Venezuela y Maduro:



Venezuela y Maduro:

Carta de Cristián Warnken a los líderes de izquierda latinoamericanos

03 DE ENERO 2026

El dictador implacable y siniestro que ha provocado innecesariamente el sufrimiento del pueblo venezolano, condenando a la diáspora por el mundo a millones de tus hijos, a la tortura y prisión a miles, el presidente ilegítimo de Venezuela, que se robó de manera flagrante y grotesca una elección, está ahora detenido y preso como un narcoterrorista en alguna base norteamericana.

Por supuesto que hubiera sido preferible que el dictador hubiera caído por la movilización popular o por una negociación entre el gobierno ilegítimo de Venezuela y el gobierno legítimo elegido en las urnas, antes que por una intervención militar de una potencia extranjera. Hoy pareciera que la negociación para la captura de Maduro se dio entre personas del mismo régimen de EE.UU. y —ojo— incluso del mismo Maduro. La verdad la sabremos en las próximas horas.

Es verdad que es hay un cierto sabor amargo que un pueblo haya tenido que esperar la intervención extranjera para recuperar la libertad y estamos escuchando ahora sus “hermosas” declaraciones, líderes latinoamericanos de izquierda —lo acabamos de escuchar, Lula, y también a usted, presidenta de México—, condenando la intervención norteamericana, por el respeto al derecho internacional y bregando por los acuerdos para encontrar salidas pacíficas. Pura lírica a través de tuiter. ¿Qué hicieron de verdad ustedes, por impedir que se llegara a este escenario, qué hicieron de verdad por salvar —todos estos años— a Venezuela de la tragedia y la indignidad? Si de verdad hubieran tenido al pueblo de Venezuela como el centro de sus preocupaciones, hubieran debido movilizar todo su capital político (quemarlo, incluso, como lo hacen los grandes líderes) para presionar al dictador y aislarlo y lograr su renuncia. Lula pudo y debió hacerlo. Y con fuerza, convicción, con la misma fuerza con que ha hablado ahora.

Las palabras “derecho internacional”, “libre determinación de los pueblos”, “diálogo” corren el riesgo de sonar vacías en esta hora, porque Venezuela era ya un país invadido antes de esta operación, invadido por los servicios de inteligencia cubana que infiltraron y manejaron las Fuerzas Armadas. ¿Hizo algo la izquierda latinoamericana sobre esto? ¿Qué hizo el expresidente socialista de España Rodríguez Zapatero y los líderes del Podemos —que tenían cercanía con Maduro— para obligarlo a reconocer los resultados electorales que se robó? Nada sustantivo y decisivo. Por eso no tienen autoridad moral para condenar esta operación norteamericana. Si ello ha ocurrido, es el resultado del fracaso político de todos ustedes, por su inconsecuencia, incoherencia y debilidad. Excluyo de este juicio severo al presidente Boric, quien dio la cara y condenó con claridad la dictadura, él tal vez, es el único de los líderes latinoamericanos de izquierda que tiene autoridad moral para hacer declaraciones hoy, aunque muchos no compartan los contenidos de su declaración.

Lo que estamos viendo en estas horas es el resultado de una debilidad, un vacío gigantesco de una Latinoamérica sin una política internacional seria, contundente, sin una fuerza propia capaz de influir o negociar con Estados Unidos quien, constatando ese vacío enfrente, ha actuado. Estamos recién viendo los efectos de esta operación relámpago de Estados Unidos; todo es incierto y no sabemos cómo y cuándo el pueblo de Venezuela recuperará su ansiada libertad. Bien harían estos líderes latinoamericanos fracasados en ayudar ahora a encontrar una transición democrática que le ahorre a este sufrido pueblo más dolor, más sufrimiento y más muerte.

¿Por qué el mundo termina en manos de líderes extremos como Trump? Por el fracaso de ustedes en responder a los temores y angustias de sus pueblos. Pueblos que están sufriendo todos los días el flagelo del narcotráfico, el crimen organizado y las dictaduras corruptas. ¿Es peligroso que Estados Unidos intervenga en Latinoamérica? Por supuesto que lo es. ¿Pero podemos aspirar a ser un continente libre y autodeterminado si toleramos y permitimos que regímenes descompuestos como los de Venezuela, Cuba y Nicaragua existan? Sólo podemos aspirar a ser libres de verdad —y libres también de Estados Unidos— cuando seamos un continente con líderes con coraje, talante y legitimidad política y moral. Mientras esto no ocurra, seremos una Latinoamérica débil, a merced de líderes corruptos y de intervenciones extranjeras. Una Latinoamérica esclava.

