Política y Gobierno:



Política y Gobierno:

Eche un vistazo a este TikTok que he encontrado! Mire el vídeo completo, muy interesante e importante:

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Es bueno ver y escuchar a un diputado que tiene calle:

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Del frenazo a la esperanza

Por José Tomás Hargous Fuentes

La semana política comenzó con la primera Cuenta Pública del Presidente Kast. Evidentemente, en este primer discurso, más que una rendición de cuentas de la gestión del año anterior –porque sería hablar de la administración del ex Presidente–, el nuevo Mandatario ofrece al país un diagnóstico y traza las líneas generales de su programa, ya instalado en La Moneda.

Eso ha hecho el Presidente de la República. Se podrían hacer miles de análisis respecto de si el discurso fue fome o si su intervención no es lo suficientemente sesuda intelectualmente –lo que para Carlos Peña es un defecto–, o analizar las principales claves de su exposición. Nuestro objetivo en esta columna es más humilde. Simplemente queremos reflexionar sobre una idea desarrollada por José Antonio Kast en el inicio de su primera Cuenta Pública al Congreso Nacional y al país.

En su discurso, Kast sostuvo que, “Cuando asumimos, dijimos que Chile vivía una emergencia. Pero la emergencia no es el lugar donde Chile se queda”“Necesitamos volver a CRECER. Necesitamos restablecer la confianza para volver a creer y para atrevernos, a soñar con un futuro prometedor. La realidad que encontramos al asumir el Gobierno fue más compleja de lo que habíamos imaginado”, profundizó.

La falsedad del discurso que detuvo el modelo

A simple vista podría parecer que el Presidente se refería a la paupérrima gestión de Gabriel Boric, o a la compleja situación social  y económica posterior a la pandemia y el estallido de violencia delictual. Por supuesto que el Mandatario tuvo en mente dichos procesos, de los cuales seguimos sufriendo sus consecuencias. Sin embargo, el Presidente quiso ir más allá: “Por años, se nos quiso convencer de que un Estado más grande, era, automáticamente, un mejor Estado. De que cada urgencia se resolvía con más estructuras, más burocracia y más gasto”, denunció.

Ese diagnóstico, profundamente equivocado y que fue el principal causante del frenazo de Chile, no es pura responsabilidad de Gabriel Boric y del Frente Amplio (FA). Es cierto que en gran parte viene del relato del movimiento estudiantil, al que le dieron forma intelectuales de izquierda como Fernando Atria. Pero ese discurso se hizo operativo en un gobierno anterior al de Boric: la segunda administración Bachelet.

El Presidente fue lapidario: “La experiencia demostró lo contrario”. Durante los últimos años “El Estado creció, pero perdió eficacia. Llegaba tarde frente al crimen. No protegía las fronteras. Acumulaba trámites mientras las urgencias sociales crecían”. Así, “Se gastaban muchos recursos fiscales sin un control estricto, y muchas veces con poco o nulo impacto en la vida de las personas. Los últimos años, Chile ha navegado entre la administración de los problemas, la gestión del caos y la resignación de la ciudadanía ante lo que vive con impotencia”.

El Presidente pone la esperanza en el carácter solidario de los chilenos

Sin embargo, ante la dificultad de la “emergencia”, el Presidente quiso inspirar “esperanza”. Y lo hace recurriendo a nuestra historia. “Aun cuando hoy enfrentamos una crisis acumulada, que se expresa en una emergencia de seguridad, una emergencia económica y una emergencia social, podemos admirarnos al ver que Chile resiste”, indicó. “Porque Chile ha resistido. Hemos sido tierra de terremotos, de catástrofes, de divisiones políticas, de crisis económicas y de momentos de enorme incertidumbre”, agregó.

Así, “generación tras generación, los chilenos hemos sabido reconstruir el país. Lo hemos hecho siempre apoyándonos entre nosotros”, reivindicando la solidaridad y resiliencia de los chilenos, que nos ha permitido “levanta[rnos] sobre los mismos principios permanentes: el sentido del deber, el respeto por las instituciones y el amor por la patria y por la familia”. Para el Presidente, los chilenos “tenemos la convicción profunda de que el esfuerzo común conduce a una vida mejor. Porque sabemos que juntos, somos mejores”.

