Justicia y DD.HH.



Justicia y DD.HH.

Senador Vial visitó a ex militares en Colina 1 y presentó reforma constitucional para que causas previas a 2005 sean regidas por Código Procesal

Diario La Prensa

Senador de la Región del Maule y general en retiro del Ejército, Cristián Vial Maceratta.

El general en retiro apuntó a una discriminación que, a su juicio, existe hacia los ex uniformados.

Por Leonardo Paredes Zapata

TALCA. El senador por la Región del Maule y general en retiro del Ejército, Cristián Vial Maceratta, concurrió al centro de cumplimiento penitenciario Colina 1 para visitar a reos que pertenecie-ron a las Fuerzas Armadas y a las policías y que cumplen distintas penas. En ese sentido, el parlamentario argumentó motivaciones humanitarias para que los condenados, de avanzada edad y de poco uso de sus facultades, pudiesen gozar de libertad y afrontar su vejez junto a sus familiares.

En este contexto, presentó un proyecto de reforma constitucional para eliminar la coexistencia del antiguo sistema penal de Chile. “De esta forma, todas las causas pendientes o no iniciadas por hechos anteriores a la reforma penal del año 2005, pasarán a ser regidas por el actual Código Procesal Penal”, detalló a través de su cuenta de Instagram.

El general en retiro continuó apuntando a una discriminación que, a su juicio, existe hacia los ex uniformados debido a los hechos criminales cometidos en el contexto de la dictadura militar entre 1973 y 1990.

“¿Dónde está la misericordia de los chilenos? Hemos constatado en sus celdas como viejos policías y soldados están muriendo encarcelados, literalmente. Un condenado de 96 años que ha perdido todas sus facultades, ¿Por qué para un lado apología y para la otra revancha? In-misericorde, sin piedad, los chilenos no somos así”, exclamó el senador Vial.

Post

 

JanoMatus🇨🇱 Republicano

@janomatusmc

¡¡ IGUALDAD ANTE LA LEY !! Es lo mínimo para que la Justicia sea realmente respetada como tal. Lo de hoy para los militares del 73 es solo Venganza … y la venganza no es Justicia. @GobiernodeChile @MinjuDDHH @PJudicialChile

2:18 · 24 jul 2026

 

 

 

 

 

¡𝑬𝑳 𝑴𝑬𝑹𝑪𝑼𝑹𝑰𝑶 𝑷𝑼𝑩𝑳𝑰𝑪𝑶́ 𝑳𝑨 “𝑵𝑶𝑻𝑰𝑪𝑰𝑨 𝑫𝑬𝑳 𝑨𝑵̃𝑶”!

Hermógenes Pérez de Arce

Escribe: Hermógenes Pérez de Arce

Ella fue, naturalmente, que después de diez años o más de prevaricaciones impunes de los jueces contra los exuniformados –violando leyes expresas y vigentes, además de la moral, la verdad y la ética– una abogada penalista haya conseguido los votos suficientes de jueces, ministros de Apelaciones y de la Suprema para dar curso a una querella por prevaricación contra un ministro sumariante en un proceso por violación de derechos humanos.

Ésa, que desde el 7 de julio era la “noticia del año”, no la publicó ningún medio importante. Pues éstos, en la materia, siguen el consejo político de Evelyn Matthei: “no meterse en eso”. Al igual que lo ha hecho toda la clase política, con la única excepción del Partido Nacional Libertario y su presidentes, Johannes Káiser.

Visto lo anterior, hoy ha sucedido algo extraordinario: El Mercurio ha publicado una carta de la abogada penalista Carla Fernández Montero, en la cual da a conocer por primera vez en un medio de amplia circulación que un juez prevaricador está querellado por cuatro exmilitares en un proceso ante el Ministerio Público, ente encargado de perseguir y sancionar los delitos.

Bien por El Mercurio. Se atrevió: en una página importante, “Cartas al Director”, ha dejado de “mirar para otro lado”. Y ha desoído el consejo político de Evelyn Matthei: “no hay que meterse en los juicios sobre violaciones a los derechos humanos”. Esto es particularmente explicable en el caso de ella, exministra de Sebastián Piñera, el principal patrocinador de esos juicios ilegales y persecutor de exmilitares (tras haber obtenido sus votos prometiéndoles que haría respetar la prescripción y el debido proceso).