Los saluda,

Cristián Warnken

 

Guía ampliada para entender a Venezuela (si estuviste en “mute” los últimos 27 años)

A ver, queridos “preocupados de última hora”. Sabemos que ven una noticia sobre Estados Unidos, escuchan la palabra “intervención” y automáticamente activan el modo “¡Imperialismo! ¡Colonialismo!” desde la comodidad de su sofá en un país democrático y con supermercados llenos.
Pero antes de dictar cátedra en Twitter, respiren. Siéntense. Escuchen.
Para nosotros esto no va de geopolítica de salón ni de debates teóricos. Va de sobrevivir.
Por primera vez en 27 años sentimos que alguien hizo algo. No que lo debatió, no que lo condenó, no que lo “evaluó”. Lo hizo.
No estamos celebrando la guerra. Estamos celebrando la posibilidad —remota pero real— de que la pesadilla termine.
Aquí les dejamos una explicación con peras, manzanas… y un poquito de memoria histórica.
1. La falacia del “experto de sofá” (o el eterno: ¿Y tú qué hubieras hecho?)
Siempre aparece alguien diciendo:
“Es que la violencia no es la vía”. “Las cosas se deben resolver por la vía democrática”.
Suena bonito. Suena civilizado. Suena académico.
Pero permíteme preguntarte algo, sinceramente y sin sarcasmo:
¿Cómo lo hubieras hecho tú?
No me digas lo que NO harías.
Dime la alternativa realista.
– ¿Elecciones?
Las hubo. Varias. Y se robaron TODAS.
– ¿Diálogo?
Fueron años de diálogos, mediaciones, mesas, foros, encuentros…
Mientras dialogábamos, ellos encarcelaban, torturaban y compraban más fusiles.
– ¿Presión internacional?
Hubo sanciones, denuncias, informes de la ONU… ¿Resultado? Cero.
La verdad incómoda es esta:
Si fuera por muchos de ustedes, desde su distancia moralmente cómoda,
no se hubiera hecho nada.
Y mientras tanto:
– se nos fue la juventud,
– se nos fue el país,
– se nos fue la vida.
Y no, tu título universitario no te pone por encima del dolor de un pueblo.
Tu doctorado no resucita a los ejecutados.
Tu “neutralidad” no alimenta a un niño hambriento.
2. “Vienen a robarse el petróleo” (spoiler: ya lo estaban robando)
Cada vez que pasa algo en Venezuela aparece el argumento comodín:
“Es que van por el petróleo”.
Vamos a hablar claro.
El petróleo ya se lo estaban llevando:
– rusos,
– chinos,
– iraníes,
– cubanos.
Y no vinieron por turismo cultural.
La diferencia es que ANTES:
– lo saqueaban
– destruían PDVSA
– exprimían al país
…y aun así el venezolano seguía pobre, hambriento y reprimido.
¿Que ahora también hay intereses económicos?
Claro que los hay.
El mundo funciona así desde que existe la humanidad.
Y aun así, desde el dolor más crudo, muchos venezolanos pensamos:
Si la condición para recuperar la libertad es que se queden con parte del petróleo…
pues que se lo queden.
Porque:
– ¿De qué sirve que el petróleo sea “nuestro” – si el pueblo muere de hambre en su propio país?
La riqueza nacional no es riqueza
si solo enriquece a un tirano.
3. ¿Dónde estaba toda esta “preocupación” antes?
Aquí es donde ya uno no sabe si reír o llorar.
Durante años:
– Se desplomó la producción petrolera
– Cerraron empresas, industrias, fábricas
– Colapsó el sistema de salud
Y del mundo “progresista sensible” hubo:
Silencio.
Más de 8 millones de venezolanos huyeron caminando
por selvas, caminos, fronteras.
Madres pariendo en carretera.
Niños durmiendo en terminales.
Y hubo:
Silencio.
Hubo presos políticos, torturas, desapariciones, persecución.
Adolescentes golpeados.
Estudiantes asesinados.
Periodistas encarcelados.
Y hubo:
Silencio.
Pero ahora sí aparecen:
– defensores de la “soberanía” – analistas de escritorio – filósofos del pacifismo selectivo
Preguntando:
“¿Y por qué se meten ahora?”
Porque cuando gritamos solos nadie escuchó.
Y ahora que el pueblo venezolano respira esperanza…
resulta que ahora sí opinan.
4. Las matemáticas de la empatía (para el que aún no lo entiende)
Antes de opinar sobre Venezuela, lean estos números sin mirar hacia otro lado:
– 36.800 víctimas de tortura
– 10.000 ejecuciones extrajudiciales
– 18.305 presos políticos
– 90% de pobreza
– hospitales sin insumos
– niños desnutridos
– abuelos buscando comida en la basura
Esto no es un debate ideológico.
Es una tragedia humana.
Y sí, lo decimos sin miedo:
Entre:
– “soberanía con tortura”
y
– “intervención con esperanza”
preferimos la segunda.
Mil veces.
Porque la verdadera pérdida de soberanía
no es que intervenga otro país.
Es que tu propio gobierno te trate como enemigo.
5. Lo que realmente queremos (y no, no es el petróleo)
Queremos cosas sencillas.
Cosas humanas.
Queremos:
– volver a hablar sin miedo
– volver a trabajar sin huir
– volver a votar sin fraudes
– volver a caminar sin miedo a ser detenidos
Queremos que los que se fueron puedan volver.
Queremos ver familias reunidas otra vez.
Mientras algunos piensan en geopolítica y barriles de crudo…
Nosotros pensamos en:
– abrazar a mamá
– volver a casa
– ver crecer a nuestros hijos en su país
Eso es lo que duele. Eso es lo que importa.
Conclusión
Si de verdad les importan los venezolanos:
No lloren por la “soberanía” de un régimen
que ya había entregado el país.
No defiendan desde la distancia
lo que nosotros hemos sufrido en carne viva.
La operación duró lo que dura un TikTok.
Y por primera vez en décadas
vemos una luz al final del túnel.
No celebremos la guerra.
Celebramos la posibilidad de volver a ser país.
De volver a reunirnos.
De volver a vivir.
Un beso… y sigan viendo.
Pero ahora, al menos, sabiendo lo que miran.

