*El Juicio de la Historia*
*El Juicio de la Historia*
Por Cristián Labbé Galilea
La historia suele incomodar a los contemporáneos: no siempre confirma sus veredictos. Los hombres juzgan desde las pasiones, los temores y las circunstancias de su época; la historia, en cambio, dispone de algo que aquellos no tienen: tiempo.
Napoleón murió derrotado y desterrado en una remota isla del Atlántico. Años después, sus restos regresaron a Francia y hoy descansan, en gloria y majestad, bajo la cúpula de Los Inválidos. Francia terminó reconociendo al hombre que reorganizó el Estado, legó el Código Civil y dejó una huella imborrable en Europa.
Algo semejante, aunque por razones completamente diferentes, ocurrió con Bernardo O’Higgins. Quien fuera uno de los padres de nuestra Independencia terminó abandonando Chile, cuestionado por muchos de sus contemporáneos, y murió lejos de su patria. El tiempo, sin embargo, fue colocando su figura en otra perspectiva, hasta situarlo entre los grandes protagonistas de nuestra historia.
Definitivamente, la historia no absuelve ni condena, pero sí pone los hechos en perspectiva. Surge entonces, después de más de medio siglo, una legítima pregunta: ¿no estará ocurriendo algo parecido con la figura del general Augusto Pinochet?
Han transcurrido más de cincuenta años desde 1973 y Chile es otro. Muchos de quienes vivieron aquella época de polarización, violencia política, crisis económica y quiebre institucional que precedió al 11 de septiembre observan hoy esos acontecimientos con la perspectiva que entregan los años. Las pasiones inevitablemente comienzan a ceder y, poco a poco, se abre espacio para una mirada más amplia sobre nuestro pasado.
Las nuevas generaciones, por su parte, no vivieron aquellos aciagos días. Han conocido ese período principalmente a través de las interpretaciones y controversias que durante décadas han acompañado tanto a la figura de Pinochet como al Gobierno de las Fuerzas Armadas. Además, han crecido en un país donde la estabilidad y el progreso, a pesar de todas sus imperfecciones, han sido más la norma que la excepción, olvidando que el presente nunca puede comprenderse sin conocer aquello que lo hizo posible.
Pero la historia no es una fotografía inmóvil. Lo sucedido en Chile entre 1973 y 1990 no constituye un período aislado ni completamente cerrado. Es parte de un paisaje histórico todavía vivo, con dimensiones humanas, políticas, económicas e institucionales cuyos efectos continúan presentes en nuestra sociedad.
Cuando el país enfrenta problemas, muchos vuelven la mirada hacia aquel período y rescatan conceptos como orden, autoridad, desarrollo y modernización. Otros, legítimamente, continuarán poniendo el acento en sus costos y heridas. Esa discrepancia seguirá existiendo. Lo importante será alcanzar algún día la madurez necesaria para comprender nuestro pasado sin quedar prisioneros de él y, desde allí, construir un país más justo, más libre y humano.
En fin, Napoleón y O’Higgins fueron reivindicados porque las generaciones posteriores consiguieron observarlos desde una perspectiva distinta a la de sus contemporáneos. Esta pluma, en el mes de la Patria, espera que también nosotros seamos capaces de permitir que la historia deje de ser un arma política, se tome su tiempo y, finalmente, haga justicia con lo sucedido en 1973.