Fue por “esa tradición”, explicó Kast, que “Chile se transformó, en una de las naciones más estables y prósperas de América Latina”. No éramos “un país perfecto”, sino que “existía un rumbo compartido y una conciencia clara, de que el progreso de Chile exige libertad, responsabilidad y sentido de futuro. Porque cuando un país ofrece orden, oportunidades, estabilidad y confianza, las fuerzas creativas de la nación se despliegan”, resumió.

El itinerario del Gobierno

Siguiendo este diagnóstico, “Nuestro Gobierno ha definido un itinerario claro de tres ejes que avanzan de manera coordinada”: 1) “recuperar el orden y fortalecer la seguridad”; 2) “impulsar la reconstrucción del país y de nuestra institucionalidad”; y 3) “reactivar nuestra economía y generar miles de empleos”. Esos tres objetivos son parte de un “camino […] guiado por principios que no son consignas, sino Convicciones”“Libertad”“El Amor por la Vida y la Familia”“El Valor del Esfuerzo y del Mérito”, “Una Economía libre y abierta al mundo” y “Un Estado que hace valer el Imperio de la Ley”.

En última instancia, se basa en que “el progreso de Chile se construye con el trabajo y el compromiso de cada uno de nosotros” y que el Estado debe “garantiza[r] el orden y trabaja[r] unido con la sociedad civil en la búsqueda del bien común”“La reconstrucción de Chile”, resumió el Presidente, “no es tarea de un hombre, ni de un Gobierno. Es una tarea de todos”.

En la estela de Diego Portales, Andrés Bello, Manuel Montt, y Arturo Alessandri, José Antonio Kast invitó a todos los actores políticos y a la ciudadanía en su conjunto a sumarse a este proyecto común. Como Gobierno, “Queremos demostrar que la política sí puede y debe estar profundamente conectada con la vida de las personas. Como gobierno tenemos esa vocación, pero necesitamos el apoyo de la ciudadanía para alcanzar el tan anhelado bien común”.

 

 

 

Gobierno sin ciudadanía, un imposible

Por Gonzalo Rojas Sánchez 

No falta en la sobremesa de la vida familiar o social quien se considera habilitado para pontificar sobre este mundo y el otro y, en particular, sobre el actual gobierno.

Con arrebatos de elocuencia decimonónica, el criticón se explaya sobre los defectos de los gobernantes, sobre los errores cometidos, recuerda que él los advirtió, y vaticina que aún falta lo peor si, de una vez por todas, no se le hace caso. Ciertamente, el sujeto está ejerciendo su derecho a la crítica, pero, por supuesto, no está en ánimo de cumplir con ningún deber.

Cuando se le pregunta algo así como, ¿y tú que estás aportando en este escenario?, aparece en la respuesta del criticón el socialista que hasta los derechistas más consolidados podemos llevar dentro. Sí, porque buena parte de quienes abominan del socialismo, de su gigantismo estatal, de su tendencia al clientelismo mediante los bonos, etc., no son capaces de reconocer que en su pretensión de que el Gobierno les solucione todo, simplemente han sido capturados y derrotados por la mentalidad socialista.

Enfrentado a la pregunta referida, el sabelotodo se defiende habitualmente con tres muy buenos argumentos. El primero: “Ellos se presentaron como candidatos y yo voté por ellos para que hagan la pega; es su responsabilidad”; el segundo: “Pago mis impuestos para que puedan cumplir sus promesas de campaña”, y, finalmente, “como ciudadano tengo derecho a opinar y a criticarlos: estamos en democracia”.

Sin darse muy bien cuenta, el criticón —ya algo incómodo porque no se le está oyendo con reverencia y no se está haciendo genuflexión ante su sabiduría— ha abierto el camino de su derrota en la discusión. “Como ciudadano”, ha dicho, dejando la mesa servida para que se le pregunte si esa calidad la ejerce solo cuando vota y critica, o está dispuesto a desarrollar otras tareas, a cumplir con ciertos deberes, a reconocer que la ciudadanía es una cualificación personal y no una vestimenta de quita y pon.

