Gobierno y Política



Gobierno y Política

¡El colmo!, así no hay seguridad ni justicia:

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Optimicemos los recursos:

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Carmona y la historia

Por Gonzalo Rojas Sánchez 

Cuando Lautaro Carmona da declaraciones, es el Partido Comunista el que habla. No hay distinción entre su actual presidente y la entidad. Esa diferencia la puede usted percibir en cualquier otra colectividad, pero en un partido que postula el centralismo democrático, no. Lo que dice el presidente, lo afirma el partido por completo. Él es el portavoz de la verdad revelada.

Y lo que ha dicho Carmona es increíble, es por completo herético respecto de la ortodoxia comunista. La Comisión de Control y Cuadros lo debiera citar para que dé razón de sus dichos y, como tantas veces ha sucedido antes, lo debiera expulsar del PC. Obviamente, esta vez, a diferencia de los casos de Reinoso a comienzos de los 50, de buena parte de la dirigencia de las Juventudes Comunistas después del 2 de abril de 1957, y de los espartacos a mediados de los 60, eso no sucederá.

¿Por qué debiera ser Carmona seriamente contradicho al interior del PC?

Porque el presidente del partido ha sostenido la singularidad del proceso histórico de Cuba; ha tratado de defender que en la isla existe “un sistema democrático del punto de vista de la historia de Cuba”. Pero ¿es la específica historia de la isla, para el marxismo ortodoxo, un dato de relevancia? En absoluto. Las tesis de Marx eliminan toda singularidad. La historia de la humanidad es una sola, y se despliega por las contradicciones de la materia, expresadas en el conflicto entre dos clases antagónicas e irreconciliables, la burguesía y el proletariado. Cuando se dan las condiciones de contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la revolución debe estallar. Lo demás, la consideración de la singularidad de cada proceso, es simple desviación burguesa. No existe eso que Carmona ha llamado “construcción del camino propio de cada pueblo”, aunque no nos resulta ajeno a los chilenos recordar el empeño allendista de una revolución con empanadas y vino tinto, tan herético al dogma marxista, como Carmona lo es al afirmar la singularidad de la dictadura cubana.

Si fuera cierto lo que sostiene Carmona, que en su partido existe “una coherencia absoluta de hermanamiento con los procesos de liberación, de emancipación y de construcción de camino propio de cada pueblo”, el marxismo se habría terminado como sistema de pretendida explicación “científica de la realidad”, para reducirse al simple empeño de grupos de activistas revolucionarios, desplegados según sus propias percepciones de cada momento y de cada lugar. En ese sentido, démosle algún crédito a Carmona, porque eso es, en realidad, lo que ha sido el marxismo en acción: un conjunto de intervenciones atrabiliarias en la vida de los pueblos.

Carmona se ha movido entonces entre el rechazo al dogma marxista sobre el sentido inevitable de la historia, y la afirmación leninista de una historia hecha por la voluntad de los comunistas. Sus referencias a los líderes de esa actividad —Lenin, Mao, Ho, Fidel— revelan muy bien la opción por el liderazgo voluntarista, a diferencia de la inexorable ley de la historia postulada por Marx.

Y ya sabemos cómo se han expresado los líderes a los que Carmona admira. Durante Mao, 20 millones de chinos murieron en campos; Ho Chi Minh purgó en 1956 su propio partido, antes de la guerra con Vietnam del Sur, ejecutando a 50 mil disidentes; Lenin construyó las bases del sistema del terror que Stalin perfeccionó llevando a casi 29 millones de personas al Gulag; y el Castro adorado que Carmona venerará en la isla solo puede ser recordado porque no logró anular la riqueza más importante de los isleños, ¡la calidez humana de su gente!, nos dice Carmona. O sea, nada de lo que el comunismo pueda vanagloriarse.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el miércoles 5 de agosto de 2026.

Gobernar con una hoja de ruta

Por Álvaro Pezoa Bissières 

Cinco meses son insuficientes para juzgar el éxito de un gobierno, pero bastan para reconocer si existe una dirección. En política, tenerla –o no– es importante. Hay administraciones que avanzan respondiendo a la contingencia y otras que intentan ordenar la agenda desde un conjunto definido de prioridades. A la luz de estos primeros meses, todo indica que el gobierno del Presidente Kast está siguiendo el segundo camino.

Más allá de la valoración que cada uno pueda hacer de sus políticas, resulta difícil sostener que el Ejecutivo carece de una hoja de ruta. Por el contrario, comienza a delinearse un itinerario coherente que busca intervenir sobre algunos de los problemas que más han condicionado el desarrollo del país durante la última década.

La reciente aprobación de la megarreforma económica constituye el eje más visible de esa estrategia. Su propósito es recuperar el crecimiento, incentivar la inversión y crear un entorno más favorable para el empleo. En una economía que durante años ha mostrado señales de estancamiento, el mensaje es claro: sin crecimiento sostenido difícilmente podrán financiarse las restantes aspiraciones sociales.

