DE LEALTAD Y VALORES
Hay épocas en que las sociedades ponen a prueba sus valores más profundos. Son momentos en que la gratitud se debilita, la memoria se vuelve selectiva y quienes ayer fueron reconocidos por su servicio son olvidados cuando dejan de ser necesarios. En medio de esa realidad, surge una voz joven que ha decidido asumir una tarea difícil: defender, con convicción, preparación y coraje, a quienes muchos prefieren no mirar. Una voz que ha elegido el camino menos cómodo, aquel que exige no sólo conocimiento jurídico, sino también fortaleza para enfrentar incomprensiones y críticas. Esa voz pertenece a Carla Fernández Montero.
Joven abogada, dotada de una notable capacidad profesional y una profunda vocación de justicia, ha sabido utilizar las herramientas del Derecho para acompañar a quienes hoy viven una de las etapas más difíciles de sus vidas: hombres que sirvieron a Chile y que, después de entregar años de esfuerzo y sacrificio, enfrentan la vejez, la enfermedad y la soledad, con un profundo sentimiento de ingratitud.
Sus escritos judiciales y sus cartas públicas reflejan algo poco frecuente: la unión entre el rigor del abogado y la sensibilidad de quien comprende que detrás de cada expediente existe una persona, una historia y una dignidad que merece ser considerada.
Su reciente reflexión dedicada a Nuestra Señora del Carmen constituye una muestra de ello.
En sus palabras recordó una verdad sencilla, pero muchas veces olvidada: la lealtad no puede limitarse a los momentos de gloria; se demuestra precisamente cuando llegan las dificultades. Los honores adquieren sentido cuando van acompañados del compromiso con aquellos que ya no pueden devolver nada a cambio.
La labor que hoy comienza a mostrar nuevos horizontes no pertenece exclusivamente a una persona. Durante años, decenas de abogados han sostenido esta defensa con perseverancia, debiendo enfrentar la barrera insalvable de la presión política adversa sobre una realidad jurídica que parecía difícil de modificar. A ellos corresponde también un reconocimiento.
En ese camino, Carla Fernández ha aportado una mirada renovadora, una argumentación original y sólida, expresada con una energía que contribuye a debilitar aquello que hasta ayer se presentaba como infranqueable. Tal como ocurrió con otros muros construidos sobre certezas ideológicas, vemos hoy que las estructuras humanas más resistentes comienzan a mostrar fisuras frente a la fuerza de los argumentos y a la perseverancia, abriendo la puerta para que la búsqueda de justicia comience a imponerse.
La historia enseña que los seres humanos tenemos una dolorosa tendencia al olvido, clamando por Dios y el Soldado en momentos de peligro, pero olvidando al Creador y despreciando a quien expuso todo por aquello, cuando la amenaza desaparece. Por eso estas palabras solo buscan expresar gratitud hacia una profesional que, al igual que quienes la precedieron y con su creatividad señera, ha logrado importantes avances en favor de quienes se han ido quedando sin voz.
Gracias, Carla Fernández, por tu compromiso. Gracias por ofrecer una luz en medio de la oscuridad, demostrando que la juventud, cuando se une a la preparación, la convicción y el sentido del deber, siempre se convertirá en una fuerza capaz de renovar esperanzas que muchos creían perdidas. Miles de antiguos soldados, sus familias, amigos y quienes aún creen en la importancia de la lealtad y la gratitud reciben tus esfuerzos con profundo reconocimiento.
Que Nuestra Señora del Carmen escuche la oración que elevaste por ellos y que algún día Chile pueda reencontrarse con una virtud esencial: la capacidad de no abandonar a quienes un día estuvieron dispuestos a entregarlo todo por la supervivencia de la Patria.
Un Veterano del 73
CARTA A JUANA DE ARCO

Santiago de Chile, en una noche de temporal, mientras en algún pabellón un hombre cumple noventa años mirando una reja.

Querida Juana:
Vuelvo a escribirte, y esta vez de noche, que es cuando las cartas dicen la verdad. Quiero ser honesta desde la primera línea: no te escribo por mí. Soy apenas la mano que sostiene el lápiz, y una mano poco vale.
Quien te busca es una causa. Las causas que de veras importan hacen eso: llaman solas, con una voz que no se puede fingir, y una aprende, con los años, a no taparles la boca. Esta lleva meses llamando.
Perdóname si se me quiebra un poco la letra.
Antes de contarte, déjame recordarte en pocas líneas, no porque lo hayas olvidado, sino porque necesito poner tu historia junto a otra. Eras una niña de campo. No sabías leer ni escribir; apenas habías aprendido a dibujar tu nombre, con la letra temblorosa de quien copia una figura que no comprende. Tenías diecinueve años el día en que todo terminó: cualquiera de los hombres por quienes hoy te escribo podría ser tu abuelo. Te sentaron sola frente a los letrados más ilustres de tu siglo, en un tribunal donde quien dirigía la investigación era el mismo que dictaría la sentencia, en un proceso hecho de actas y de interrogatorios a puerta cerrada, con el final resuelto desde antes de la primera pregunta.
