Política y Gobierno:
Política y Gobierno:
Terapia de shock

Juan Pablo Zúñiga Hertz
Desde el día 15 de diciembre de 2025 que advertíamos lo durísimo que sería gobernar cuando la administración de José Antonio Kast comenzase a tomar conocimiento de la condición catastrófica en que el gobierno de Boric dejaría al Estado. Dicho y hecho. Así como durante el gobierno anterior no hubo semana sin que reventara un caso de corrupción, hoy por hoy no hay día en que no se revelen las cretinadas que nos dejaran como legado.
Cuenta la fábula política sobre dos cartas que Khrushchev le dejara a Brezhnev, en la primera de las cuales –que debía ser abierta cuando enfrentara una crisis de proporciones– le sugería culpar al gobierno anterior; la segunda carta –a ser abierta ante una segunda gran crisis– instruía a Brezhnev a sentarse a escribir dos cartas. No se le puede echar la culpa al empedrado sino buscar soluciones. Sin embargo, cuando vemos el desfonde total del Estado, la realidad se impone por sí sola: es imposible no culpar al gobierno anterior si ellos dejaron la caja vacía, al Estado endeudado y a una capa geológica de incompetentes petrificada en cada escritorio público.
Siendo así, mientras más grave es el estado de salud, más complicada es la recuperación, si es que hay alguna esperanza. Soy un optimista al pensar que sí hay esperanza. Usted y yo conocemos muchos ciudadanos que forman parte de ese fondo del que echar mano. Pero eso no quita que las soluciones serán dolorosas. El odio que anima a las izquierdas es tan profundo y su desprecio por el pueblo tan grande –no se engañe, a las izquierdas no les importa el pueblo, sino solo ellos mismos– que no solo
desfondaron y destrozaron el Estado, sino que dejaron trampas para sabotear al gobierno del presidente Kast desde todos los frentes imaginables.
Sospecho que desde el día del rechazo de la infame primera propuesta constitucional, en el gobierno de Boric, al verse que estaba perdido, se dedicaron a la tarea de sabotear al Estado de Chile, es decir a usted y a todos nosotros, para el corto y mediano plazo, de manera que le fuese imposible al gobierno de Kast recuperar el rumbo nacional. Y lo lograron, porque las izquierdas chilenas, tan llenas de leninismo, son especialistas en destruir. Si le sumamos el daño moral, pareciera que todo se ve cuesta arriba.
Sin embargo, hay una salida. Si la “majamama” de los señores de RN insisten en sus alucinaciones izquierdosas propias de una especie de segunda adolescencia en la cual los jóvenes se ponen naturalmente tontos, habrá que seguir adelante sin ellos. Me temo que por momentos no habrá otro camino más que implementar medidas duras –terapia de shock– a través de decretos. Si lo que importa es recuperar a Chile, hay que entender que eso va a doler y nos va a costar a todos.
En la práctica, las izquierdas son como el perro del hortelano “no come ni deja comer”. Siendo así, sea cual sea el resultado, siempre vamos a encontrar un reproche y una condena de parte de ellos, por lo tanto, por el bien de todos y sin preocuparnos de lo que dirán, el llamado es a entrar en acción. Es mejor que sea ahora en que todavía hay tiempo a que dejarse estar y luego lamentar para siempre el fracaso irrecuperable de nuestra nación.
Un recuerdo triste

Por Gonzalo Rojas Sánchez
Para quienes vivimos la enseñanza media en la segunda mitad de los años 60, los elogios a Lenin del presidente del Partido Comunista nos han servido para refrescar recuerdos y abrir más los ojos.
Avanzaba el primer semestre de 1969 y en nuestro querido Saint George’s College de Pedro de Valdivia, nosotros, los privilegiados terceros medios (éramos de los grandecitos, pero aún el ingreso a la universidad no nos turbaba el alma), entendimos que la reciente llegada de un nuevo profesor de filosofía iba a causar más de una conmoción. Vimos a varios seniors —sí, los del cuarto medio— encandilados con su docencia, con la sugerencia de lecturas, con el anuncio de una cautivadora revolución. Había llegado al colegio un marxista hecho y derecho (hecho e izquierdo, más bien).
Entonces se nos anunció que íbamos a tener una Semana de la Educación (extraña situación en un colegio con casi 40 semanas anuales de educación). La semana comenzó con la típica segregación, producto de la mirada leninista: el primer día, los alumnos fuimos reordenados en grupos previamente pensados, de los cuales fueron excluidos los 30 o 40 estudiantes de convicciones más derechistas. En el resto de las salas, el profesor marxista y sus monitores condujeron la discusión. Tengo el vago recuerdo de una sarta de generalidades con un mínimo común: injusticia social y necesidad de la revolución.
