DERECHOS HUMANOS
DERECHOS HUMANOS

Morocho, el perro que se salvó solo

Hay mañanas en que un país se detiene por razones que ningún editorial previó. La del martes nos encontró a todos mirando hacia el Mapocho, donde un perro sin hogar, de esos que la ciudad cruza a diario sin verlos, esperaba sobre un trozo de cemento a que el agua decidiera su suerte.
Fuimos generosos con él. Aprendimos su nombre, le ofrecimos uniformes, cuerdas, plegarias y hasta lágrimas, cuanto cabe dar desde la orilla. Cuando la corriente lo arrancó de su refugio lo lloramos antes de tiempo, y Morocho, ajeno a nuestro duelo, siguió nadando. Alcanzó por sus medios la ribera opuesta y trepó con las patas lastimadas, sin deberle la vida a nadie.
Conviene detenerse en ese instante, porque dice más que muchas páginas solemnes. Con cuánta frecuencia damos por perdido a quien todavía bracea: al enfermo, al que cayó en desgracia, al que la tristeza tiene sitiado. Los despedimos desde tierra firme mientras ellos, lejos de nuestra vista, continúan disputando cada metro.
Guarda también una lección más áspera. A nadie le es dado atravesar la existencia sin que alguna vez se le desborde el río, y en esa hora el cariño de los nuestros, por hondo que sea, alcanza apenas hasta el borde. Pueden llamarnos, tender los brazos, rezar; lo que no pueden es nadar en lugar nuestro. El último tramo se recorre en soledad, con el cuerpo cansado y el miedo a cuestas, y es ahí donde cada cual averigua de qué estaba hecho.
Quien ha dormido siempre a la intemperie lleva el oficio de sobrevivir aprendido en la piel, y tal vez por eso fue un perro de la calle el encargado de enseñárnoslo.
Cuentan que esa tarde estaba tan exhausto que no quiso comer. Descansa, Morocho, que bien ganado lo tienes, y ojalá encuentres pronto una casa donde no haga falta ser valiente.
No todos, sin embargo, conservan fuerzas para cruzar. Pienso en los ancianos presos que defiendo, octogenarios y nonagenarios para quienes la crecida se llama tiempo y sube un poco cada noche. Puede el lector creer de ellos lo peor; aun así, siguen siendo seres humanos a merced del caudal. No tuvieron brigadas ni cámaras, y a su lado sólo queda una familia que envejece aguardando. La ternura de aquella mañana bien puede extenderse hasta ellos.
Morocho se salvó solo porque era joven. A los noventa, alguien tiene que entrar al agua.
Carla Fernández Montero
Abogada
PUEDE LA JUSTICIA SER CIEGA ANTE EL SUFRIMIENTO:

