¿Que le pasó al partido demócrata Cristiano de Chile?, una opinión personal

Por Jaime García Covarrubias, Doctor en Ciencias Políticas y Sociología

Un amigo simpatizante del Partido Demócrata Cristiano (PDC) me preguntó acerca de que pensaba de lo sucedido en su partido, y de allí se me ocurrió escribir este análisis con mi opinión personal. Reitero, es una opinión muy personal sin mayores ambiciones académicas o políticas.

Al aproximarme al tema, me acorde de que mi mayor conocimiento del pensamiento demócrata cristiano lo tuve en mi curso de filosofía política en mi doctorado en Salamanca a inicio de los años noventa, donde mi profesor era un destacado intelectual y dirigente demócrata-cristiano español como lo fue Joaquín Ruiz Giménez, ex ministro, embajador y defensor del pueblo, con quien alguna vez converse acerca del significado de su movimiento. Para algunos en España, Ruiz Giménez fue el intelectual más importante del S XX.  Las clases eran interesantes, había que aprovecharlas, donde recuerdo que el tema del cooperativismo era sujeto a mucha discusión, asimismo como el pensamiento de Maritain y la relación entre ética y política. En esta clase, había un alumno que era un importante dirigente democristiano español que había sido diputado por la UCD llamado José Pin Arboledas, quien nos aportaba con su conocimiento en este tema.  También, rememore algunos hechos nacionales, como mis años en el liceo de Viña del Mar, cuando siendo aún muy  chiquillos, algunos compañeros regalaban insignias y folletos de ese partido que era un «boom» y que llego a gobernar a Chile en los años sesenta. Por supuesto, asimismo, vino a mi memoria que fue pilar en la caída del gobierno de la Unidad Popular y sus líderes fueron los primeros sustentos del régimen militar. En suma, la historia de la DC fue a la par con los acontecimientos del país  en los últimos 60 años, incluyendo los más dramáticos.

Con todos esos recuerdos en la cabeza más algunos hechos complementarios,  me atrevo a avanzar mi opinión en el sentido de que este histórico partido fue víctima de los tiempos y las circunstancias. Sin embargo, como acepto que esta última estimación es muy general, he ordenado mis ideas en cuatro puntos.

En primer lugar, los tiempos cambiaron y el discurso basado en los valores cristianos de los  años cincuenta y sesenta fue perdiendo sostén y ya no tiene la misma receptividad que antes en la sociedad chilena. Ni siquiera la  iglesia católica tiene el peso específico que tuvo antes frente a un mundo evangélico que ha crecido mucho y además, en una sociedad donde  se impone la  secularización  de las costumbres. En este escenario, por cierto difícil para el PDC, no fue capaz de revitalizar su doctrina y con ello su ideología porque fue perdiendo a sus pensadores e intelectuales que por años habían sustentado su pensamiento. Estos intelectuales (me refiero a Frei Montalva, Tomic, Leighton, Gumucio, Palma, Jaime Castillo, Orrego Vicuña y varios más que eran capaces de sintonizar los cambios sociales con los principios sucumbieron a su ciclo de vida y no tuvieron sucesores en esta tarea.

En segundo lugar, hay una circunstancia que le debilitó su sólido sistema ideológico, cual es el «sincretismo ideológico» a que obliga el sistema binominal. Este sistema electoral,  por su propia naturaleza, exige que todos los partidos del conglomerado, sacrifiquen sus intransigencias ideológicas en beneficio el pacto. Esta práctica continuada en el tiempo provoca en los partidos la pérdida o al menos, la atenuación de su identidad ideológica. En el caso de Chile el sistema binominal duro 27 años, tiempo suficiente para desperfilar hasta la más sólida de las ideologías. Solo, bajo esta idea, es que se puede entender la alianza PDC con el PC

En tercer lugar, la búsqueda incesante de sus dirigentes por insistir en que el partido era de izquierda cuando la Falange nació «desde» la derecha como una fuerza, más bien para quedar en el centro, disputándole ese espacio al señero Partido Radical, que fue lo que finalmente ocurrió. Quizás, lo mejor habría sido para el partido «dejarlo ser» y que fueran sus votantes y fuerzas vivas  quienes le ubicaran  en el espectro. Ese posicionamiento forzado e insistente de sus dirigentes le fue restando seguidores ya que el votante común, independiente y solo simpatizante que son los más,  es reticente a  estar encasillado en la derecha o en la izquierda y menos compartir pactos con fuerzas políticas  que le son distantes y,


Cuarto, el natural desgaste de un partido que siempre estuvo en » la jugada» o donde se resolvieron los grandes problemas o crisis nacionales. En los años sesenta postuló grandes cambios sociales desde la oposición y luego los llevo a cabo en su gobierno, vivió divisiones, se opuso fuertemente a la UP, apoyó y, yo diría, promovió  la acción militar de la que se distancia posteriormente, fue muy importante en la fundación de la Concertación sumándose, mas tarde, a la nueva mayoría, habiéndole afectado últimamente la pérdida de popularidad del gobierno. En suma, tuvo aciertos, desaciertos y contradicciones, como quizás lo han tenido muchos en la historia de Chile.

Pues bien, la pregunta sería ¿qué hacer ahora?  Sin duda, que  ellos tendrán que remediar esta situación, que en su momento también lo vivió el viejo Partido Radical, paladín de la clase media, quien perdió su espacio de representatividad, quedando como una fuerza política menor.  Pero, como opinar es gratis, me permito señalar lo siguiente:

El PDC tendrá que aprender a ser un partido pequeño e independiente, capaz de inclinar la balanza política  y con ello, desarrollar una capacidad importante de negociación.

Esto mismo, años antes, lo  debió hacer en la vereda ideológica del frente, el ya mencionado Partido Radical referente histórico de la promoción del laicismo. Otra tarea, será formar dirigentes en distintos ámbitos muy alineados con su ideología la que deben recuperar y modernizar ya que las actuales condiciones electorales lo permitirán. En suma, tratar de  ser trascendente desde su nueva posición. Para asumir un liderazgo no se necesita ser tan numeroso, se necesita ser «inteligente». Todo lo anterior, es solo  un «desde» para intentar ser una fuerza política importante en el futuro.

Para llevar a cabo esto, La DC debe rescatar su insignia, colocársela en la solapa y mirarla y entender que la flecha roja cruza la izquierda y la derecha sin quedarse en uno u otro bloque. En los setenta formó un frente con la derecha y en los últimos años se alineó  con la izquierda más allá de respetar su propia naturaleza que se basa en principios y valores que no estaban ni en la derecha ni en la izquierda. ¿Dónde debería quedarse? Pues muy fácil donde sus valores, principios y votantes  la estacionen y ellos es muy probable que la ubiquen entre ambos, o sea en el centro. Su gran desafío, entonces, es identificar y reconstruir el centro político chileno y ubicar a la tan esquiva clase media. Sin embargo, para que ello ocurra y sea una opción atractiva tiene que «refinar» sus conceptos ideológicos y a partir de esa plataforma doctrinaria, tomar posición decidida frente los problemas más urgentes del país, que son como recuperar el crecimiento, promover las reformas más necesarias y tener ideas propositivas  sobre. Si esto no sucede terminara igual que el Partido Radical.

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