No tuviste defensor. Ni siquiera pudiste leer de qué te acusaban. Y cuando la trampa terminó de cerrarse, te llevaron a una plaza y te quemaron viva delante de todos. Dicen que repetiste el nombre de Jesús hasta que la voz se te apagó. Después arrojaron tus cenizas al río, para no dejarte siquiera el consuelo de una tumba.
Ahora déjame decirte por qué vuelvo a molestarte.
Conozco a unos viejos que se te parecen. Sé que dicho así suena extraño, y te pido paciencia, porque el parecido no está donde una lo buscaría primero. Está en lo que duele.
Son ancianos de ochenta y de noventa años, algunos más. Están presos en mi tierra. No voy a alegarte sus causas ni a discutir sus expedientes: para eso existen los tribunales, y allí se debate lo que corresponda, con sus reglas. Te escribo de lo otro. De la parte que los fallos no cuentan: los cuerpos rendidos, las esperas largas, la manera callada en que se apaga una vida cuando ya nadie la mira.
A ellos los juzga, todavía hoy, un código de 1906. Un procedimiento inquisitivo, hermano del tuyo en lo esencial: escrito, secreto en su etapa decisiva, donde un mismo juez indaga, acusa y resuelve. Chile entero decidió hace un cuarto de siglo que esa forma de juzgar no era digna de un ser humano, y la cambió para todos. Para todos menos para ellos. El traje que nadie más quiso ponerse quedó guardado para los más viejos.
Tú no sabías leer; ellos ya casi no pueden. A unos se les gastaron los ojos, a otros la memoria se les fue de a poco y ya no reconocen ni su nombre en la carátula. A ti te ataron las manos; a ellos los ata la edad, que es una soga más paciente. Bastones, andadores, sillas de ruedas, y una sordera que convierte cada audiencia en un rumor lejano que alguien les explica después, si queda tiempo. Enfrente, un aparato entero: sumarios sin fin, resmas de papel, funcionarios que se relevan por turnos, mientras ellos no tienen más turno que el de seguir envejeciendo. Es la contienda más despareja que me ha tocado presenciar, y no han sido pocas. Hay días en que salgo de esas visitas y me quedo un rato en el auto, sin encender el motor, porque hay cosas que se lloran a solas antes de volver a casa.
Y está la hoguera. A ti te quemaron en una tarde, delante de todos.
A ellos los queman despacio, sin fuego y sin plaza. Basta una celda helada en invierno, un pabellón hecho para noventa donde duermen más de doscientos, y la paciencia de los años haciendo el resto. Esa brasa lenta no ilumina nada ni escandaliza a nadie; no deja crónica ni cenizas que arrojar al río. Deja una cama que amanece vacía, una frazada que alguien dobla sin decir palabra, un nombre que se borra de una lista. Por eso resulta más cómoda que la tuya: se puede mirar hacia otro lado sin sentir el calor.
Hay un personaje de tu historia en el que pienso más que en los reyes y los obispos juntos: el soldado inglés que, cuando pediste una cruz, partió dos palos, los ató y te los tendió. La besaste, y te la apretaste contra el pecho. Él era del bando que había prendido la pira. No preguntó si eras culpable o inocente, no exigió leer la sentencia, no consultó con nadie. No podía apagar aquel fuego, así que hizo lo único que estaba a su alcance: que no murieras sin un gesto de ternura al lado.
Esa es la bondad de la que quiero hablarte, la única que vale la pena defender: la que no toma declaración antes de compadecerse. La piedad que primero exige un certificado de inocencia no es piedad; es cálculo con buenos modales. Y hubo algo más aquella tarde: hasta tu propio verdugo entendió lo que los jueces se negaron a ver, y confesó, años más tarde, que temía haberse condenado por haber quemado a una santa.
Alguien que pasó años entre rejas escribió que a una sociedad se la conoce entrando en sus cárceles. Yo entro seguido. He visto a hombres llamar a una esposa que murió hace años, sin que nadie tenga el valor de recordárselo. He visto a ancianos peinarse con esmero para una visita que no llega, y peinarse igual a la semana siguiente, porque la esperanza es lo último que envejece. He visto guardar, bajo la almohada, un caramelo para un nieto que ya no viene. Nada de eso absuelve ni condena a nadie; solo pregunta, muy bajito, qué clase de gente queremos ser quienes estamos afuera.
Por eso esta carta es también una arenga, aunque la diga en voz baja, que es como se dicen las cosas serias. Que nadie muera en una celda sin que alguien haya preguntado por él. No pido más que eso, y no pienso pedir menos. Una ley que este país declaró indigna para todos no puede seguir bastando para unos pocos. Y la vejez extrema desarma cualquier coartada: castigar a quien ya no comprende el castigo no corrige nada, no protege a nadie, no repara nada. Solo demuestra que se podía. Y un país que necesita probar su fuerza sobre un hombre de noventa años no está mostrando fuerza: está mostrando el tamaño de su corazón.
