Política y gobierno:



Política y gobierno:

 

 

JULIA CHUÑIL, MONSALVE Y LA MEMORIA SELECTIVA DE LA IZQUIERDA.


Julia Chuñil desapareció en noviembre de 2024.
Más de un año sin rastro.
Hubo marchas, velatones, gente pidiedo justicia…. Porque su historia servia ….

Incluso varias veces apareció el Presidente Gabriel Boric, aparecieron parlamentarios del Frente Amplio y del Partido Comunista, aparecieron los discursos solemnes. Julia fue presentada como activista, defensora ambiental, mujer mapuche asesinada por intereses económicos. El libreto era conocido: empresariado culpable, derecha responsable, indignación automática.

El problema —otra vez— fue la realidad.

Julia Chuñil no era una consigna.
Era una mujer pobre, vulnerable, invisibilizada durante años.
Vivía de vender huevos, harina tostada y verduras. No sabía cuánto ganaba. Si no alcanzaba, vendía gallinas. Mantenía a nietos, a una hija y a ella misma. Vivía rodeada de alcohol, violencia y precariedad. Todo eso consta en sentencias judiciales, no en columnas de opinión.

Mucho antes de desaparecer, Julia fue testigo en un juicio por homicidio cometido por su propio hijo, en la misma casa donde vivía. Ella pidió disculpas por lo ocurrido y reunió $100.000 pesos, con un ingreso per cápita mensual de $37.200, para intentar reparar un daño irreparable.

Esa Julia nunca fue defendida por el Estado.
Nunca fue tema.
Nunca fue urgencia.

Y cuando la Fiscalía imputó a sus propios hijos por su muerte y desaparición, el relato se vino abajo. Ya no había empresarios. Ya no había forestales. Ya no había villanos útiles.

Entonces vino lo de siempre: abandono.
Ni disculpas del Presidente.
Ni autocrítica parlamentaria.
Ni siquiera silencio digno.

Porque nunca defendieron a la mujer.
Defendieron la historia que necesitaban contar.

Y aquí es imposible no comparar.

Cuando estalló el caso Monsalve, donde el involucrado era un representante del propio gobierno, ocurrió algo notable:
No hubo marchas de “yo te creo”.
No hubo pañuelos verdes.
No hubo performance.
No hubo disturbios.
No hubo consignas feministas retumbando en las calles.

La izquierda, tan rápida para gritar cuando el acusado es de derecha, optó por la prudencia, el silencio y el “esperemos la investigación”. De pronto descubrieron el debido proceso. De pronto la víctima dejó de ser prioridad. De pronto el feminismo entró en pausa.

Porque ahí el acusado era de los propios.

Si ese mismo caso hubiese involucrado a un ministro de derecha, a un parlamentario opositor o a un empresario cercano al sector equivocado, Chile habría ardido. Habríamos visto marchas, funas, lienzos, violencia y discursos morales sin matices.

Pero no convenía.

Y ese es el patrón que se repite una y otra vez:
la izquierda no defiende causas, defiende conveniencias.
No protege víctimas, protege relatos.
No busca justicia, busca ventaja política.

Julia Chuñil no necesitaba ser símbolo mapuche ni ambientalista.
Necesitaba ayuda cuando estaba viva.

La víctima del caso Monsalve no necesitaba silencio estratégico.
Necesitaba coherencia.

Pero la coherencia nunca ha sido rentable.

Y así, una vez más, el choclo se desgranó.
El relato cayó.
Y quienes lo promovieron… siguieron caminando.

Vendrán los insultos. Siempre vienen.
Pero los hechos son tercos:
cuando la verdad incomoda o toca a los propios, la izquierda no la enfrenta… la esconde.

Al final, todo es muy simple:
si la víctima sirve al relato, hay marchas, pañuelos, discursos y superioridad moral.
Si la víctima incomoda al poder, hay silencio, prudencia y “esperemos la investigación”.

La izquierda no tiene memoria.
Tiene agenda.

No defiende mujeres.
Defiende conveniencias.

No busca justicia.
Busca culpables útiles.

Y cuando la verdad no calza con el discurso…
se guarda la bandera, se apagan los megáfonos
y la víctima vuelve a desaparecer.

Porque en este país, para algunos,
no todas las víctimas importan igual.