¿Nueva constitución…se justifica y necesita realmente???

El rechazo y las izquierdas

Juan Pablo Zúñiga H. 

Una de las imágenes que nos recuerda una época en que nuestro país aún gozaba de salud cívica fue aquella en que, frente a dificultades limítrofes con Bolivia y la demanda ante la Haya, expresidentes y líderes de todos los partidos políticos no tardaron en cuadrarse en una única posición firme en la defensa nacional. Dicha imagen parece ser del pasado, pero quiero creer que algunos resquicios de ella aún siguen en pie.

En su inagotable astucia y uso recurrente de la máxima de Joseph Goebels “miente, miente, que algo queda”, las izquierdas más extremas han hecho creer a parte de Chile que el rechazo es la opción de la vieja derecha. Se equivocan rotundamente. Usted y yo lo sabemos. Lo más interesante, es que no son pocos los integrantes de las filas de las izquierdas moderadas los que también lo saben. En una reciente entrevista, el propio Genaro Arriagada señalaba el peligro de una “mala constitución, que puede ser nefasta para un país, las libertades e incluso para la contribución a crear guerras civiles”. La lista de personeros de la ex concertación -principalmente de la Democracia Cristiana, PPD y algunos tímidos, pero al mismo tiempo valientes del PS- que no están conformes con la propuesta constitucional es larga, sin embargo, no tan explícita públicamente, por miedo a las represalias venidas de las izquierdas intolerantes y totalitarias, a ser apuntados con el dedo, llamados de transaqueros y reaccionarios.

Movidos por el llamado de poner a Chile y su destino en primer lugar, las izquierdas moderadas, los amarillos por Chile y otros, tienen la película clara: rechazar. Chile lo agradece. El problema se suscita cuando dicho respaldo es acompañado de propuestas alternativas, vulnerando la normativa que establecía que, de rechazarse el texto constitucional, seguiría en vigor la constitución que nos rige. Así mismo, la defensa de terceras vías y el desprestigio de nuestra constitución le hacen un mal favor al país y ciertamente al rechazo, pues terminan confundiendo al ciudadano. No deben ser pocos los que, atosigados con el espectáculo de la CC, preferirían -en un arrebato de hastío-, aprobar para evitar volver a foja cero y reiniciar un nuevo proceso de redacción de una nueva carta magna.

Como era de esperar, los sondeos señalan un repunte del apruebo, producto de la maquinaria publicitaria del gobierno y de la propia CC, indecisos decidiendo por esta opción, o inclusive por la presencia de la ex Concertación y Chile Vamos que pueden adicionar un factor de indecisión y hasta de confusión en quienes tenían una inclinación por el rechazo, como ya lo hemos examinado. De cualquier manera, sabemos que tenemos una tarea muy dura, con amenazas de destruir Chile nuevamente, con la misma campaña de mentiras de las izquierdas extremas que tantos frutos les han rendido en las últimas décadas, con reinterpretaciones, moderación y ajustes de léxico y redacción del borrador constitucional, con la prensa progresista internacional rendida a los pies por el joven Boric y con una gran agencia publicitaria en favor del apruebo dirigida por este mismo, la que cuenta con el apoyo de todos los actores, oportunamente reclutados mediante un bono de $450.000.

Desanimarse es fácil y buscar culpables más aún. Sea cual sea el factor que agregue incertidumbre al rechazo, la presencia de Amarillos por Chile, de las izquierdas moderadas o de la antigua derecha de Chile Vamos con sus propuestas de terceras vías y letras chicas, tenemos que seguir adelante, irreductibles, y con la certeza de que a todos nos anima el mismo deseo de llevar a buen puerto nuestra operación de rescate de Chile. Esa es la tarea en la que debemos enfocarnos, ganar el 4 de septiembre, y no perder tiempo en rencillas pues, caso contrario, arreglar el desmonte de Chile nos costará -como ya está costando- décadas de trabajo y, literalmente, sangre, sudor y lágrimas.

 

La trampa perpetua

Luis Larraín A. 

El 4 de septiembre tenemos que votar si aprobamos o rechazamos el proyecto de Constitución de la Convención. Chile sería un país formado por al menos 12 naciones; habría autonomías territoriales indígenas; se elimina el Senado; el Poder Judicial se reemplaza por sistemas de justicia distintos para diferentes chilenos; la educación pública tendría financiamiento basal asegurado y la educación privada no tendría garantizada una subvención fiscal; la propiedad privada, y por lo tanto la inversión, se debilita con la norma de expropiación; el aborto no tendría restricciones de tiempo ni objeción de conciencia, Carabineros dejaría de ser una policía con disciplina militar. Un país completamente distinto a la tradición de Chile.

A uno puede gustarle más o menos el país imaginado por los convencionales, pero sería gravísimo que la Constitución y las leyes fueran inmutables y los chilenos no pudieran cambiarlas. Y eso es lo que pretende el proyecto que votaremos el 4 de septiembre. Las elecciones de convencionales cambiaron inadvertidamente las reglas del juego electorales en nuestro país, distorsionando las preferencias de la mayoría. Al reservarse 17 escaños para pueblos originarios se introdujo una brutal desigualdad en el voto. Así, en el distrito de Maipú se requerían cerca de 65.000 votos para elegir a un convencional, en cambio solo bastaron 55 votos para elegir a un convencional Yagán, o 900 votos para elegir a uno del pueblo Chango. Los escaños reservados no eran parte del acuerdo del 15 de noviembre, ni tampoco están en la ley que reguló el plebiscito de entrada, por lo que los chilenos nunca los aprobamos; de hecho, esto ha sido impugnado en los tribunales.