Pero la acción del gobierno no se agota allí. Antes de fin de año espera concretar una amplia reforma en materia de seguridad, precisamente en el ámbito que los ciudadanos identifican como su principal preocupación cotidiana. Paralelamente, impulsa nuevas medidas para fortalecer el empleo, prepara una reforma al mercado de capitales destinada a dinamizar la inversión y trabaja en un conjunto de iniciativas orientadas a la protección de la infancia y al fortalecimiento de la familia.

Consideradas aisladamente, estas mociones podrían parecer políticas sectoriales. Sin embargo, observadas en conjunto revelan una lógica común: reconstruir las condiciones que permiten a una sociedad desarrollarse con estabilidad. Crecimiento, seguridad, inversión, empleo y fortalecimiento del tejido familiar dejan de ser objetivos independientes para convertirse en piezas de un mismo proyecto de gobierno.

Naturalmente, ninguna reforma garantiza por sí sola mejores resultados. La experiencia enseña que las buenas leyes necesitan una implementación eficaz y una gestión capaz de ejecutarlas con consistencia. Del mismo modo, los ciudadanos no evalúan únicamente la calidad técnica de una agenda, sino los cambios concretos que ésta produce en sus vidas diarias.

Por eso, la etapa que comienza puede ser incluso más exigente que la anterior. El desafío ya no consiste únicamente en aprobar reformas, sino en demostrar que ellas son capaces de modificar la realidad. Si el gobierno logra ejecutar con eficacia la agenda que ha construido y comunicar con claridad el propósito que la inspira, será la propia ciudadanía la que determine si esta hoja de ruta representó efectivamente el punto de inflexión que Chile esperaba.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el lunes 10 de agosto de 2026.

 

 

 

 

La Adversidad nos Deja al Desnudo


Por Cristián Labbé Galilea

Hay momentos como los vividos de norte a sur y de cordillera a mar, en que la naturaleza, con una crudeza implacable, nos ha obligado a mirar el país que realmente somos.

Un terremoto, una inundación, un temporal, un incendio o un aluvión pueden bastar para que, en pocas horas, desaparezca esa imagen de modernidad que con tanta facilidad solemos atribuirnos. Entonces quedan al descubierto no sólo caminos cortados, viviendas destruidas o familias aisladas; aparece también una realidad mucho más incómoda: la enorme fragilidad social sobre la cual hemos construido nuestro progreso.

Desde la capital, y desde sus barrios consolidados, Chile puede parecer un país que avanza decididamente hacia el desarrollo. Tenemos autopistas, centros comerciales, clínicas modernas, universidades, edificios inteligentes, tecnología, y servicios que poco tienen que envidiar a las grandes ciudades del mundo. Pero basta alejarse de esa realidad para descubrir otro Chile.
Es el Chile de las localidades apartadas, caminos precarios, viviendas levantadas en zonas no aptas, y poblados donde una lluvia intensa significa, además de pérdidas humanas, aislamiento por días. Es el Chile donde una familia pierde en una noche lo que demoró una vida en construir.

Las catástrofes naturales tienen esa particularidad: no crean necesariamente pobreza, simplemente la hacen visible.
De pronto aparecen en las pantallas lugares cuyos nombres muchos compatriotas jamás habían escuchado. Vemos adultos mayores viviendo en condiciones extremadamente modestas, familias sin servicios básicos, poblaciones expuestas a quebradas que se activan después de 50 años, incendios o inundaciones, y comunidades enteras cuya existencia parecía ignorada hasta que llegó la emergencia.

Es ahí entonces cuando le surge a esta pluma una pregunta inevitable: ¿podemos considerarnos realmente una sociedad desarrollada cuando todavía existen compatriotas viviendo en condiciones tan precarias?
El progreso de un país no puede medirse solamente por aquello que exhiben sus sectores más prósperos. Una sociedad consolidada se reconoce también por el nivel mínimo de dignidad que es capaz de garantizar a quienes tienen menos recursos o simplemente tuvieron menos oportunidades.

No se trata de pretender que el Estado pueda impedir terremotos, incendios o temporales. Eso sería absurdo. Se trata de comprender que una nación verdaderamente moderna debe estar preparada para que esos fenómenos no transformen la precariedad en tragedia.

Tal vez debamos, sin minimizar nuestras cifras generales, recorrer más nuestro territorio y exigir a las autoridades locales y regionales que adopten las medidas preventivas para evitar que, cada cierto tiempo, nos veamos enfrentados a esta cruda realidad. Porque el verdadero nivel de desarrollo de una sociedad no se aprecia sólo desde las capitales regionales ni desde sus barrios más acomodados; es visible desde aquellos lugares donde viven sus ciudadanos más vulnerables.
Las catástrofes pasarán. Reconstruiremos caminos, viviendas y puentes. Pero sería lamentable que, cuando vuelva a salir el sol, retomemos nuestra indiferencia, porque la naturaleza es imprevisible y, cada cierto tiempo… la adversidad nos deja al desnudo.