A ti te absolvieron veinticinco años tarde, cuando ya eras ceniza disuelta en el río. Pero deja que te cuente cómo empezó esa justicia, por si no alcanzaste a verla desde donde estás: la empezó una anciana. Tu madre, Isabelle, que nunca dejó de preguntar por ti. Un día de noviembre, vencida por los años pero no por el dolor, cruzó las puertas de la catedral de Notre-Dame, en París, con una súplica entre las manos.
Y ante los jueces del Papa dijo, con la voz rota, que había tenido una hija; que la hizo bautizar; que le enseñó a rezar como pudo; y que venía a pedir una sola cosa: que le devolvieran su nombre. Lloró. La sala entera lloró con ella, y cuentan las actas que al final el clamor era de todos. Meses después, otro tribunal anuló la sentencia y dejó escrito que aquello no había sido derecho. ¿Te das cuenta, Juana? La niña que apenas sabía dibujar su nombre lo recuperó entero, y se lo devolvió una vieja. Por eso no creo en las causas perdidas: la historia vuelve, tarde pero vuelve, y a veces regresa del brazo de los ancianos.
El día que le toque asomarse a esto que te cuento, quisiera que encontrara al menos una cosa: que hubo quien no se acostumbró. Que mientras el fuego lento seguía ardiendo, hubo manos ocupadas en armar cruces con dos palos.

De mí no te digo casi nada, porque casi nada hay que decir. No oigo voces, no gano batallas, no me espera ninguna plaza. Escribo papeles, golpeo puertas de juzgados, pierdo más veces de las que gano y vuelvo igual al día siguiente, porque la causa llama y no acudir sería peor que perder. Tú cargaste un estandarte en Orleans; yo cargo una cartera con expedientes. No se comparan, lo sé. Pero los días en que la carga pesa demasiado me acuerdo de ti, y de tu madre, y pesa un poco menos.
Ya es de madrugada y esta carta debiera terminar, pero ni la pena ni el aguacero me dejan soltarla. Llueve sobre Chile como hacía décadas que no llovía: diez regiones en emergencia, medio millón de hogares a oscuras, calles vueltas ríos, marejadas mordiendo la costa.
Los noticieros hablan de estragos, y no exageran. Pero oyendo el agua contra la ventana pienso en los otros estragos, los callados, esos que ninguna cámara recorre: los que este mismo invierno comete, gota a gota, dentro de un pabellón donde el frío nunca ha sido noticia. Para los techos caídos ya salieron cuadrillas; para esas celdas no ha llegado cuadrilla en años. El hombre que hoy cumplía noventa años ha de llevar horas dormido, si el temporal lo deja. No sé si alguien le cantó. No sé siquiera si él se acordó de que era su cumpleaños, o si prefirió callarlo, como callan tantas cosas los que ya no quieren incomodar. Noventa años, Juana. Alcanzó a ser niño y a correr por alguna calle de tierra; aprendió un oficio, se enamoró, meció hijos, conoció nietos. Una vida entera, con sus veranos y sus duelos, cabe ahora en un catre angosto y en esa lista donde su nombre espera turno para borrarse.
Y hay un pensamiento que no me deja cerrar los ojos: ese hombre también fue el niño de alguien. También a él una madre lo hizo bautizar, le enseñó a rezar como pudo, le veló las fiebres, le cantó para dormirlo.
Esa mujer murió hace mucho, sin sospechar que su niño iba a envejecer tras una reja y a irse de a poco, sin nadie que preguntara por él. Si viviera, haría lo que hizo la tuya: cruzaría todas las puertas que hicieran falta, con una súplica entre las manos y la voz rota, a pedir por su hijo.
Como ya no puede, nos toca a los demás. Por eso escribo cartas a medianoche, Juana: porque en alguna parte hubo una mujer que le cantó a ese hombre para hacerlo dormir, y no me resigno a que se duerma por última vez sin que alguien le haya vuelto a cantar, aunque sea con la voz que tienen los papeles.
Así que te pido un último favor, y perdóname el atrevimiento. Si una de estas noches, en ese pabellón o en otro, a alguno de estos hombres le llega su hora y ninguno de nosotros alcanza a estar, no lo dejes irse solo. Siéntate en la orilla de la cama, como se habría sentado su madre. Tómale la mano hasta que se le pase el miedo. Quédate, como se quedó contigo aquel soldado: sin poder salvarte, pero sin permitir que la muerte te encontrara lejos de la ternura.
Descansa, Juana. Dale un abrazo a Isabelle de parte de esta desconocida que le debe una lección. Mañana, a primera hora, voy a preguntar por el hombre del cumpleaños, y por los demás. No es mucho, ya lo sé. Pero así empezó, hace casi seiscientos años, la justicia que te devolvió el nombre: con alguien que preguntó. Los viejos de mi tierra también esperan eso, sin decirlo. Eso, y que alguien, llegada la hora, les arme una cruz con dos palos.
Con la certeza de que ninguna hoguera ha sido jamás la última palabra.

CARLA FERNÁNDEZ MONTERO
Abogada
Derecho Penal-Penitenciario