El problema está justamente ahí: un gobierno puede empeñarse a fondo y acertar con frecuencia, puede llegar incluso a exhibir números notables en casi todo, pero… y si eso lo hubiese conseguido desde las alturas, sin el amarre indispensable de la participación ciudadana… ¿se habría construido un auténtico dique contra la tentación socialista? Por supuesto que no. Los no-ciudadanos, los administrados (¡qué palabra más típicamente socialista, me hacía notar un exalumno pocos días atrás!) se habrían beneficiado de una gran gestión, incluso acompañada de un relato de categoría, pero habrían consolidado una mentalidad de borregos, esa que Tocqueville describía magistralmente hace 190 años como “un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante”. Paradoja completa: que pudiera haber en la derecha quienes creyesen que el buen gobierno no necesita buenos ciudadanos, sino dóciles administrados.

Un gobierno que prescindiera de los ciudadanos terminaría siendo tan inútil y perjudicial como un conjunto de ciudadanos firmemente empeñados en vivir sin gobierno. El socialismo —bajo cualquiera de sus formas— y la anarquía —en su más pura expresión de caos— terminan pareciéndose en que desaparece la vinculación política fundamental, la que debe existir entre poder y participación.

El Presidente Kast ha tomado medidas determinantes en los últimos días. Tiene una convicción sobre cómo gobernar. Pero, y nosotros, los ciudadanos de a pie, ¿no tenemos acaso que preguntarnos también qué cambios debemos hacer en nuestra actitud cívica, ojalá convencidos de que no basta —nunca ha sido suficiente— con votar y criticar?

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el miércoles 27 de mayo de 2026.

 

 

 

Kast y el Estado social de deberes

Por Pablo Ortúzar 
  1. El Presidente Kast necesitaba recuperar el control de la narrativa de su gobierno, lo que significa renovar de manera creíble el contrato tácito con la ciudadanía que lo eligió. Ese contrato se había visto puesto en duda durante el periodo de instalación del gobierno. El discurso de ayer logró reordenar el acuerdo, aclarando que no hay renuncias, que los objetivos siguen claros y que los plazos están siendo tomados en cuenta.
  2. Esta renovación implicó resignificar la idea de emergencia: ya no se trata de algo así como un incendio, que puede ser apagado rápido con algo de diligencia y habilidad, sino de algo así como un cáncer. Una enfermedad grave y larga, que implica duros remedios, y cuyo diagnóstico empeora en la medida en que no se inicia el tratamiento. La emergencia oncológica es –ahora sí– la metáfora de todo lo que será este gobierno.
  3. La parte más débil de la intervención fue la primera media hora, llena de referencias republicanas algo vagas y pastosas. En boca de otro político –en estricto rigor, de un número bastante reducido de ellos– estas ideas podrían haber sonado sustanciosas. Pero en Kast parecían ajenas y maqueteadas, básicamente porque lo eran. Todo el resto del discurso, una vez que entró en la tierra derecha de los desafíos y las medidas, fue contundente.
