EL CASO SANCHEZ



EL CASO SANCHEZ

Hace apenas un semestre, casi un sufragante chileno de cada cuatro consideró que Beatriz Sánchez tenía méritos para ocupar el cargo de Presidenta de la República e impulsar como tal el programa de gobierno que le proponía a la ciudadanía.  Hoy su influencia política es inferior a la del último de los diputados que obtuvieron su investidura con el raspado de la votación que ella atrajo.  ¿Es que su propuesta de gobierno era una charada para incautos?¿Es que ella era solo un títere de quienes la promovieron como portada publicitaria?¿Es que tenía un compromiso de riguroso eclipsamiento después de la campaña electoral?.  Es difícil saberlo, pero lo que sí es seguro es que su actual destierro revela la profundidad de las grietas que amenazan la estructura de la democracia chilena.

 

Y ello porque un candidato que obtiene la votación que alcanzó la Sra. Sánchez no solo tiene un trofeo para sus memorias, si no que ha contraído un compromiso de consecuencia política con los centenares de miles de compatriotas que creyeron en ella y, al aceptar el ostracismo político al que la han confinado los propios mentores de su candidatura, no solo lo está incumpliendo si no que lo está traicionando.  ¿Es que todo lo que les prometió en su campaña era una patraña que no merece ni siquiera defenderla después de la derrota?

 

Hay algo obsceno en la forma con que los conglomerados políticos tratan a quienes han sido sus abanderados, que por un periodo han quintaesenciado lo que le proponen al país.  Como el actor en un escenario que, cuando vuelve al camarín, se despoja de la corona con que representó al Rey Lear y, con su chaquetita de todos los días, se va solo al café de la esquina para rumiar lo ocurrido.  Pero las campañas presidenciales no son un escenario si no que algo muy serio que debería estar a cubierto de mercenarios o de malos actores.

 

El caso de la Sra. Sánchez es el mas extremo, pero se parece mucho a lo ocurrido con el Sr. Alejandro Guillier o la Sra. Carolina Goic, a quienes pusieron en el limbo político los conglomerados que sostuvieron sus candidaturas en cuanto se apagaron las luces de sus comandos.  La única diferencia es que ellos tenían un asiento parlamentario propio y regresando a él evitan, hasta cierto punto, el riguroso ostracismo en que aquellos los colocaron.  Pero eso no evita la demostración de inconsecuencia de los partidos que los apoyaron, los que al dejarlos de lado, no solo reniegan de ellos si no que del programa que representaron.

 

Alguien podría pensar que la orfandad política de los ex candidatos no importa para nada.  No es así, porque una democracia como la chilena necesita conglomerados políticos responsables, consecuentes, coherentes y gestores de líderes renovados, prestigiados y potentes.  Y esos líderes no surgirán con comportamientos como los señalados.

 

Una persona que ha llevado con dignidad y considerable éxito una campaña presidencial, con todo lo que ella implica, es un capital a cuidar y no un despojo a desechar en cuanto termina el recuento.  Debería haber posiciones establecidas para conservarlo, como ocurre en Colombia en que el candidato que llega al balotaje es senador por derecho propio en el caso de la derrota.  No debe mirarse eso como un premio de consuelo si no que como exigencia de la responsabilidad de administrar el respaldo parlamentario que obtuvo como consecuencia de su propia votación.  Nosotros deberíamos disponer de similar estrategia para quienes hubieran obtenido una votación significativa en una campaña presidencial.

 

No obstante, el caso de Beatriz Sánchez desnuda otro peligro para nuestra democracia cuando surgen conglomerados que, como el Frente Amplio, son verdaderos grupos de patotas acaudilladas a las que solo une su común rupturismo.  Cuando esos conglomerados logran representación parlamentaria significativa, tienden a desnaturalizar el papel del poder legislativo porque solo son capaces de concordar en lo negativo y no lo son para gestar iniciativas creativas y razonables.   Es precisamente esa falta de congruencia de base lo que les impide respetar y valorar el liderazgo que por un corto periodo representó su olvidada candidata.  Cuando un parlamento se fracciona al punto de incapacitarse para legislar positivamente, el sistema democrático no funciona y, por tanto, invita a sustituírsele.

 

Considerando todo lo anterior, surge nítida la necesidad de los partidos políticos chilenos – de todos ellos – de meditar sobre la forma en que se están comportando y están consecuentemente desilusionando.  Cada vez que anonadan a un candidato que exaltaron durante un corto tiempo, le están trasmitiendo al pueblo un mensaje que dice “era solo un cuento del tío, por si pasaba”.

 

Mala cosa es esa para una democracia. Y peor lo es para el país porque, a veces, el “cuento del tío” sí pasa y las consecuencias son impredecibles.  Por ese camino llegó Venezuela a Maduro, Argentina a la Kirchner y Estados Unidos a Donald Trump.

 

Orlando Sáenz R.