Nada es casualidad

Por Joaquín García- Huidobro

Escribo desde México con una pregunta obsesiva en la cabeza. Para muchos parece inconcebible que este país haya elegido presidente a Andrés Manuel López Obrador, el famoso AMLO, y que -con las locuras que está haciendo- su popularidad supere el 80%. ¿Cómo explicar estos fenómenos en Latinoamérica? La respuesta habitual de la derecha diría que los mexicanos se han vuelto locos, que son gente inculta o que han sido manipulados por la demagogia.

En efecto, ¿cómo pueden apoyar a un gobernante que interrumpe las avanzadas obras de un necesario nuevo aeropuerto, haciendo perder a su país miles de millones de dólares (se encarece un 66% según el Colegio de Ingenieros)? Ciertamente favorece al Ejército, lo que se suma a que esta misma semana anunció nuevos beneficios para las FF.AA. Como muestra la experiencia de Maduro, ganarse el afecto castrense (y de los jueces) puede ser muy importante. Se ve que el hombre es astuto, pero ¿resulta bueno para el país?

No le faltan ideas disparatadas. Quiere fundar cien universidades, como si conseguir profesores fuese tan fácil como comprar burritos en un supermercado. Decidió poner en venta el avión presidencial y viajar en vuelos comerciales. Nadie lo compró, el avión sigue sin uso en un hangar y la situación actual sale más cara que la anterior.

Nada de esto se entiende si se olvida que los pueblos viven no solo de eficiencia y políticas públicas bien ejecutadas. La política tiene una dimensión simbólica que buena parte de la derecha parece ignorar. En un país como México, donde tradicionalmente los presidentes han empleado al Estado para llenarse los bolsillos, tener uno que viva con sobriedad, viaje como cualquier ciudadano y quiera expandir la educación tiene un valor que no puede expresarse en términos monetarios.

Una película premiada con el Oscar 2019 nos puede dar pistas para entender estas situaciones. Se trata de Roma. Cuando la vi tuve sentimientos encontrados. A pesar de sus aciertos, me pareció un poco caricaturesca en su exposición de las relaciones entre patrones y nanas. Se lo comenté a una intelectual mexicana, no precisamente de izquierda. Me reconoció que si había exageración, era al revés: la patrona cuyo comportamiento a mí me molestaba era buena para esos años.

Casos como los de AMLO, Evo, nuestro Allende o Lula no son una casualidad. Ellos constituyen una respuesta, en muchos casos disparatada, a situaciones objetivamente inaceptables. Así, en pleno 2019, en el exclusivo condominio Bosques de Santa Fe, en Ciudad de México, viven personas que tienen ingresos astronómicos. A ellas no solo les parece normal que a pocas cuadras haya personas que pasan hambre, sino también que los empleados de ese exclusivo recinto deban entrar por un lugar especial y tengan prohibido circular por las calles de ese reino del privilegio. Es decir, deben permanecer invisibles.

Nosotros no hemos llegado a esos extremos, pero no debemos olvidar la reacción de parte de la derecha ante los socialcristianos que, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, buscaban reformar ciertas estructuras y prácticas injustas. «Son unos resentidos sociales», se decía de ellos. Con ese razonamiento tan sutil y profundo se sentían dispensados de reflexionar sobre el tema y dar una respuesta alternativa. Hasta hoy se escucha ese argumento para descalificar a quienes protestan por el dispendio que significan ciertas fiestas de graduación o de matrimonio. Y después se extrañan que existan un AMLO, un Correa, un Allende o una Bachelet.

A los que tengan más años, los invito a hacerse una pregunta incómoda. Casi todos estamos de acuerdo en que la experiencia de la Unidad Popular fue desastrosa para el país en muchos sentidos. Pero ¿qué aprendieron de ella nuestras clases pudientes? ¿Cambiaron su forma de vida, para buscar un estilo más sobrio? ¿Modificaron radicalmente el modo de tratar a «su gente»? Aunque hay loables excepciones, muchos dejaron la parte incómoda a los militares y parecieron limitarse a oír el mensaje de Guizot -el ministro de Luis Felipe de Orleans- a los franceses: «¡enriqueceos!».

Así, dejaron de ser simplemente «la clase alta» (una denominación anticuada que al menos traía consigo ciertos deberes morales) y pasaron a unirse a la emergente burguesía dentro del concepto «ABC1», una categoría neutra que no implica ninguna responsabilidad y que puede convivir perfectamente con la prepotencia, como vemos todos los días en muchas partes del país. Y después se extrañan de las decisiones que toman los ciudadanos en las urnas.

En los últimos años se ha tomado cierta conciencia acerca de que -para la renovación de la derecha- resultan fundamentales las ideas. Se trata de un gran progreso, porque con anemia intelectual no se conquista la mente de las personas. Pero también es importante que esa renovación vaya acompañada de un cambio de actitudes que lleve a desterrar la arrogancia y permita ganar los corazones, de modo que no haya lugar para experimentos populistas.

En todo caso si a usted le molesta lo que afirmo, no se preocupe: simplemente diga que García-Huidobro es un resentido social.

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