  4. Esto tiene pleno sentido: uno no espera de un médico que atiende una emergencia o una enfermedad grave que se despache una disquisición sobre el sentido de la vida antes de informar cómo está el paciente y qué medidas serán tomadas. El tono de Kast debe ser el de un médico en la puerta del quirófano o de un general en tiempos de guerra. Es el tono de los grandes discursos de Churchill durante la Segunda Guerra, sin ir más lejos. Todo directo al hueso. Eso le acomoda a Kast y nos ahorra a todo el resto escucharlo citar vagamente a autores que nunca ha leído.
  5. El corazón del discurso de Kast es el tema de la ciudadanía exigente o excluyente. La idea de que derechos y deberes se sostienen mutuamente. Que se elevan y se derrumban juntos. Y que si hoy no apretamos por el lado de los deberes, perderemos todos los derechos conquistados.
  6. Esta idea es hermana de otra: la del derecho penal del enemigo. La ciudadanía exigente supone que hay un tipo de delincuente que deja de ser ciudadano. Que comienza a ser administrado por el Estado según su peligrosidad, y no según su responsabilidad.
  7. Ambas ideas son hoy muy populares. Los chilenos han generado, debido al shock de la migración descontrolada, cierta reflexividad y sensibilidad respecto al valor de la ciudadanía. Exigen que los derechos no sean declarativos, sino sustantivos, y saben que eso depende de que se castigue al que abusa o hace mal uso de ellos, y también al que demanda servicios del Estado, pero no ofrece obediencia de las leyes a cambio. Lo que en inglés se llama “free rider” y en chileno “barsa”. A muchos, especialmente entre las clases más acomodadas, les cuesta entender este sentimiento. Ofrezco ayuda: todos querríamos ver colgando en una plaza al que, en medio de esos tacos faraónicos de fin de semana largo, decide usar la caletera, reservada para emergencias, para ganar unos minutos: imagine esa misma sensación de rabia impotente en salud, transporte, vivienda, etcétera.
  8. Hay un lado de esta idea de ciudadanía exigente que Kast, eso sí, quizás no ha considerado: si los derechos y los deberes crecen o decrecen juntos, en estricto rigor estamos saliendo de la lógica del liberalismo estadounidense. Kast se pone en la tradición de Bismarck o Adenauer. Y, por lo tanto, podría encontrar un lenguaje común con nuestra izquierda estatista. La misma izquierda que promulgó con algarabía la ley Papito Corazón, que opera bajo la misma lógica que la ley de incivilidades propuesta por Kast. Hubo un tiempo en que izquierdas y derechas chilenas admiraban a Portales, y esos tiempos podrían volver.
  9. El mejor Kast, como este discurso demuestra, es uno que reprende al Frente Amplio y al Partido Comunista por lo que promovieron y celebraron durante el estallido, pero que entra en disputa directa no con ellos, sino con Parisi. El Kast adversario de Parisi es mejor que el enemigo de Boric. Es el que disputa la imaginación del futuro de las clases trabajadoras chilenas, y que les ofrece un nuevo pacto, lleno de conquistas que costarán sangre, sudor y lágrimas, en vez de la ilusión de vendedor de criptomonedas alternativas de que hay plata fácil a un solo click.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el lunes 1 de junio de 2026.

