EL SALON VIP DE BACHELET



EL SALON VIP DE BACHELET

Reconozco filas, decididamente, en el escaso grupo de quienes afirmamos que la planificación sistemática de la tercera campaña electoral presidencial de Michelle Bachelet se inició el día en que el ex Presidente Ricardo Lagos visitó públicamente al entonces Ministro del Interior Sr. Jorge Burgos para, con la mandataria en una de sus numerosos paseos turísticos y de promoción personal, explicitarle una prudente advertencia sobre las consecuencias que tendría la insatisfactoria gestión de su gobierno.  Fue entonces cuando la susceptible mandataria se dio cuenta de que nadie si no ella misma tendría que salvar su preciado legado porque no habría continuidad política a su régimen si aquel volvía a gobernar.  Destruir su candidatura y posicionar en su reemplazo a alguien dócil era algo que tenía que hacer.   Todos sabemos que la implementación de ese propósito le costó, como ningún otro factor, el gobierno a la centro izquierda.

 

En cuanto salió de la Moneda y comenzó a vivir el duelo de entregarle, por segunda vez, la banda tricolor a un Presidente electo de derecha (algo con solo un precedente en casi un siglo), la Sra. Bachelet comenzó a preparar el escenario de su tercera candidatura, muy posibilitada por dos circunstancias afortunadas: la devastación de líderes significativos en los partidos de izquierda y la instalación del mito de su legado en la permeable imaginación popular.  Cierto es que había hecho un pésimo gobierno, pero había instalado en la agenda política un listado importante de títulos refundacionales: reforma educacional, reforma tributaria, reforma constitucional, reforma previsional, etc.  A la hora de los slogans triunfadores, no importaría que esos rimbombantes títulos se hubieran prolongado en propuestas concretas confusas y llenas de despropósitos (como ha demostrado la caótica aplicación práctica de las que alcanzaron a convertirse en leyes) porque la mayoría de los chilenos se queda en los titulares y no lee la letra chica ni siquiera de los planes de salud a que se acoge.  Y, cuando las encuestas empiecen a mostrar que el único nombre con respaldo que tiene la izquierda sea el suyo, habrá llegado la hora de, con cara de resignación y sacrifico, conceder que está dispuesta a enfrentar la dura tarea de salvar nuevamente a la patria con su gestión.

 

Claro que esa espera exige un puesto destacado mientras tanto, alguno que permita estar algo apartada de la contingencia pero omnipresente en el acontecer político con oportunos y crípticos comentarios, todo lo ambiguo que aconsejen las circunstancias.  Y, de esa necesidad, surgió la idea de una fundación, una especie de mezcla entre museo de la memoria reciente y banco de talentos refundacionales.

 

Pero entonces la ya ex mandataria se encontró con una reacción muy fría de la base partidaria que le es imprescindible.  Los dirigentes de los partidos de izquierda serán pequeños pero no son tontos y, por tanto, reaccionaron con recelo ante algo con evidente cara de encerrona política con final inevitable.  Podrán estar sufriendo lo que creen un transitorio enanismo político, pero eso no significa que carezcan de ambiciones y la idea de terminar aferrados a la desgastada figura de ella para intentar una mas que dudosa recuperación del Palacio de Gobierno no podía serles muy entusiasmante.  Y esa fría acogida precipitó el pánico: la ex mandataria no puede esperar su momento sentada en una institución que cae en la intrascendencia.  Necesita otro salón VIP para esperar su tercer vuelo a la gloria y, como la vez anterior, una serie de discretos viajes y maniobras se sumaron a la gran promoción personal internacional que realizó sistemáticamente durante su gobierno para hacer aparecer la mano salvadora de la ONU.

 

Ante un nombramiento como ese, no es posible dejar de insertarlo en el listado de las razones que explican la decadencia y la creciente irrelevancia de la ONU.  Si el sistema de poder de veto de las grandes potencias le ha permitido intervenir eficazmente en contadas ocasiones, nombramientos como el de Bachelet le agostan oportunidades de utilizar lo que le queda de prestigio en el abordaje consistente de temas relevantes y muy sensibles, como es el de la defensa de los derechos humanos sin  anteojeras doctrinarias o como el de la corrupción desbocada vista desde la perspectiva de su efecto pauperizante sobre pueblos en que existen grandes sectores en la extrema pobreza.  Basta conocer con mínima profundidad la trayectoria política de Bachelet para constatar que para ella los derechos humanos solo los violan los regímenes que no son de izquierda y que la corrupción política no es causal para inhabilitar a sus protagonistas.  Estas convicciones las demostró palpablemente en los periodos en que ejerció la presidencia de la República de Chile y hace apenas pocas semanas que suscribió un apoyo a la candidatura presidencial en Brasil de un condenado por este último delito.  Todos sabemos – menos los jerarcas de la ONU – que la flamante nueva alta comisionada para la protección de los derechos humanos jamás va a condenar lo que ocurre en Venezuela, Nicaragua, Argentina, México o Brasil porque, si lo hiciera, lesionaría el núcleo duro de la base política que la apoya en Chile.  Si las circunstancias la obligaran a hacer algo en algunos de esos casos, lo va a diluir escondiéndose detrás de una súper comisión en que participan tantos y tan diversos que está garantizada la intranscendencia.  Es lo que ha hecho en Chile como mandataria cada vez que le convenía eludir la responsabilidad en un tema peligroso y por eso creó más comisiones inútiles que todos los demás mandatarios de Chile en su conjunto.

 

Así pues, al nombrarla en el teórico alto cargo a que aludimos, la ONU se ha condenado a la irrelevancia en un tema importantísimo.  Por eso es que pierde importancia y prestigio diariamente pero, en todo caso, se anota un éxito en algo que es localmente importante: le ha proporcionado a la Sra. Bachelet un salón VIP cómodo y seguramente bien rentado para esperar el momento en que los Elizaldes, Tellieres, y, con un poco de suerte, hasta los Huenchumillas, vayan a rogarle que vuelva a salvar a la izquierda que, para ellos, es equivalente a la Patria.

 

Orlando Sáenz