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Sergio Muñoz Riveros sobre el estallido del 18-O: “Necesitamos toda la verdad. Es hora de investigar a fondo la agresión venezolana de 2019”

El columnista, escritor y exmilitante del Partido Comunista expuso esta semana en la comisión investigadora de la Cámara sobre el estallido de 2019. En esta entrevista con El Líbero repasa su visión sobre los hechos y apunta directamente al rol que jugó el régimen de Nicolás Maduro: “Se necesitaba mucha plata para dañar a Chile en la escala que vimos, y al chavismo le sobraba”.

por Trinidad Matte11 julio, 2026

 

El pasado martes 7 de julio, Sergio Muñoz Riveros expuso ante la comisión investigadora que la Cámara de Diputados instauró para esclarecer lo ocurrido en octubre de 2019. Ante los parlamentarios, sostuvo que el estallido «no fue social», sino que fue gestado desde el exterior y financiado por el chavismo como revancha contra Sebastián Piñera tras su viaje a Cúcuta.

Incluso recordó cuando Diosdado Cabello afirmó que Piñera había autorizado «cualquier cosa de nosotros en Chile». En entrevista con El Líbero, el escritor, columnista y exmilitante del Partido Comunista vincula además el asesinato del exteniente venezolano Ronald Ojeda con lo ocurrido en 2019, apuntando a que la embajada venezolana en Chile «funcionó como centro de operaciones políticas del chavismo en nuestro territorio».

-Usted sostuvo el martes 7, en su exposición ante la comisión investigadora de la Cámara sobre el 2019, que “el golpe principal contra Chile vino desde Venezuela”. ¿Cuál es, para usted, el hilo conductor más claro que conecta lo que pasó en octubre de 2019 con la injerencia del régimen?

-Los cabecillas de ese régimen celebraron de inmediato la ola de violencia en Chile que se desató el 18 de octubre de 2019. Diosdado Cabello dijo que era “la brisa bolivariana” que llegaba a nuestro país, y Nicolás Maduro grabó un video en el que, invocando a Allende, celebró que se abrieran las grandes alamedas en Chile.

Era muy fuerte la odiosidad chavista contra Piñera luego de su temerario viaje a la ciudad colombiana de Cúcuta, en la frontera con Venezuela el 23 de febrero de 2019, cuando se reunió con el mandatario colombiano, Iván Duque, y con Juan Guaidó, expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela. Presionaron para que se abriera la frontera venezolana con el fin de entregar los alimentos y medicamentos reunidos por varios países en un momento de extrema necesidad de los venezolanos. La frontera no se abrió, y creo que, desde ese mismo momento, el régimen empezó a preparar la revancha contra quienes lo habían desafiado. Colombia y Chile vivieron luego revueltas parecidas, financiadas desde Caracas.

Sostengo, por lo tanto, que el estallido no fue social. Pero, no sólo eso. Estoy convencido de que fue gestado en el exterior y luego fueron alineados los aliados internos que estaban en deuda con el chavismo por toda la ayuda que recibieron desde los tiempos en que el propio Hugo Chávez derramaba dólares a manos llenas. Se necesitaba mucha plata para dañar a Chile en la escala que vimos, y al chavismo le sobraba.

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Fue reveladora la forma en que actuaron los amigos más fieles de la dictadura venezolana. No hay duda de que el PC se entusiasmó con la posibilidad de usar “todas las formas de lucha” contra Piñera, a quien describieron internacionalmente como un nuevo dictador. Vimos además la impudicia con que actuaron los aprovechados simpatizantes que se beneficiaron de la ayuda en metálico de parte del chavismo. El homenaje a la “Primera Línea” en el viejo Senado fue organizado por Alejandro Navarro, y eso lo dice todo.

-En su exposición en la Cámara, usted citó declaraciones de Cabello y Maduro formuladas en 2024, luego de la muerte de Piñera, en la que acusaban al exmandatario de haber encabezado un intento de invasión a Venezuela en febrero de 2019. ¿Qué significado le da a ese momento?

-Creo que buscaron desacreditar la figura de Piñera con una acusación descabellada. Lo curioso fue que esa fantasmal invasión nunca fue denunciada por el régimen chavista en la ONU u otra parte. Cabello llegó a decir que, al intentar esa invasión, Piñera había autorizado “cualquier cosa de nosotros en Chile”, lo cual es toda una confesión.

A ciertos sectores democráticos de nuestro país les ha costado convencerse del papel jugado por la dictadura chavista en el mayor intento por provocar un quiebre institucional y hundir a Chile. No hablo de los aliados de esa dictadura y de la cubana, que eligieron bando hace rato, sino de sectores que han preferido fijar la mirada en los defectos de la sociedad chilena como explicación de la irracionalidad que llevó a nuestro país al borde del precipicio. Creo que esa visión está variando.

-En la Cámara, mencionó que las instituciones de inteligencia estaban lejos de anticipar algo como lo ocurrido en 2019. ¿Cómo evalúa la respuesta del Estado chileno en aquellos días frente a lo que usted describe como una operación de gran magnitud?

-El Estado chileno fue sorprendido con la guardia baja. Los organismos de inteligencia no fueron capaces de anticipar lo que venía. Tengo la impresión de que ni siquiera se daban cuenta de la intensa actividad que se desarrollaba en las embajadas de Venezuela y Cuba en aquellos días. Fue muy alto el costo que pagó el país. Es indispensable elevar la calidad del sistema de protección de la seguridad nacional.

-Usted perteneció al Partido Comunista, fue preso político y exiliado. ¿En qué sentido cree que esa trayectoria le dio una perspectiva distinta para leer lo que pasó en 2019?

-Sobre ese punto me obligó a reflexionar la periodista Paula Coddou, con quien hicimos el libro “En busca de tierra firme” (Ediciones El Mercurio, 2024). Sí, es posible que el haber militado en las filas comunistas me haya ayudado a ver o entrever ciertas cosas al anochecer del 18 de octubre de 2019, cuando el fuego asomaba por distintos puntos y el Metro era atacado probablemente por expertos en sabotaje. Temí entonces por la suerte de Chile, sentí una desazón parecida a la de 1973. Nada de lo que estaba ocurriendo podía ser espontáneo ni resultado de las aspiraciones de igualdad. Era evidente el propósito de devastación de todo lo que ocurría. Ese no era “el pueblo chileno”. Eran grupos concertados y coordinados para causar la mayor destrucción posible y, consiguientemente, el mayor terror en la población.

El vandalismo fue desfigurando a Chile ante nuestros ojos, y deduje que ello no podía ser sino el efecto de un plan político, orientado a crear un cuadro de ingobernabilidad que condujera a la caída del gobierno. Era el resurgimiento de la pulsión leninista del asalto al poder, la idea de que los revolucionarios podían imponer su voluntad si actuaban sin pudores legalistas. Y vimos cómo los delincuentes podían “servir a la causa”.

El día 19 de octubre, Guillermo Teillier, entonces presidente del PC, pidió la renuncia de Piñera. El día 28, Pablo Monge, miembro del comité central del PC, escribió en El Siglo: “Se levanta el pueblo, se alza el poder popular, el pánico invade al poder y comienza el enfrentamiento (…). Si esto no es una insurrección, ¿qué es? El pueblo clama justicia y quiere con claridad un nuevo Chile. Es hora de definiciones revolucionarias. Construir poder popular, poder en la base…”

Fue inteligente el diseño de la revuelta, pues incluyó un escudo humano, o sea, esas manifestaciones en las que cabían todos los reclamos y parecían dar nobleza a los saqueos. Podríamos dar por válidas todas las demandas, pero ello no legitima la barbarie. Es penoso que alguna gente haya creído que no había que fijarse tanto en la violencia, pues lo importante era el sentido de justicia. Hubo quienes, desde las comunas del sector oriente de Santiago, con una especie de culpa social, fueron indulgentes con el vandalismo y el pillaje. El miedo se extendió por todas partes, y los administradores del miedo consiguieron en noviembre de 2019 meter al país en la aventura constituyente que duró dos años, período en el que Chile estuvo buscando el remedio para una enfermedad que no tenía.

-Usted ha vinculado el asesinato del exteniente venezolano Ronald Ojeda en Santiago, en febrero de 2024, con lo ocurrido el 18-O. ¿Cómo describiría esa conexión? ¿Qué es lo que le llamó más la atención de este caso?  

-La investigación de ese horroroso crimen está proyectando una fuerte luz sobre lo que nos pasó hace siete años. La fiscalía no tiene dudas de que los asesinos de Ronald Ojeda formaban parte de los escuadrones del Tren de Aragua. Recordemos que él fue sacado semidesnudo de su departamento en Santiago por falsos funcionarios de la PDI, ante la desesperación de su esposa y su hijo de seis años. Fue asesinado en las horas siguientes y enterrado en una zona de Maipú. Había sido preso político en Venezuela y vivía en Chile desde 2017. Era un activo opositor de la dictadura chavista.

Walter Rodríguez, sicario profesional, identificado como jefe del comando que asesinó al teniente, entró varias veces a nuestro país a cumplir diversas misiones. ¿Cuántos otros criminales ganaron terreno para sus propias trapacerías al mismo tiempo que atendían los encargos de la dictadura chavista? Muchos, sin duda. Los golpes al Tren Aragua del último tiempo están aportando mucha información relevante que esperamos que conduzca a desarticular esa banda y a completar el cuadro de 2019.

Creo, por lo tanto, que no es posible restablecer relaciones diplomáticas con Venezuela como si no hubiera pasado nada, que es lo que parece creer la Cancillería. Bajo la conducción del último embajador venezolano, Arévalo Méndez, que se desempeñó en Chile desde 2013 y cumplía esa función en el momento del crimen de Ojeda, la embajada funcionó como centro de operaciones políticas del chavismo en nuestro territorio.

Antes de cualquier normalización de relaciones, Delcy Rodríguez, hoy protegida de Trump, debe cooperar para que se haga justicia en el caso del teniente Ojeda. Y, como es seguro que ella supo de las fechorías de Maduro, Cabello y otros facinerosos contra Chile, algo debe tener que decir.

Sergio Muñoz Riveros exponiendo en la comisión.

-¿Cómo recibieron los diputados su presentación en la comisión?

-Después de la sesión, el presidente de la comisión, el diputado Hans Marowski, del Partido Nacional Libertario, ex oficial de Ejército, valoró y agradeció mi intervención. El diputado Sergio Bobadilla, de la UDI, y los diputados Javiera Rodríguez y Enrique Bassaletti, del Partido Republicano, tuvieron palabras de reconocimiento. Tuve la oportunidad de conversar ese día con el joven diputado Sebastián Zamora, ex carabinero, al que vi muy compenetrado de su tarea parlamentaria. De los diputados de izquierda no puedo decir nada. Se mantuvieron alejados y en silencio.

-¿Qué espera que salga de la comisión investigadora de la Cámara? ¿Cree que puede llegar a establecer responsabilidades concretas, o su valor es más bien dejar un registro histórico de lo ocurrido?

-Hizo bien la Cámara de Diputados en constituir esta Comisión, que funcionará hasta la primera quincena de agosto. Pero, no podemos pasar por alto lo bochornoso que es el hecho de que el Congreso no tomara antes la iniciativa de investigar la génesis de lo ocurrido, lo que se relaciona con las visibles complicidades con la revuelta de numerosos parlamentarios. Soplan otros vientos, mucha gente tiene hoy una mirada distinta de la que tenía hace siete años, cuando dominaba el miedo.