Aunque el decano no publique nada más sobre el tema ni explique más a sus lectores ni analice editorialmente la materia (no le pidamos tanto) la carta de Carla Fernpandez Montero ha “clavado una pica en Flandes”.

En el fondo, ha permitido dar a conocer un verdadero milagro: que se han reunido suficientes firmas de jueces honestos en primera instancia, en Apelaciones y, lo que es más increíble de todo, en la Segunda Sala de la Corte Suprema, caracterizada por su apoyo impertérrito al atropello de las normas sobre debido proceso y la exacerbación del despojo al fisco, ya por un decenio, todo derivado de los atropellos a las leyes y la verdad en los juicios sobre violaciones a los derechos humanos.

La carta de Carla Fernández Montero testimonia que en Chile se está dando un paso hacia el retorno a la legalidad, la verdad y la justicia en un terreno que se ha prestado para hacer tabula rasa de todos esos valores y, sí, también de los derechos humanos de los exmilitares, en nuestro país.

 

 

 

Carta a Tomás Moro

Abogado de Londres, canciller de Inglaterra, decapitado en Tower Hill el 6 de julio de 1535

Señor Moro:

Le escribe una abogada del fin del mundo, de una tierra que en su tiempo aún no figuraba en los mapas. Traigo un encargo. Más de cuatrocientos ancianos, presos en cárceles de este país, desean confiarle su defensa. Ninguno alcanzará a estrecharle la mano: hace casi quinientos años que descansa. Ellos lo saben. Y aun así lo eligieron.

Han cumplido más de quince años tras las rejas; algunos, más de treinta y cinco. Tuvieron abogados, y buenos. No les falta defensa: les falta un defensor que no se haya rendido a la costumbre de lo injusto.

Recorrieron cinco siglos de tribunales en su busca. Encontraron uno solo. Subió al cadalso el seis de julio de mil quinientos treinta y cinco.

Conoce el encierro, y no de oídas. Catorce meses habitó la Torre.

Sabe cómo se enquista la humedad en las piernas de un enfermo, cómo suena un cerrojo a medianoche, cuánto pesa un invierno entero sin una carta. Al final le arrebataron hasta la tinta, y a su hija le escribió con un trozo de carbón. Estos ancianos llevan treinta inviernos de ese mismo frío. Quien no lo ha respirado no comprende el expediente.

Fue juez, además, de una estirpe ya extinguida. Al frente de la Cancillería vació la agenda de causas: una mañana reclamó la siguiente y le respondieron que no restaba ninguna pendiente. Londres lo celebró en verso. Los míos, en cambio, litigan bajo un código de mil novecientos seis, donde un solo magistrado indaga, acusa y condena, y los recursos encanecen al compás de sus propios recurrentes. Un juez que midió el precio de una sola jornada podría, por fin, enseñarle a esta justicia cuánto vale una jornada a los noventa años.

Pero la razón última pesa más que todas las anteriores. Tenía el reino rendido a sus pies y lo entregó completo en lugar de firmar una mentira. Una palabra bastaba —un juramento— para conservar la casa, el cargo, la cabeza. Prefirió callar. Escogió la celda sobre el privilegio y el hacha sobre la complicidad, porque lo comprendió mucho antes que su siglo: por encima de la fidelidad al rey existe otra más honda, la del hombre con aquello que reconoce como justo. Esa lealtad, y no la destreza, es lo que aquí se reclama.

La contraparte le resultará conocida, pues la retrató en Utopía: el poder que primero engendra el abandono y castiga después sus frutos.

El nuestro refinó el arte. Recibe a un hombre bajo custodia, jura protegerlo, lo desatiende, y rubrica el desenlace como muerte natural por la edad. También a usted lo condenó un falso testimonio; dijo entonces que le dolía más aquel perjurio que su propio peligro. Habría que grabar la frase en los frontispicios de un país en que el tiempo, llamado a ablandar el juicio sobre un anciano, se blande en su contra.

