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La Parada Militar chilena

20/sept/26 – 08:44Actualizado: 20/sept/26 – 08:45
Hay acontecimientos que permiten apreciar, mejor que cualquier discurso político, los cambios que experimenta un país. La Gran Parada Militar que Chile celebró este 19 de septiembre pertenece a esa categoría.
Durante más de tres horas, más de diez mil hombres y mujeres desfilaron por la elipse del Parque O’Higgins de Santiago. Fueron exactamente 10.206 efectivos: 6.219 del Ejército, 1.252 de la Armada, 1.117 de la Fuerza Aérea, 1.220 de Carabineros, 297 de la Policía de Investigaciones y, por primera vez, 94 integrantes de Gendarmería. De ellos, 1.764 fueron mujeres.
No se trató solamente de una exhibición militar. Fue también una demostración de la importancia que el Estado chileno vuelve a otorgar a sus instituciones armadas, a sus símbolos nacionales y a sus tradiciones.
Otro elemento nuevo, fue la incorporación de la imagen de la Virgen del Carmen, Patrona y Generala de las Fuerzas Armadas, la que abrió el desfile anticipándose a los soldados. Esta presencia de la Virgen da cuenta de su estrecha relación con el Ejército de Chile, la que se remonta a los albores de la Independencia.
Una tradición que viene de Prusia
Hay un aspecto de la Parada que merece una atención especial y que muchas veces pasa inadvertido para quienes observan solamente el desfile.
Una parte muy importante de la personalidad del Ejército chileno procede de su profunda influencia prusiana. A partir de 1896, la llegada de instructores alemanes encabezados por Emilio Körner transformó la instrucción, la organización, la doctrina, los uniformes, las marchas y la formación de los oficiales chilenos. Ese legado permanece hasta hoy.
Y pocas ceremonias lo hacen tan visible como la Parada Militar.
El paso regular, ejecutado con una precisión extraordinaria, es probablemente su expresión más característica. Las tropas avanzan con una cadencia perfectamente sincronizada, mientras las bandas militares acompañan el movimiento. El propio Ejército explica que este paso fue incorporado a comienzos del siglo XX como parte de la modernización inspirada en el ejército prusiano y que actualmente se ejecuta a 104 pasos por minuto.
Pero no es solamente la marcha.
Son también los uniformes históricos, los cascos, las espadas, las lanzas, las bandas y una determinada manera de presentarse ante la ciudadanía. Los tradicionales cascos de punta —los célebres Pickelhauben— forman parte de ese patrimonio militar. El propio Ejército ha documentado extensamente su origen prusiano y su utilización histórica en Chile.
En algunas unidades, esta herencia resulta particularmente evidente. Los Granaderos, por ejemplo, recuperaron hace años el uniforme de presentación que utilizaba la caballería chilena a partir de 1905: guerrera azul celeste, pantalón de montar negro, casco prusiano con punta y lanzas con gallardetes tricolores.
Es una imagen que sorprende incluso a un europeo.
Chile conserva en sus ceremonias militares una estética, una marcialidad y una disciplina formal heredadas de la tradición prusiana que en la Alemania contemporánea ya no tienen la misma presencia en la presentación pública de sus Fuerzas Armadas.
Y quizás ahí reside parte de la explicación de la fascinación que produce la Parada Militar chilena. No se trata solamente de soldados marchando. Es la representación visual de una tradición militar que lleva más de un siglo incorporada a la identidad institucional del país.
Tradición y tecnología
La paradoja es que esa tradición centenaria convive hoy con unas Fuerzas Armadas completamente modernas.
Junto a los uniformes históricos aparecen vehículos blindados, unidades de montaña, fuerzas especiales, medios de ingeniería, helicópteros y aeronaves de combate. El Ejército mostró, entre otros elementos, los vehículos Mowag utilizados recientemente en operaciones de emergencia. También participaron las distintas capacidades de la Armada y de la Fuerza Aérea.
La presencia del Cuerpo Militar del Trabajo CMT tuvo además un significado especial. Este año se cumplen cincuenta años del comienzo de la construcción de la Carretera Austral, y por primera vez el CMT desfiló con maquinaria de ingeniería, recordando el papel desempeñado por militares y civiles en la integración de los territorios más aislados del sur de Chile. Esta carretera fue iniciada bajo el Gobierno Militar con un clara visión estratégica. 45 soldados perdieron la vida en la construcción de una obra colosal, la cual continúa hasta nuestros días en su frente más austral, al sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego.
La imagen que se proyectó fue, por tanto, la de un Ejército que mira simultáneamente hacia su historia y hacia el futuro.