Como acto muy importante, en el corazón de la Semana, tuvo lugar la presentación de Víctor Jara en el teatro de las Monjas Argentinas, a pocas cuadras de nuestro colegio. Después de que un supuesto poeta recitara unas pocas consignas baratas con uno que otro garabato intercalado, el militante del PC cantó su reciente composición “Puerto Montt”, insultante para el ministro del interior, Edmundo Pérez Z., provocando la reacción de uno de sus hijos, presente en el teatro aquel. La presentación de Jara terminó a los gritos y piedrazos, dentro del teatro.
El colegio entró en una crisis profunda, ya que parte de los sacerdotes y un grupo minoritario de los padres y apoderados fueron fuertemente contradichos por una mayoría de adultos y jóvenes que rechazamos la inclinación hacia el marxismo y hacia la lucha de clases con que se habían enfocado las actividades de las dos primeras jornadas de la educativa Semana.
A fines de ese año 1969, el profesor marxista hizo explícito su propósito. Sostuvo, desde una clara posición leninista, que el cuestionamiento a la sociedad del momento “no es abstracto, sino que toma la forma concreta de los intereses contrapuestos que pugnan hoy día al interior de la sociedad y que, innegablemente, parten de lo económico como el fenómeno más visible y palpable”, por lo que, sostuvo, “en el conflicto, el colegio no puede quedar al margen, debe tomar partido porque su existencia es concreta y de una u otra forma está en alguno de los términos del conflicto”.
Cientos de familias abandonaron el colegio llevándose a sus hijos; quienes nos quedamos, vivimos nuestro cuarto medio del año 1970 polarizados frontalmente ante la coyuntura electoral. Los 11 años previos de concordia se veían fuertemente amagados por la siembra del odio, gran legado del profesor marxista.
¿Cuántos miles de veces se ha hecho esta misma tarea en el largo siglo de existencia del Partido Comunista de Chile? ¿Cuántos miles de profesores han sido los agentes leninistas que han llegado a la enseñanza media, con el objetivo de resaltar las injusticias, crear sentimientos de amargura, aplicar a esa combinación las tesis marxistas, sembrar el afán revolucionario, reclutar jóvenes para su partido y encargarles concretas tareas de subversión del orden democrático?
En esas estamos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el miércoles 29 de abril de 2026.
Tres inseguridades, un solo desafío

Por Álvaro Pezoa Bissières
La discusión pública nacional ha ido adquiriendo un tono más áspero, exigente y de creciente urgencia. Este es consecuencia de la convergencia de tres inseguridades que, al entrelazarse, configuran la actual situación que enfrenta la nación y, en particular, el Gobierno.
La primera es la inseguridad económica. La presión inflacionaria, sumada a un mercado laboral debilitado, ha erosionado de manera tangible la vida cotidiana de las familias. Cuando el ingreso deja de alcanzar y el empleo pierde estabilidad, la incertidumbre se transforma en experiencia cotidiana. Este fenómeno redefine prioridades, endurece juicios y reduce los márgenes de tolerancia social.
La segunda es la inseguridad física. La expansión de delitos violentos y la “instalación” del crimen organizado han establecido una sensación de vulnerabilidad que atraviesa el país. La seguridad, en este contexto, deja de ser un bien más entre otros, resaltando por su carácter de condición básica para la vida en común. Sin ella, todo lo demás comienza a resquebrajarse.
La tercera es la incertidumbre política. En medio de reformas estructurales y un mapa de poder fragmentado, resulta más difícil bosquejar expectativas. La complejidad para articular mayorías, la volatilidad de los apoyos y la tensión entre urgencia y deliberación configuran un escenario que obliga a que las decisiones no solo sean correctas, sino también oportunas y entendibles.
Estas tres dimensiones no operan aisladamente; por el contrario, se potencian entre sí. El resultado es un clima público más tenso, polarizado y menos paciente.
Una parte relevante de este escenario proviene de una pésima herencia, marcada por desequilibrios económicos, deterioro institucional y mala gestión. Reconocer este punto no exime responsabilidades presentes, pero permite comprender mejor la magnitud del desafío.
Para el Gobierno, el reto es tan evidente como complicado. No basta con abordar cada frente por separado. Se requiere una mirada de conjunto, capaz de reconocer que lo que está en juego no es únicamente la eficacia de políticas específicas, sino la reconstrucción de certezas básicas. Esto implica señales claras de conducción: prioridades bien definidas, decisiones expeditas y capacidad de ejecución.
