DERECHOS HUMANOS



DERECHOS HUMANOS

Petición de HNPP a Director de Gendarmería:

PETICIÓN APS A DIRECTOR NACIONAL DE GENCHI

 

 

 

CARTA ABIERTA DIRIGIDA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE CHILE Y A LA OPINIÓN PÚBLICA

Señor Presidente:

Le escribo después de la muerte de mi padre, Óscar Alfonso Podlech Michaud, con un dolor profundo que resulta imposible de explicar. Como hija vi cómo un hombre de 90 años fue perdiendo progresivamente su movilidad, su autonomía y finalmente la posibilidad de enfrentar con dignidad los últimos días de su vida.

Mi padre dependía completamente de terceros. Sufría infecciones severas, heridas profundas, dolores constantes y un deterioro físico evidente que avanzaba día tras día mientras el tiempo se agotaba.

Y precisamente por eso hay una pregunta que no deja de perseguirme:

¿Cuánto supo realmente usted sobre el estado en que se encontraba mi padre?

Entiendo perfectamente la magnitud de las responsabilidades que implica gobernar un país. Entiendo también que existen asesores, ministerios y estructuras administrativas destinadas precisamente a informar situaciones extremas, especialmente cuando existe una Subsecretaría de Derechos Humanos cuya función debería ser velar por la dignidad humana en circunstancias de vulnerabilidad evidente.

Y la situación de mi padre era extrema, razón por la cual me cuesta comprender cómo una situación de esta gravedad no generó una reacción humanitaria urgente.

Más aún considerando que usted se ha manifestado públicamente como una persona católica y sensible frente al sufrimiento humano.

Por eso necesito preguntarle directamente:

¿Llegaron realmente a sus manos los antecedentes médicos de mi padre?

¿Le informaron que ya no podía caminar?

¿Le explicaron el nivel de deterioro físico en que se encontraba?

¿Le dijeron que estaba muriendo?

Porque si usted hubiese conocido plenamente la gravedad humana de lo que estaba ocurriendo, me cuesta creer que no hubiese al menos querido interiorizarse personalmente del caso.

El 5 de mayo se presentó una solicitud de indulto humanitario acompañada de antecedentes médicos que daban cuenta de la extrema gravedad en que se encontraba mi padre. Se alertó sobre la urgencia y sobre el hecho de que el tiempo se agotaba.

Sin embargo, los días siguieron pasando sin que como familia llegáramos siquiera a conocer una respuesta, favorable o desfavorable, frente a esa solicitud.

Y esa ausencia de respuesta termina abriendo preguntas inevitables.

¿Llegó realmente el indulto a conocimiento de usted?

¿Fue debidamente informado?

¿Alguien dimensionó verdaderamente la gravedad humana del caso?

¿O quedó atrapado entre trámites, correos electrónicos, filtros administrativos y decisiones donde finalmente nadie comprendió que detrás de esos antecedentes existía un hombre agonizando bajo custodia del Estado?

Y aun así los días siguieron pasando mientras mi padre empeoraba brutalmente.

Fue trasladado nuevamente al sistema penitenciario, prácticamente convertido en un cuerpo que debía ser sostenido por otros ancianos privados de libertad, en un recinto conocido por sus condiciones de hacinamiento y por no contar con los recursos mínimos para enfrentar un cuadro clínico de esa gravedad.

Cuando ya resultó evidente que sus compañeros no podían contener el deterioro físico que estaba sufriendo, Gendarmería resolvió trasladarlo al Hospital San José, donde finalmente murió el 15 de mayo de 2026, sobre una camilla de urgencia, solo y en condiciones que jamás debieron ocurrir. Fue un acto INHUMANO.

Lo más doloroso es que muchas de las declaraciones públicas, críticas y acusaciones de falta de humanidad aparecieron con mucha más fuerza después de su muerte.

Cuando todavía estaba vivo, lo que predominó fue el silencio.

Y créame, Señor Presidente, que para una hija es imposible no preguntarse cuántas cosas pudieron haber sido distintas si alguien hubiese entendido verdaderamente la gravedad humana de lo que estaba ocurriendo.

Mi padre necesitó humanidad mientras todavía respiraba. La impotencia de ver cómo se trata la dignidad de un ser amado es extrema y el dolor resulta imposible de explicar.

No quisiera creer que es cierto que usted habría dicho, mientras mi padre agonizaba, que este caso no le interesaba. Comentario que recibí después de su muerte y que espero sinceramente no corresponda a la realidad.

Quiero creer que si usted hubiese conocido plenamente el sufrimiento físico y humano que estaba viviendo mi padre, algo habría sido distinto.

Esta carta no busca odio ni enfrentamientos políticos.

Busca respuestas.

Y busca también impedir que la forma en que murió mi padre termine reducida al silencio o a responsabilidades que finalmente se diluyen hasta desaparecer.

Porque mi padre ya no está.

Pero la forma en que murió obliga moralmente a muchas personas a preguntarse si realmente hicieron todo lo que estaba a su alcance mientras todavía había tiempo.

Atentamente,

Carolina Podlech Delarze