Anatomía de nuestro instante

Jorge Andres Luchinger marchando en La Moneda

El jueves pasado, en una sola jornada se desplegaron nuestros personajes, representaron sus roles, se enfrentaron, distendieron, negociaron, pactaron y, al caer la noche, dieron por resuelta la
contienda entre los muros de La Moneda. Mucho habría que decir e interpretar del papel de cada uno, empezando por las autoridades cuyo actuar vacilante e híper reactivo convirtió lo que debió haber sido apenas una protesta más, en un hito de esta administración. Alguien en Palacio se sintió transportado hasta octubre de 1972, hizo redactar una orden que impedía el ingreso de camiones a Santiago y transformó un problema de apenas 13 vehículos de carga en uno de
300. Nunca mejor comprobada la frase de Marx: la historia se repite, primero ocurre como tragedia y después como comedia.

Pero, como en la obra de Cercas, ese día también tuvo una imagen, un instante, que podría explicar no sólo nuestra transición, sino la historia política de Chile de las últimas cuatro décadas: Jorge Andrés Luchsinger es insultado por un grupo, entre ellos hay un hombre que a su espalda lo increpa y agrede, inexplicablemente su expresión muestra el rictus colérico del odio; Luchsinger trata de mantener la calma, su rostro denota confusión, de toda la gente que está ahí en ese momento él es probablemente el único que puede reivindicar la condición de víctima de la violencia, lo único que tiene en sus manos es esa bandera que rescató la noche en que quemaron a sus padres. Su sola presencia es tratada por esa turba como una agresión, la bandera que porta es una provocación, le llueven escupitajos, patadas, una pedrada le hace un corte en el rostro. La prensa, incluso la que está transmitiendo en directo, describe el hecho como “incidentes” entre manifestantes.

Con su presencia frente al palacio de gobierno Jorge Andrés Luchsinger trasgredió tres normas tácitas de nuestra sociedad, plenamente vigentes, que rigen e imperan con más fuerza que cualquiera de las leyes que el Congreso aprueba a diario.

Primero, la condición de víctima pertenece de manera exclusiva, perpetua e inalienable a la izquierda y todo aquel que pretenda esa condición, sin importar la justicia que le asista, será tratado como impostor, denunciado, golpeado e intimidado.

Segundo, el espacio público ni es público, ni es un ámbito común a los ciudadanos. Es de uso único y excluyente de la izquierda. Por la alameda pueden marchar estudiantes, la CUT y encapuchados, que destruyen cuanto está a su paso e impiden toda actividad normal en el centro de Santiago, sin que jamás hayamos visto a las autoridades reivindicando el imperio de la ley y resguardando la libre circulación de los ciudadanos comunes y corrientes, como vimos el jueves.

Tercero, la bandera, símbolo de los valores comunes no pertenece a todos los chilenos si se tratadel espacio de la expresión política. Sólo los que luchan por el pueblo pueden llevarla en una marcha o en cualquier acto de connotación ideológica.

El jueves, en cambio, sólo observé como comedia lo que hace 42 años, y siendo niño, viví como tragedia.

Tomado de la columna de Gonzalo Cordero

Columna Gonzalo Cordero

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