Una señal hacia el Chile austral
Y hay una segunda lectura que me parece especialmente relevante.
Chile atraviesa actualmente un período en que las cuestiones relacionadas con su extremo austral han adquirido una importancia renovada. El Estrecho de Magallanes, la soberanía sobre los espacios australes, la presencia chilena en la Patagonia y la proyección hacia la Antártica forman parte de un escenario estratégico que el país no puede mirar con indiferencia.
En ese contexto, resulta significativo que la Parada haya puesto especial énfasis en la idea de territorio y de presencia nacional.
El propio Ejército señala entre sus misiones la defensa y la integridad territorial, la actuación frente a emergencias y su presencia permanente en el Territorio Antártico desde 1948.
También es simbólico que el Cuerpo Militar del Trabajo haya desfilado precisamente en el año en que se conmemoran los cincuenta años de la Carretera Austral.
Es difícil no advertir en ello un mensaje: Chile quiere mostrar que su territorio austral no es una abstracción geográfica. Es un territorio vivido, conectado, defendido e incorporado a la conciencia nacional.
Y esa idea adquiere todavía mayor relevancia cuando desde el exterior se reciben señales, declaraciones o iniciativas que obligan a Santiago a mirar con mayor atención hacia Magallanes, el Estrecho y la Antártica.
La Parada Militar no es, naturalmente, un acto diplomático ni una respuesta directa a ningún gobierno extranjero. Pero las ceremonias nacionales también comunican.
Y la de este año comunicó cohesión.
Mostró juntas a las tres ramas de las Fuerzas Armadas, a Carabineros, a la Policía de Investigaciones y a Gendarmería. Mostró tropas de montaña, fuerzas especiales, caballería, unidades motorizadas y medios aéreos. Mostró tradición y tecnología. Y mostró, sobre todo, a un país que quiere transmitir la imagen de que sus instituciones fundamentales permanecen cohesionadas frente a los desafíos que enfrenta.
Un cambio de énfasis
Chile parece estar atravesando, además, un cambio de énfasis respecto de la manera en que presenta sus símbolos nacionales y sus efemérides.
Durante el gobierno de Gabriel Boric la Parada Militar se mantuvo, naturalmente, como una tradición republicana. No sería correcto decir que desapareció o que fue oficialmente cuestionada. El propio Boric presidió la ceremonia de 2025.
La diferencia parece encontrarse más bien en el tono y en la importancia que actualmente se concede a determinadas expresiones de identidad nacional.
La ceremonia de este 19 de septiembre puso nuevamente en primer plano palabras que durante un tiempo parecieron perder presencia en el debate público chileno: patria, soberanía, territorio, Fuerzas Armadas, tradición, historia y orgullo nacional.
Y lo hizo sin necesidad de discursos grandilocuentes.
Bastó observar la elipse del Parque O’Higgins.
Allí estaban las banderas, las bandas, los caballos, los uniformes de inspiración prusiana, los cascos históricos, los soldados marchando con una precisión que parece salida de otra época, y al mismo tiempo los aviones, helicópteros, vehículos blindados y sistemas militares de un Ejército del siglo XXI.
Es una combinación profundamente chilena: conservar la tradición mientras se modernizan las capacidades.
Porque la Parada Militar no pertenece a un gobierno. Pertenece a una tradición nacional que ha sobrevivido a gobiernos de izquierda, de centro y de derecha.
Quizás esa sea precisamente su mayor fortaleza.
En una época en que muchos países occidentales discuten qué significa todavía pertenecer a una nación, Chile conserva un ritual capaz de reunir, al menos durante unas horas, a buena parte de su sociedad alrededor de símbolos comunes.
La Parada Militar recuerda que una República necesita instituciones, pero también necesita memoria.
Necesita recordar de dónde viene.
Necesita reconocer a quienes han defendido su territorio.
Y necesita conservar aquellos símbolos capaces de hacer que ciudadanos de distintas ideas políticas puedan sentirse parte de una misma historia.
La ceremonia de este 19 de septiembre mostró un Chile que parece querer recuperar con mayor fuerza esa dimensión patriótica de su identidad.
Y en un momento en que el extremo austral vuelve a adquirir una importancia estratégica para Chile, esa imagen de cohesión no es un detalle menor.
Porque un país puede modernizar sus aviones, sus buques y sus vehículos.
Pero ninguna nación puede defender eficazmente su territorio si antes no tiene conciencia de que ese territorio le pertenece y voluntad de preservarlo.
La bandera de Chile, las Fuerzas Armadas y la historia nacional no pertenecen a la derecha ni a la izquierda, aunque el gobierno actual las respeta y las valora con mayor profundidad.
Reflexiones Australes