Sabe igualmente lo que ocurre del lado de afuera, donde la pena se cumple de verdad. Margaret, su hija, rompió el cordón de guardias que lo devolvía a la Torre, se abrió paso a empujones y lo abrazó frente al gentío; los soldados lloraron, y así consta. Las hijas de mis defendidos no pueden romper cordón alguno: envían cartas, y las cartas se responden tarde, o nunca. Una rogó en mayo el traslado de su padre agonizante; la contestación tardó cincuenta y cinco días en señalarle otra ventanilla. Y hubo esposas que murieron aguardando el reencuentro: el permiso para despedirse llegó con la novia de toda una vida ya bajo tierra.

No le oculto el escollo: lleva cuatrocientos noventa y un años muerto, y ningún colegio matricula difuntos. El reparo es menor. En esta tierra, un código muerto, abolido por indigno, todavía dicta condenas. Si un código difunto aún condena, un abogado difunto bien puede defender. Sería apenas la segunda irregularidad del proceso; la primera, en favor de los reos.

El poderdante, se lo advierto, es impaciente. No por temperamento: por calendario. La nómina de los cuatrocientos mengua sola, mes a mes, sin que se firme un traslado ni un indulto. Cada semana de espera, alguno falta al recuento de la mañana. Y no porque haya recobrado la libertad.

Déjeme evocar su final, pues es él quien lo hace irreemplazable. Halló mal montado el patíbulo y pidió que lo ayudaran a subir: del descenso, dijo sonriendo, ya se ocuparía por su cuenta. Perdonó al verdugo aun antes de que alzara el filo, le suplicó que no temblara al cumplir su oficio y le advirtió, con una ternura difícil de sostener, que apuntara bien, que tenía el cuello corto. Apartó su propia barba sobre el tajo, pues ella no había cometido traición. Y se despidió del mundo con seis palabras que lo resumen entero: moría siendo buen siervo del rey, y de Dios antes que de él.

Ahí reside el enigma que estos ancianos le entregan. Sirvió al rey hasta el filo mismo de lo justo, y ni un paso más allá. A ellos se les exige lo contrario: permanecer leales a un Estado que dejó de serles leal. No invocan aquí su inocencia, y nadie lo lea como rendición: un procedimiento que hizo del juzgador su propio acusador jamás les concedió el modo de acreditarla. Los hay inocentes, y el sistema se ocupó de que nunca pudiera saberse. Esta carta no viene a reabrir esa herida. Piden algo más pequeño, y mucho más difícil de otorgar.

Usted tuvo, en su hora última, una mano que apretar y un nombre en los labios. Le escribió a Margaret la víspera que nunca había amado tanto su cariño como en el beso final. Tuvo despedida. Tuvo un rostro conocido inclinado sobre el suyo. Tuvo, incluso, quien recogiera su cabeza del puente y la guardara para enterrarla junto a la propia.

Estos hombres se apagan sin nada de eso. Mueren de madrugada, en un pasillo, y el último semblante que alcanzan a distinguir es el de un guardia que ignora sus nombres. A ninguno le sostienen la mano. Ante ninguno se pronuncia, en voz alta, el nombre completo con que vinieron al mundo. Entraron con nombre. Los están sacando con número.

Acepte el caso, señor Moro. Trabaje como trabajó en la Cancillería, hasta la mañana en que pida el expediente siguiente y le respondan que no queda ninguno. Que ese día signifique que todos regresaron a casa —a una cama sin candado, a un nieto sin horario de visita, a una puerta sin número— y no lo otro, que también vacía la lista, pero en silencio, y de a un nombre por vez.

Hay en este encargo algo que ningún expediente consigna, y conviene decírselo. Estos hombres no le piden que los arranque de la muerte: a esa ya la miran de cerca, y sin espanto. Le piden que no los dejen morir dos veces. Una, en el cuerpo, cuando le llegue la hora. Otra, antes, la tarde en que descubran que su suerte ya no le importa a nadie.

Mientras quede quien los recuerde y los defienda, esa segunda muerte no llega. Para eso escribo. Y si usted no tomara el caso, lo tomaré yo sola, con su vida entera por toda jurisprudencia.

Quedo esperando su respuesta con una fe que este siglo no merece. Y si demora, como aquí demora todo, tenga la certeza de que insistiré. Con tinta, mientras quede. Y con carbón, si llegara a faltar.

Santiago de Chile, julio 2026.

Carla Fernández Montero

Abogada