No creo que esta comisión pueda desentrañar la conspiración de entonces. No tiene los medios ni las facultades para hacerlo. Su mandato apunta más bien a revisar lo hecho por los ministerios para esclarecer ciertos delitos. Con todo, su labor puede ser un primer paso hacia la comprensión global de lo ocurrido. Lo mejor es que no se pierda en los detalles y trate de avanzar en la demostración de que el estallido no fue social.

Sería muy valioso si, al concluir sus labores, la comisión plantea la necesidad de una “investigación de Estado” sobre la agresión venezolana, lo cual plantearía altas exigencias al Ministerio de Seguridad, la Agencia Nacional de Inteligencia y, ciertamente, a los organismos de inteligencia de las FFAA y las policías. No se puede dar vuelta la hoja. Necesitamos toda la verdad. Es hora de investigar a fondo la agresión venezolana de 2019.

-A casi siete años del estallido, ¿cuál sería la lección más importante que Chile debería sacar de todo esto?

-Lo dije en la Cámara. Se pagan muy caro las debilidades para enfrentar las amenazas al pacto de civilización que es la democracia. En 2019, el supuesto carácter social de los desmanes llevó a no poca gente a aceptar la vieja coartada inmoral de que el fin justifica los medios. Fue penoso que la antigua centroizquierda actuara guiada por el oportunismo. Creo que la derecha, salvo excepciones, no apoyó a Piñera como correspondía, refugiados algunos de sus representantes en el discurso “social”, para no ser menos.

En fin, tendríamos que haber aprendido que cuando las libertades están amenazadas, y cualquiera que sea el origen de la amenaza, lo único coherente es resistir. Tendríamos que haber aprendido también que necesitamos estar alertas frente a las proclamas que, en nombre de la justicia, validan el atropello, la barbarie y el quiebre de la legalidad que nos protege a todos.

¿La mayor lección? Que la democracia no se defiende sola. Siempre necesita defensores.

Etiquetado:sergio muñoz riveros

3 Comments

  1. Carlos Souper Quinterosdice:

10 julio, 2026 en 23:32

Muy buena exposición.

  1. Daniel Andrésdice:

11 julio, 2026 en 14:34

Leer esta entrevista deja una profunda reflexión y obliga a cuestionar, a la luz de los hechos y la violencia irracional presenciada, la verdadera naturaleza del llamado “estallido social”. Resulta completamente válido plantearse si no estuvimos frente a un evento orquestado, un estallido socio-delictual o incluso terrorista, hábilmente financiado e instrumentalizado por regímenes —narcoterroristas— externos como el chavismo. La historia reciente nos mostró la cara más destructiva de la manipulación de masas, pero también reveló la sensatez del colectivo chileno: frente a la amenaza de perder nuestra columna vertebral —la Carta Magna—, la democracia se impuso en las urnas rechazando dos procesos constitucionales. El país no se dejó doblegar por la polarización ni por intereses políticos mezquinos, demostrando que prevalece el equilibrio.

Sin embargo, la consecuencia más trascendental de toda esta crisis no fue la destrucción material, sino un efecto adverso que los promotores de este estallido jamás anticiparon: el despertar cívico de mentes libres que ya no pueden ser encasilladas ni manipuladas, vale decir, nuevas generaciones de jóvenes impulsados a defender las ideas de la libertad. El ruido de aquellos años forjó en nuestra juventud la convicción de proteger nuestra república frente a la barbarie, asumiendo una postura en la defensa de nuestros principios.

Al final del día, ante cualquier intento de socavar nuestra paz e institucionalidad, resuena con más vigencia que nunca el peso y la advertencia de nuestro propio lema patrio: el país se defiende siempre, por la razón —espero que siempre sea así— o la fuerza.

Daniel Reyes

  1. Daphne Lackington Hunterdice:

11 julio, 2026 en 18:54

Excelente columna! Al fin alguien habla con la verdad. Agradezco al columnista, don Sergio Muñoz Riveros. la valentía e inteligencia de sus columnas. Siempre estoy atenta a ellas para leerlas.