Política y Gobierno



Política y Gobierno

¡INSÓLITO!:

 

 

 

 

La pura verdad: el gran debacle de Chile comenzó con las destructivas reformas de Bachelet… Esto TIENE que cambiar, para salir del abismo… Fuera con el zurdo-comunismo y el socialismo caviar… Viva Chile LIBREEE !!!:

 

 

Lo que no publican los diarios, ni la tv informa:

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Uno ordena, el otro desordena

Por Max Silva Abbott 

No ha hecho más que iniciar su labor el nuevo gobierno elegido democráticamente, y ya han comenzado las protestas y los ataques desde varios sectores, debido a una serie de medidas anunciadas que al margen de ser perfectibles, buscan ordenar los gastos del Estado en particular, y la economía del país en general.

Pero parece que varios sectores políticos sólo quieren obtener ventajas, dádivas y regalías del Estado, no estando dispuestos a aceptar malas noticias, incluso si ellas son el fruto de la mala administración de los gobernantes elegidos anteriormente por ellos mismos.

De esta manera, da la impresión que estamos condenados a un permanente movimiento pendular. Es decir, que con la excusa de lograr diversas mejoras para la población (muchas imposibles, o si producen un beneficio inmediato, generan a la postre mayores problemas que los que intentan solucionar), en un primer momento, los gobiernos de izquierda desordenan las finanzas y en general la economía; y después, son los gobiernos de derecha los que intentan volver las cosas a su sitio, viéndose obligados a tomar medidas impopulares, pagando así los platos rotos producidos por el desorden anterior, lo que hace, sorprendentemente, que luego sean sustituidos nuevamente por los mismos que originaron el problema, con lo cual el ciclo vuelve a empezar.

Así entonces, uno ordena y el otro desordena.

El gran problema es que la economía tiene sus propias reglas (varias de las cuales aún no se comprenden del todo y seguramente habrá otras que quedan por descubrir), reglas que no dependen del querer o del capricho de los gobernantes. De hecho, estas reglas son tan claras y precisas, que intentar burlarlas mediante leyes suele ser peor a la postre. Tal vez por eso decía hace algunos meses un conocido economista que “el que entiende realmente economía, no puede ser marxista”, precisamente por la total incompatibilidad que existe entre una y otro.

Y esto no es teoría: es cosa probada empíricamente hasta la saciedad, viendo la más que lastimosa situación en la cual han acabado los países gobernados por esta ideología. ¿Aprenderemos algún día?

Así entonces, el gran problema con que se ha encontrado la nueva administración es simple: no hay dinero. No solo eso, sino que además, buena parte del mismo “se esfumó” y no se sabe dónde está o qué se ha hecho con él.

Por eso resulta indispensable para el Estado equilibrar ingresos y gastos, pues estos últimos están siendo financiados en buena medida en la actualidad con deuda, deuda que afectará sobre todo a las generaciones futuras, las que muy bien podrían recriminarle a la actual su irresponsabilidad en la administración de los recursos de todos.

Sin embargo, el gran problema es que cuando ello eventualmente ocurra, muchos de los actuales responsables de ese descalabro estarán muertos, con lo cual, en la práctica están actuando –y lo saben perfectamente– en la más total impunidad.

Así entonces, se hace imprescindible “ordenar la casa”, si es que se quiere que las cosas funcionen aceptablemente bien en los próximos años. Continuar por el actual camino de gasto sin control es claramente “pan para hoy y hambre para mañana”.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el diario El Sur de Concepción. El autor es Doctor en Derecho, profesor de filosofía del derecho en la Universidad San Sebastián y miembro del Capítulo Concepción de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile.

La democracia no sobrevive solo con votos

Por Álvaro Pezoa Bissières 

La democracia atraviesa una paradoja singular: alcanza una extensión inédita mientras exhibe una fragilidad creciente. Votamos, elegimos gobiernos, debatimos públicamente y defendemos derechos. Sin embargo, en numerosos países crecen la polarización, la desconfianza institucional, el debilitamiento del espacio público y la sensación de que la convivencia democrática se erosiona silenciosamente desde dentro.

El último libro (póstumo) del filósofo español Rafael Alvira, El dogma democrático (Rialp, 2024), ofrece una reflexión lúcida sobre esta contradicción. Su tesis central es provocadora: la democracia no puede sostenerse únicamente sobre procedimientos, normas o mayorías. Necesita algo anterior y más profundo: una sociedad civil viva, moralmente fuerte y culturalmente cohesionada.

Durante décadas, buena parte de Occidente asumió que la democracia liberal era casi un mecanismo autosustentable. Bastaría garantizar elecciones periódicas, división de poderes y libertades individuales para asegurar estabilidad política. Pero, las instituciones no sobreviven por sí solas. Dependen de ciertas virtudes humanas y culturales que no pueden producirse mediante decretos ni procedimientos administrativos.

La democracia requiere ciudadanos capaces de anteponer, al menos parcialmente, el bien común al interés inmediato. Necesita confianza social, sentido de pertenencia, responsabilidad personal y disposición a colaborar con otros. Cuando esas bases culturales se debilitan, la democracia comienza a vaciarse, aunque formalmente siga funcionando.

Por eso, la principal amenaza contemporánea no es solamente el autoritarismo político clásico, es también el individualismo radical. Una sociedad donde cada persona se repliega exclusivamente sobre sus intereses privados termina minando aquello que hace posible la libertad compartida.

Sin vínculos sólidos —familia, comunidades intermedias, asociaciones, vida cultural, tradiciones comunes— el espacio público se fragmenta. Entonces la política deja de entenderse como búsqueda imperfecta de un bien común y se transforma en mera confrontación de deseos, identidades o resentimientos.

En ese vacío cultural suelen emerger dos fenómenos simultáneos. Por una parte, ciudadanos crecientemente aislados y desconfiados. Por otra, Estados cada vez más expansivos, llamados a resolver problemas que antes eran abordados por la propia sociedad civil. El resultado final puede ser incoherente: individuos aparentemente más autónomos, pero sociedades mucho más endebles y dependientes.

Alvira plantea, además, una idea particularmente incómoda para nuestro tiempo: la democracia necesita cierta “aristocracia” moral y cultural. No una aristocracia hereditaria o económica, sino personas capaces de asumir responsabilidades, servir al bien común y resistir la lógica del puro interés propio. Sin liderazgos éticos, la democracia degenera fácilmente en populismo, tecnocracia o administración de emociones colectivas.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el lunes 18 de mayo de 2026.