Liderazgo político y Fuerzas Armadas
Liderazgo político y Fuerzas Armadas
Por José Miguel Piuzzi Cabrera General (r) de Ejército
“…cuando se anuncian reformas importantes que afectan a las instituciones armadas y a sus integrantes, como el alargamiento de la carrera militar o modificaciones en las pensiones, es imperativo abordar previamente un diagnóstico completo y profundo…”.
La subordinación de las Fuerzas Armadas al poder político o civil es una premisa básica en un sistema democrático. Como parte de ello, el ejercicio de la autoridad y del liderazgo adquiere muchos matices que dependen, en la práctica, de la visión y capacidad de quienes ejercen la autoridad política, y también del compromiso profesional de quienes conducen las instituciones armadas. Esto, a no dudar, se hace complejo en realidades en las que las Fuerzas Armadas -producto de la convulsión política y social- se vieron involucradas en enfrentamientos internos, más aún, en aquellas en que los mandos de estas ejercieron el poder político.
Una muestra no lejana de una visión y de un tipo de liderazgo que condujo las relaciones civiles militares en Chile es la que aplicó el Presidente Lagos, quien optó por ejercer la autoridad política mediante iniciativas que permitieron actualizar la Política de Defensa con participación de diversos actores políticos, sociales y de las Fuerzas Armadas; junto a ello, apoyó e incentivó la renovación profesional de las instituciones -con nuevas doctrinas y sistemas de armas-, y al mismo tiempo, se empeñó en avanzar en materias de derechos humanos, acogiendo las demandas de distintas agrupaciones, sin que ello significara un castigo hacia las instituciones armadas o imprimir un daño difícil de reparar. En esto, el trato franco y sincero entre la autoridad política y los mandos militares -sin trastrocar los niveles de autoridad- fue fundamental para la conducción del sector Defensa y marcó un sello muy particular en el ámbito latinoamericano.
En la sensibilidad actual, el ejercicio de un tipo de liderazgo como el reseñado podría parecer insuficiente; en especial, si lo que prima es una mirada parcial y descontextualizada de los hechos, lo que puede llevar a una visión similar a la que Ortega y Gasset criticaba en “El Espectador”, en referencia a la felicidad: “Se suele cometer el error de creer que esta radica en la satisfacción de nuestros deseos, como si los deseos constituyeran toda nuestra personalidad”. Por eso, más que deseos, es necesario atenerse a algunas evidencias, y en materia de Defensa no hay duda de que los riesgos y amenazas han cambiado y continúan cambiando; asimismo, las misiones de las Fuerzas Armadas se han ampliado y han surgido nuevas formas de empleo, y los avances tecnológicos son considerables. Por otra parte, el personal militar ha desarrollado capacidades y competencias profesionales que incentivan la innovación, y que también pueden contribuir al desarrollo del país, sin distorsionar lo esencial de su quehacer.
Es fácil advertir, entonces, que cuando se anuncian reformas importantes que afectan a las instituciones armadas y a sus integrantes, como el alargamiento de la carrera militar o modificaciones en las pensiones, es imperativo abordar previamente un diagnóstico completo y profundo sobre la realidad y proyección del sector Defensa y de las Fuerzas Armadas de cara al futuro.
Es evidente que los avances de estos años y las proyecciones que se han hecho se pueden ver alterados con cambios que inciden directamente en la vida del personal y de las propias instituciones. Por eso, antes que introducir cambios o de formular estrategias, conviene examinar temas complejos y algunos sensibles que contribuyen al desarrollo de la Defensa y a la eficacia de la fuerza militar. Entre estos, la necesidad de generar nuevas capacidades con base científica y tecnológica a nivel Defensa, en la que participen civiles y militares; la optimización de los sistemas de gestión y de control internos de las instituciones; el desarrollo de nuevos sistemas de Defensa frente a amenazas no convencionales; y tan importante como lo anterior, profundizar en el conocimiento de la situación del personal militar, en particular, el impacto que puedan estar causando los frecuentes anuncios de cambios que afectan su futuro, como asimismo, los efectos indirectos de los procesos que se siguen a oficiales y suboficiales retirados en materia de derechos humanos; en particular, a aquellos que siendo muy subalternos actuaron cumpliendo funciones como parte de una unidad militar, bajo un Estado de Excepción y en cumplimiento del deber, de acuerdo a lo que establecía la reglamentación de la época.
Parte del liderazgo político es cautelar por la eficacia de la fuerza militar, lo que impone crear las condiciones para que esta se pueda mantener y optimizar en el tiempo. De esta forma, se podrá exigir a quienes sirven en las instituciones armadas que lo sigan haciendo con responsabilidad y compromiso, y que asuman los riesgos que impone el cumplimiento de las diversas misiones -hasta en las situaciones más críticas-, de acuerdo a las normas y procedimientos vigentes. Una preocupación que no es patrimonio exclusivo de ningún sector ni de alguna institución en particular, y respecto de la cual no hay que ocuparse solo en aquellas ocasiones en que ocurren desgracias o en período de elecciones.