela hasta mis 8 años al Coigue de 1978 cuando miraba desde la puerta de mi casa directamente la estación. Era habitual el paso de trenes, de carga de pasajeros, en fin, uno conocía los horarios de cada uno el nocturno, el ramal a Nacimiento, El Carguero, El Frontera, el corto, en fin, todo obedecía a una sincronización a la que estaba acostumbrado, como también a oír la voz de don René Moncada jefe de estación Coihué, ramal a Nacimiento.
Pero un día aparecieron otros trenes hacia el sur, en horarios no habituales que no tocaban pito ni campana al llegar al puente sobre el Bio Bio ni al enfrentar la curva de Ingreso a Coigüe desde el norte.
Imagino a don Aníbal Carrasco un caballero que aparte de ferroviario era un maestro en el arte del mimbre, bajando a las barreras para que nada detuviera a esos convoyes me fije también que el ánimo de mi padre había cambiado. Por las noches escuchábamos radios que hablaban de guerra, concepto que yo asociaba con la serie “combate” o sea prácticamente igual a mis juegos infantiles. y unos nombres que busque en un mapa “Picton, Lennox, Nueva y Canal Beagle”
No podía saber que en ese momento en un lejano Traiguén mi amigo profesor y bombero Javier Sáez Fierro corría no a un incendio si no a su casa: “vieja me voy a la guerra alcanza a decirle, ya me despedí de los niños en el colegio” y corre directo al cuartel del “Miraflores”, pensando en su angelito que lo cuida desde el cielo.
Mi Padre me llevo a la estación para ver pasar un tren de aquellos, grande fue mi sorpresa al ver que iban en él soldados de uniforme verde, recuerdo que él, ya de 62 años agitaba su mano saludándolos y yo por mi parte hacia lo mismo. Los soldados respondían y se hizo un rito las veces que pasaba un tren de aquello íbamos a la estación para Saludarlos.
Mi padre que nunca se despegaba de su radio, a las 6 en punto la encendía para las noticias de la Cooperativa, la Portales, la Chilena. Le decía al oído a mi madre ” Esto no es Inventado, Es cierto va a haber una guerra. No podía saber mi papa que días antes en uno de esos trenes en la oscuridad de la noche embarco su sobrino Roberto con una compañía del “Los Ángeles” Un día uno de esos trenes se detuvo, seguramente alguno de los soldados vio el negocio de mi madre y se escaparon a comprar cigarrillos, galletas, pan.
Ese día vi de cerca a los soldados por cierto no me parecieron mucho mayores que yo, eran rostro morenos, blancos, rubios, colorines, de pelo negro, muchachos altos, bajitos flacos , gordos. Los vi reunir monedas para comprar en conjunto, también me di cuenta de que existían grados y algunos usaban pistolas al cinto, me fije que eran ordenados pero alegres y bueno para la talla, escuche los “mi”. Recuerdo un “pase usted mi mayor” “no soldado yo espero”. Compraban pan, dulces cigarrillos, recuerdo a dos niños – les decían alféreces- que compraron Lucky Strike, Hilton, Cabaña y Nevada.
Escuché las frases “mi sargento, mi cabo, mi capitán”, con voces de respeto no de miedo,
Tampoco sabía que a en un lugar del desierto Don Sigifredo Ravanal, amigo de David Alberto Romero Pino, se arrastraba como explorador sabiendo que un error sería el último, ni que mi amigo Raúl Olmedo Droguett estaba en la cordillera de Ovalle con 12 soldados para repeler el primer ataque armados con Mauser, ni que todas las mañanas una abuela que pastoreaba su rebaño que vivía en ese paso les salía a buscar diciéndoles “ya niños a tomar desayuno”.
Tampoco sabía entonces que Juan Carlos Hidalgo Carvallo luchaba por arreglar esas botas de M……. que se descosieron de nuevo y Carlo Cesar Prato, usando papel de diario para el frio.
Por primera escuche el silbato del tren y los gestos imagino que, de algún oficial, era hora de partir, note que mi madre lloraba y ellos se despedían mientras corrían hacia el tren. Mi padre trataba de contener sus lágrimas los escuche decir “tan Niñitos, tan Jovencitos”.  Largo Rato lloro mi madre pienso que por sentir hacia donde iban esos soldados.
Por mi parte pienso que cuantas veces me habré cruzado con alguno de ellos, el chófer del taxi, con el viejo de aseo, con algún camionero que cuentan: “Yo el 78 estuve en el sur”.
No pierdo la oportunidad de decirle “gracias” y me miran extrañados diciendo ¿por qué?
Gracias por estar allí en la frontera.
Gracias a ustedes mi hijo juega tranquilo. Yo viví tranquilo sin conocer el frio, ni el hambre. Gracias a ustedes conocí a la mujer que amo, gracias a ustedes no conocimos el horror ni la miseria de la guerra.
Gracias a los veteranos del 78 Chile no sufrió. La historia la construyeron los soldados, muchos de ellos sé que, en Facebook, otros están en el anonimato. Han de haber muchos exsoldados y gracias a ustedes existen nuestras familias y Nueva , Lenox y Picton son nombres geográficos solamente.
Gracias a ustedes Soldados del 78 mi hijo puede jugar despreocupadamente.

 

Rodrigo Ignacio Riquelme González.