FF.AA. y de Orden
FF.AA. y de Orden

Hoy, 21 de mayo, Chile entero se inclina ante la memoria de quienes en las aguas de Iquique entendieron que hay deberes que pesan más que la propia vida. En el centro de aquella mañana imposible está Arturo Prat Chacón: marino, esposo, padre de hijos pequeños y también abogado, con apenas treinta y un años cumplidos, de pie sobre la cubierta de un buque condenado.
Pudo callar. Pudo arriar la bandera. Pudo escribirle a Carmela que volvía a casa, donde lo esperaban Blanca Estela, que aún no cumplía tres años, y Arturo Héctor, que no alcanzaba siquiera los seis meses. No lo hizo. Eligió el filo del sable y la palabra empeñada.
Aquello no fue destino. Fue decisión. Y esa decisión es la herencia que recibimos quienes ejercemos la abogacía. Prat fue uno de los nuestros antes de ser héroe de todos. Conoció el peso de los códigos, la soledad del estudio, la disciplina austera de quien se forma para servir al derecho. Cuando llegó la hora, llevó al Huáscar la misma convicción con que había escrito sobre la ley electoral de su tiempo: que las instituciones se defienden, que la palabra dada obliga, que la dignidad no se transa.
La abogacía, vista así, no es oficio sino vocación. Es la voluntad, renovada cada mañana, de sostener la juridicidad cuando ceder resultaría más cómodo. De alzar la voz por quien ya nadie quiere escuchar. De recordarle al poder los límites que la ley le impone. De amparar al débil, al anciano, al privado de libertad, aunque hacerlo cueste prestigio, comodidad y silencio. Es, en su versión más honesta, una forma civil del coraje que Prat encarnó con uniforme.
Cada vez que un abogado se pone de pie frente a un tribunal sabiendo que la causa es difícil, el resultado incierto y el camino corto era otro, hay un eco lejano de aquella mañana en Iquique. No el del combate, sino el de la lealtad. Lealtad a un pabellón que en nuestro caso se llama Estado de Derecho, y que tampoco, tampoco debe rendirse jamás.
Mi saludo más sentido, en esta fecha, a la Armada de Chile: institución noble que custodia nuestro mar y nuestra memoria, depositaria viva del espíritu que la Esmeralda selló en 1879 y que sigue marcando, generación tras generación, lo que significa cumplir con honor. A sus oficiales y suboficiales, a su gente de mar, a quienes hoy montan guardia en las mismas aguas donde Prat se hizo eterno: gratitud y respeto.
A esta profesión que es la mía, y que cargo cada día como quien sostiene un juramento: gracias por existir. Por ser refugio del que no tiene voz, freno del arbitrio, último resguardo de quien lo ha perdido todo menos su humanidad.
Honor y gloria a Prat. Honor y gloria a la Armada de Chile. Honor y gloria a Chile.

Carla Fernández Montero
Abogada Penalista