Pero hay algo adicional, demasiadas veces subestimado: la necesidad de articular una narrativa clara y un propósito que otorgue sentido al conjunto de las decisiones. En contextos de alta incertidumbre, las políticas no sólo deben ser efectivas; deben ser comprensibles y coherentes con una dirección reconocible. Sin ese hilo conductor, incluso las buenas medidas corren el riesgo de percibirse como fragmentarias o insuficientes.
En el horizonte inmediato, la tarea es doble: gobernar con eficacia y, al mismo tiempo, explicar con claridad hacia dónde se quiere conducir al país. Porque cuando las inseguridades se acumulan, lo que la ciudadanía busca no es solo solución a problemas concretos, sino también razones para confiar en el rumbo. Y esa confianza es el principal activo de todo gobierno.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el sábado 2 de mayo de 2026.
Chile necesita más trabajo

Por Daniel Mas
La conmemoración del día del Trabajo es una ocasión en que el país celebra a sus trabajadores y nos permite reflexionar sobre el presente y el futuro, con decisión y pensando en Chile y su gente.
Llegamos a este 1 de mayo de 2026 con malas noticias: entre enero y marzo el desempleo alcanzó el 8,9% a nivel nacional y en la Región Metropolitana llegó al 9,6%, mientras que la desocupación femenina se acerca peligrosamente al 10% y la tasa de informalidad sigue creciendo al superar un 26,5%. Las cifras son malas, por lo que vale la pena revisar la situación en la que se encuentra Chile, pues, mirado con una perspectiva más larga, nuestro país lleva más de tres años con un desempleo sobre el 8%. Lamentable e inaceptable.
No se trata simplemente de cifras, sino de una realidad que afecta a millones de chilenos. El desempleo perjudica a las familias, empeora la calidad de vida e impide que casi un millón de compatriotas contribuyan con su talento a través de un trabajo formal a desarrollar el país. Esto es consecuencia de un problema más serio: llevamos mucho tiempo con un alto desempleo, lo que nos muestra problemas estructurales, imposibles de revertir con las mismas normas y medidas.
Esta realidad nos puede llevar a tomar dos actitudes. La primera es una mezcla de indiferencia y resignación. Parece que nos hemos acostumbrado a lamentar las malas noticias y asumimos que no es posible cambiar de rumbo. Así, van a continuar los resultados mediocres y perjudiciales para las familias.
La segunda alternativa implica rebelarse ante esta realidad y tomar la decisión de dar vuelta el partido, con convicción. Chile necesita más trabajo y el gobierno del presidente Kast está decidido a avanzar en esa dirección.
Es posible tener un país más desarrollado y que la gente viva mejor. El crecimiento económico y la creación de empleo están en la base del progreso social que necesitan los chilenos. Para eso, es preciso generar un cambio, porque si hacemos lo mismo de los últimos años, tendremos los mismos resultados. En la vida política y social y en el desarrollo de los pueblos, no existen los milagros: el progreso es un fruto de la creatividad de los emprendedores y la solidez de las instituciones.
En diciembre pasado, el país eligió más trabajo, oportunidades reales y mejor calidad de vida. Ese es el sentido, precisamente, del proyecto de Reconstrucción Nacional, uno de cuyos focos es la creación de empleos y generar las condiciones para que la gente viva mejor, con una racionalización de permisos, un sistema tributario competitivo y una nueva disciplina fiscal, que tendrá un efecto directo en el empleo y la calidad de vida de los chilenos.
De especial relevancia es la creación de un crédito al empleo, que dará un incentivo a la contratación de trabajadores, cuidando la formalidad del empleo, dando estabilidad al empleo y un alivio a las empresas para abrir esos nuevos puestos de trabajo, especialmente las PYMES. Este beneficio alcanzará a más de 4 millones de trabajadores y 230 mil Pyme y medianas empresas, y permitirá avanzar en la meta que nos fijamos como Gobierno de reducir la tasa de desempleo al 6,5% dentro de estos cuatro años.
El trabajo es muy importante en la sociedad, y no solo en la preocupación por el desempleo. El trabajo, una forma de ganarse la vida, el sustento de la familia y las condiciones para una vida mejor. Además, es uno de los mejores medios que tiene cada persona para contribuir al progreso de Chile, con su talento, capacidades, formación profesional y experiencia. Y también es una forma de desarrollar la propia vocación y un proyecto de vida.
Chile tiene una gran disyuntiva: elegir entre el progreso o la mediocridad, el crecimiento o el estancamiento, el estado facilitador o el que estorba como sistema, entre la creación de empleo o la mantención de un alto nivel de desempleo. No nos perdamos: Chile puede más, y los chilenos merecen la oportunidad de ser parte del progreso social con mejores empleos, más oportunidades y más esperanza.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el lunes 4 de mayo de 2026.