Y ahora la Convención aprobó repetir este sistema para todas las elecciones que se realicen en el futuro en la Cámara de Diputados, de modo que el proyecto de Constitución incluye los 17 escaños reservados y un posible decimoctavo para los afrodescendientes, si así los aprobara una ley, y un distrito de chilenos en el extranjero que elegiría tres diputados, con lo que se llegaría a 176 miembros. Si gana el Apruebo, la distorsión se perpetuaría. Estimaciones de Libertad y Desarrollo sobre la base de la votación de convencionales y parlamentarias de 2021, para el escenario de la elección de diputados del año 2026, indican que el Frente Amplio obtendría 9 escaños de pueblos originarios y 2 de chilenos en el exterior, y el Partido Comunista 9 escaños de pueblos originarios. La centroizquierda no obtendría ninguno y la derecha solo un voto en el exterior.

O sea, la trampa se perpetuaría y en las próximas elecciones la derecha perdería 5 puntos porcentuales de representación, la centro izquierda perdería tres y el PC y Frente Amplio ganarían 8. Todo, con los mismos votos por coalición de la elección de 2021. La democracia corre peligro con la trampa perpetua ideada por Atria.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera, el viernes 10 de junio de 2022.

Propaganda oficial

Natalia González 

Por estos días se celebra la gira internacional del Presidente, aunque esta termina menos festejada que como inició. La semana pasada, se alababa la singular cadena nacional en la que, en horario prime, el mandatario reiteraba lo que unas horas antes había señalado en su cuenta a la nación, y lo hacía con una cuidada selección de objetos: un tazón con la imagen de su mascota Brownie, un cuadro de Gabriela Mistral de trasfondo y libros, como el de Pairicán, que aboga por un modelo de Estado plurinacional que reconozca la autonomía de los pueblos indígenas. Entre la elogiada salida al bar en Canadá, el tazón y los libros, el Gobierno despliega un relato propagandístico que pone énfasis en los símbolos. Por pequeños y anecdóticos que estos sean, ayudarían a mantener el foco de la opinión pública fuera de los problemas reales que aquejan a los chilenos y que se reiteran en todas las encuestas. La insistencia en la simbología nos haría olvidar la desolación que causa la violencia y el terrorismo, y el desamparo que trae consigo la alta inflación. Símbolos y relatos son necesarios en política, y es bueno recordarlo, pero no solo de ellos vive el hombre (y la mujer, para que no me acusen de faltar a la perspectiva de género).

La falta de gestión y de acciones concretas y efectivas para abordar las necesidades ciudadanas se compensan entonces con sobreabundantes anécdotas y elocuencia. Y en ese contexto, la propaganda se extiende a la cuestión constitucional. Para hacerla efectiva, el Gobierno recurre a técnicas conocidas: simplifica al máximo problemas complejos, presenta la alternativa que le resulta inconveniente como una que desemboca en la incertidumbre y, últimamente, busca a un enemigo a quien culpar. Ha sido el propio Presidente esta semana quien ha señalado que quienes voten Rechazo serían indiferentes, cuando no, enemigos de las agendas sociales. Así las cosas, resulta que buena parte de la sociedad civil, académicos, agricultores, emprendedores, educadores y parte de la centroizquierda y la derecha serían obstaculizadores de las grandes e históricas transformaciones. Pareciera entonces que esos chilenos le molestan y le sobran al Gobierno, en circunstancias de que el Presidente ha de serlo de todos. Ello incluye a quienes quieren cambios, pero no cualquiera y menos uno que, de la mano de un proyecto constitucional refundacional, compromete severamente las bases de la democracia representativa, el progreso y, por ende, la tan anhelada promesa de más y mejores derechos sociales.

El Gobierno necesita encontrar a quien endilgar su ineficacia y la de la Convención. Pero esta vez, y a diferencia de la cuidada puesta en escena que se desplegaba hasta el miércoles, no elige bien el blanco y apunta a muchos, de distintos sectores y orígenes, que serían desleales por no adherir a la Constitución partisana del Frente Amplio y del Partido Comunista. La propuesta de los senadores Rincón, Walker y Araya le cae, así, como balde de agua fría y todo indica que no hubo tiempo para edulcorar con Brownie el duro mensaje que desde el extranjero envió a buena parte de los chilenos.

Si el Gobierno no puede llevar a cabo las transformaciones históricas que prometió, pues estas solo serían posibles, como implican, de la mano de la propuesta constitucional (que está lejos de la casa de todos que se supone sería), no es culpa de aquella diversidad de chilenos a quienes no les hace sentido el proyecto de Constitución. Por defender una Constitución partisana, el Presidente se salió del cuidado libreto.

Y sobre cuestiones fuera de libreto, vamos a la inflación y a la inseguridad pública. En estos temas la propaganda es más compleja, pues la realidad supera con creces la ficción. Además, la población sabe que quienes hoy gobiernan tienen una importante cuota de responsabilidad en estos problemas. Promovieron sin pudor los retiros de los fondos de pensiones (con cuidadas puestas en escena, interrumpiendo la campaña presidencial para ir a votar haciendo un live desde la carretera) y dieron las gracias (“gracias totales, cabros”) cuando el 18 de octubre de 2019 se asaltaba el metro de Santiago, fenómeno que derivó en el violento descontrol que vino después. Hoy ofrecen sentidas palabras de condena a la violencia y una reforma tributaria “para palear la desigualdad”, en circunstancias de que esta solo vendrá a agravarla, al potenciar los problemas de bajo crecimiento y la falta de empleo. Mucho símbolo, en un contexto en que la ciudadanía espera mucho más, termina resultando en un conjunto vacío.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio, el domingo 12 de junio de 2022.

 

“¿Por que ningún cubano o venezolano que viva en Chile está de acuerdo con la nueva constitución ?

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