 

 

 

Make Chile fome again: 7 claves de la cuenta pública

Por Álvaro Vergara 
  1. Aura republicana. Las primeras cuentas públicas están pensadas para orientar. Consisten en un discurso imbuido de aura republicana cuyo propósito es marcar el rumbo del país. Como es difícil aprobar proyectos de ley entre marzo y junio del mismo año, lo habitual es capitalizar leyes y políticas impulsadas por la administración anterior. En esta oportunidad, sin embargo, había poco que heredar de Gabriel Boric, cuya iniciativa política se agotó tras la primera vuelta presidencial. Esta cuenta, además, fue recibida con solemnidad por el oficialismo y con respeto por la oposición. En las anteriores, el discurso se veía interrumpido por alabanzas y gritos de barra estudiantil. Hoy hubo aplausos y algunas pifias, aunque todo transcurrió dentro de los márgenes de la mesura.
  2. Retorno a las bases populares.José Antonio Kast y Republicanos ganaron la última elección diferenciándose de Chile Vamos. Su diagnóstico era claro: la derecha tradicional se había elitizado y estaba dominada por una mirada proveniente de los sectores más acomodados. Por eso, consideraban necesario volver a conectar con los grupos vulnerables. La cuenta pública del Presidente representaba una oportunidad para retomar esa demanda. Su discurso pareció mantener coherencia con los planteamientos de la campaña. En él, abordó las preocupaciones más sensibles para las amplias mayorías y puso de relieve una idea central: los problemas de violencia, de discordia y los delitos que afectan a Chile surgen desde lo más íntimo de la vida: la familia, la escuela y el trabajo. Puede que las medidas anunciadas por el Presidente sean insuficientes o los métodos equivocados. Pero difícilmente puede reprochársele falta de coherencia. Su discurso estuvo centrado en los ejes de su campaña: seguridad, economía y natalidad.
  3. Sí había vocero. Con esta Cuenta Pública, el Presidente volvió a demostrar algo que, pese a las dudas recientes, resulta notorio: Kast es el mejor vocero de su gobierno. Sus críticas al libro y a la investigación, así como el impasse de la metáfora, cuestionaron en su momento esta afirmación. Sin embargo, el discurso de hoy muestra un aspecto clave: el Jefe de Estado no falla en los actos que prepara y medita. La conclusión parece evidente: es necesario resguardar la figura presidencial de los errores no forzados. Un Presidente fuerte habla lo justo y cuando lo hace debe ser escuchado; por lo mismo, el exceso de retórica o intervenciones puede deteriorar ese efecto.
  4. Cuenta sin errores ni grandes emociones.Fue una cuenta pública fome, dirigida a aquella ciudadanía mayoritaria que añora la vuelta del Chile fome. Los asesores del Presidente fueron pulcros al elegir las frases y los temas abordados y estuvieron certeros en un aspecto: cerraron los posibles flancos. Siempre se podrán criticar las ausencias (por ejemplo, qué se hará con el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia). Aun así, se cumplió con el objetivo de evitar los puntos que pudiesen transformarse en escándalos políticos. Cualquier error notorio podría empañar un eventual repunte (y no solo electoral) derivado de la cuenta pública. Nunca debe olvidarse que los buenos discursos y las palabras pueden generar consecuencias poderosas en el espíritu humano.
  5. Estructura y orden adecuado.El Presidente comenzó con las bases generales que orientarán su gobierno, puso el acento en sus ejes de campaña (seguridad y migración), pasó al empleo y la economía y cerró con consideraciones de tipo social. Ahora bien, el discurso escrito pudo haber sido más profundo o potente en algunos pasajes. Quedó forzada tanto la mención de figuras como Portales, Bello y Montt, como la referencia al bien común sin mayor desarrollo. Valía detenerse un poco a reflexionar y ofrecer un marco histórico sobre la conexión de estos elementos con el actual gobierno. ¿Era necesario mencionar a Mistral para decir que la escuela está mal? El Presidente, no obstante, hizo algo interesante: marcó los énfasis, complementó y utilizó conectores que mejoraron el mensaje hablado. Allí los políticos muestran el oficio.
  6. El ajuste economía-seguridad.Para nadie es un secreto que el inicio del Gobierno estuvo desbalanceado. Una de sus áreas, la economía, creció en desproporción respecto de la otra, la seguridad. La mayor fortaleza de Quiroz versus la improvisación y opacidad de la ministra Trinidad Steinert, desfiguró el inicio del Ejecutivo. Como el Gobierno se inclinó hacia la economía, saturó la agenda con materias relacionadas a la cartera de Hacienda y utilizó parte del capital político que, en lugar de destinarse a otras áreas, se consumió con el MEPCO y la tramitación del Proyecto de Reconstrucción. Con su discurso, el Presidente hizo valer su poder ordenador y trazó las líneas para recuperar el tiempo perdido en materias de seguridad. Las señales fueron claras: el ministro de Seguridad tendrá a su cargo la tarea de trabajar en esta prioridad, que ocupaba los primeros lugares en los sondeos hasta antes del alza del petróleo y el costo de la vida.
  7. Una promesa ambiciosa. Pareciera que el sustrato de la cuenta pública puede encapsularse en un aspecto: que el Estado recupere toda su fuerza y respeto (ahí el Presidente conectó con Portales y Bello). Solo un sistema jurídico sólido y una institucionalidad capaz de imponer respeto (y miedo para los delincuentes) pueden generar las condiciones que este Gobierno ha prometido. El Estado no debe ser buena onda y amoroso, sino irresistible como un monstruo marino, diría Thomas Hobbes. Chile, en ese sentido, debe recuperar la previsibilidad de las conductas y alejarse de los imprevistos negativos que provienen del delito, los parlamentarios revoltosos y los escándalos políticos. Cuando Chile vuelva a ser fome, será seguro.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el lunes 1 de junio de 2026.