FF.AA. y de Orden



FF.AA. y de Orden

¡¡..HÉROE..!! NO MÁRTIR.

Las palabras no son inocentes: ordenan cómo un país siente a sus muertos. Y Chile lleva décadas equivocando la palabra.

Mártir es el que la circunstancia atrapa. Estaba ahí, no eligió, el destino lo alcanzó y no le quedó otra que inmolarse. El martirio es pasivo: le ocurre a uno. Héroe es otra cosa. Héroe es quien escogió la muerte como posibilidad de vida mucho antes de encontrarla; quien cada mañana se pone el uniforme sabiendo que puede no volver a su hogar, y se lo pone igual; quien se entrenó con disciplina desde temprano precisamente para eso: para avanzar cuando todos los instintos gritan arrancar.

El héroe no muere por accidente. Muere en el cumplimiento de una decisión que tomó años antes, en frío, y que renovó cada día en silencio.

El cabo primero Marco Cosme Barquero, 32 años, GOPE, no fue sorprendido por el destino. Fue de frente a capturar al último prófugo del asesinato de otro carabinero, el suboficial Naín. Sabía a quién buscaba y de lo que era capaz. Entró igual.

Recibió el disparo en el rostro, no en la espalda: en el rostro, porque iba de frente y hasta muriendo siguió dando: sus órganos fueron donados. Eso no es martirio. Eso es heroísmo en estado puro, elegido, disciplinado, consumado. Llamarlo mártir es robarle la voluntad; es convertir su decisión en accidente.

Y mientras tanto, al otro lado, opera la inversión más perversa que hemos sembrado: el que mata al carabinero también se siente héroe.

Se siente respaldado por una ideología que durante años le susurró que el uniforme es el enemigo, que dispararle es resistencia, que rematarlo es gesta.

Se siente protegido por un relato que le fabricó impunidad moral antes que impunidad judicial: primero se le llamó comprensible, después víctima de las circunstancias, después expresión de un conflicto.

Cada eufemismo fue un cartucho más en su revólver. La bala que mató a Cosme se cargó en discursos, mucho antes que en un tambor. Esa siembra tiene sembradores, tiene temporadas, tiene cosecha. Y la cosecha se llama un cabo de 32 años desconectado un sábado en Valdivia.

La impotencia no es no saber qué hacer. La impotencia es saberlo perfectamente y ver que no se hace con la escala que corresponde. Esto no se corrige con un ministro más, con una querella más, con tres días de banderas a media asta. Se corrige con un Presidente, no un administrador: un Presidente, que tenga el coraje de nombrar la siembra, desmontar el relato que blinda al asesino y devolverle al Estado el monopolio no solo de la fuerza sino del sentido: que en Chile, matar a un carabinero vuelva a ser lo que siempre debió ser, no una gesta, no un símbolo, no una resistencia: un crimen que la nación entera persigue hasta el final, sin un solo adjetivo que lo ablande.

A los héroes se les debe algo más que funerales: se les debe un país donde su decisión no sea en vano.

Cosme no fue mártir de las circunstancias. Fue héroe por decisión propia. Que la palabra, al menos, esté a su altura.

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro Ejército como siempre en acción ayudando a sus compatriotas:

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