La hermosa derrota chilena

Benjamin Galimeri

Extractado de The Clinic 11 Noviembre, 2015 

 El dramaturgo Benjamín Galemiri reflexiona sobre nuestros traumas privados y crisis públicas, relacionando su propia adolescencia de “huacho Riquelme” en Traiguén con las actuales encrucijadas de Bachelet (“una Hamlet chilena”) y criticando duramente a un teatro chileno que le teme a la verdad de la mentira y a la belleza de la derrota.

Nosotros los dramaturgos trabajamos con la mentira. Una mentira que trata de llegar a la verdad. Como está sucediendo en Chile, donde cada día surge una nueva gran mentira y todos se apresuran a transformarla en una falsa verdad. Las grandes obras teatrales, como las del premio Nobel judío/inglés Harold Pinter, que ha influido a todos los teatristas del mundo, crean personajes elusivos, encapsulados en sus mentiras, y que luego actúan: palabras que arrastran acciones. Siempre les digo a mis alumnos: primero está Hamlet y su portentoso monólogo, y después vienen las peleas de espadas envenenadas. Primero escuchamos a un hombre de poder entregar por la TV su monólogo miserable, y después viene la acción, donde se finge reorganizar las piezas. Primero escuchamos a nuestra presidenta en cadena nacional, y después vienen las protestas.

Como en una tragedia griega, nuestra mandataria lucha para no ser controlada por su superego (que es la instancia moral, enjuiciadora y dominante del ego, del precario “yo”). No olvidemos que ella nos conquistó porque funciona con su “yo”, y es así como deseamos que nos trate. No con su superego, que ahora surge y a veces la domina porque hacia allá la empujan sus antagonistas, que están en todas partes de este tragicómico drama. Ella, entonces, intenta refugiarse en lo más profundo de su ego, que son su infancia y juventud donde guarda un dolor horrible: su complejo de Electra, el asesinato de su padre.

Esto me lleva a mi pasado, cuando luchaba contra la desesperación de la muerte de mi padre en un accidente de auto en Traiguén, el pueblo donde viví toda mi infancia. Está la teoría de que lo asesinaron porque como abogado en un principio defendía a los terratenientes, pero después dio un giro en 180 grados y defendió a los mapuches. Y así como Bachelet, yo luchaba contra mi superego para sublimar la muerte de mi padre amado/odiado, que a veces me golpeaba con su correa hasta hacerme sangrar y otras veces me compraba esos maravillosos cursos de Hollywood por correspondencia, que yo leía en medio de la calle principal, donde estaban los mapuches y los terratenientes casi en pie de guerra como en un western del todopoderoso Sergio Leone.

Creo que mi frenético humor me salvó en parte. En mis años mozos, yo le decía a mi madre que iba a una fiesta para no apenarla al confesar un ser profundamente solitario, y lo que hacía era recorrer a pie Santiago, solo, huyendo del idiota y letal toque de queda, hasta que volvía a casa y mi madre me decía: “¿Conociste mujeres en la fiesta?”. “Sí, madre”, le mentía.

Lo que cuento está en todas mis obras, y en todas las actitudes de los hombres de poder, que esconden una juventud atormentada y piensan que si van subiendo por el escalón del éxito, sanarán su herido y sangriento superego, estado del alma que nunca está en calma. El ego, en cambio, serena las neurosis de la infancia, y cuando un hombre y una mujer se perdonan sus neurosis, surge el amor entre ellos. Cuando ya no pueden con la neurosis del otro, la pareja se separa.

De estas cosas les hablo a mis alumnos, y también les digo: la técnica es la emoción, que es lo que nos controla al escribir y al vivir. ¿Cuál es el objetivo consciente de la presidenta Bachelet? Llevar la justicia a todos. ¿Cuál es su objetivo inconsciente? Vengar y luego redimir, pero de una manera amorosa, la muerte de su padre. Cual una Hamlet chilena, debe combatir con sus propios tormentos y encrucijadas creados por los actores secundarios de esta agotadora obra que es la Nueva Mayoría, y soportar las insolencias cómicas de la Alianza.
Pero el teatro chileno me hartó definitivamente.

No toma en cuenta el objetivo consciente (qué quiere el protagonista) y el inconsciente (qué desea). Los teatristas chilenos, sobre todo los sobreactuados severamente seudo-políticos, van por la verdad única, no por la equívoca. Estos directores y actores odian la mentira, a la que consideran pequeño burguesa o reaccionaria. Hablan como si fueran guerrilleros, y crean una insignificante teoría panfletaria que derriba la emoción auténtica a la que nos debemos como escritores o teatristas, que es reflejar esta especie de hiperrealismo (exacerbación de la realidad) de la vida misma, donde el autor tiene derecho a usar las mismas dialécticas del poder: la trampa, lo elusivo, la fracasada ambición, la hermosa derrota chilena, la prestigiosa alienación, la torpe incomunicabilidad, la todopoderosa mentira. En una de mis obras se dice del protagonista: “Este es un hombre al que sus mentiras lo transformaron en un Santo“.

La risa y el humor inteligente de Harold Pinter, de David Mamet, del amado Jorge Díaz, también son enemigos de nuestro escuálido teatro neocriollo, salvo algunos iluminados. Tampoco se los avizora en la destemplada política nacional. ¿A qué le temen? A la hermosa derrota chilena, que es aceptar poner en crisis el arte, la vida, el amor, y sobre todo la política. Debemos huir de eso, que nos salva de la hermosa derrota chilena, a la que no tenemos que temer. La derrota tiene algo de hermoso. Ser abandonado por una mujer tiene más verdad que abandonarla.

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