 

 

La caída del muro bolivariano

Por Juan Pablo Toro 

Para un régimen que se mantuvo en el poder por un cuarto de siglo y jamás mostró la mínima intención de abandonarlo, el único lenguaje que podía hacerlo entender que sus días estaban contados era el de la fuerza.

Es lo que asumió el gobierno del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al lanzar la operación “Resolución absoluta”, que acabó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y la destrucción de instalaciones militares.

Negociaciones diplomáticas, sanciones económicas y parodias de elecciones no impidieron alargar la vida útil de la revolución bolivariana, junto con el apoyo de Rusia, China, Irán y Cuba. Un esquema donde las organizaciones criminales crecieron en convivencia con el gobierno socialista también jugaron su rol. Fue justo esto último lo que terminó sentenciando al proyecto socialista que inauguró Hugo Chávez.

Para Trump el narcotráfico es una amenaza a la seguridad nacional, cuya peligrosidad se homologa a la del terrorismo yihadista. No existen términos medios en su corolario de la Doctrina Monroe, que vuelve a hacer del hemisferio occidental la esfera de influencia de EE.UU. sin oposición posible.

Quienes hemos sido testigos en terreno de la destrucción institucional, económica y social de Venezuela en múltiples visitas desde 1998, no podemos sino sentir cierto alivio por lo que esperamos sea el principio del fin de la pesadilla para ese país y la región. Porque Maduro y sus secuaces se encargaron, además, de exportar inseguridad a todo el continente.

En un escenario ideal, se inicia una transición a la democracia liderada por figuras valientes como María Corina Machado y riquezas petroleras para el beneficio de muchos y no unos pocos. Trump dio algunos indicios al respecto, pero solo cuando baje la euforia sabremos qué significa “conducir” Venezuela por un tiempo.

La reconstrucción será compleja. Uno de los países con mayores reservas petroleras del mundo ha sufrido una de las peores destrucciones de riqueza sin una guerra de por medio. Los cuadros bolivarianos remanentes tienen mucho que perder. Se necesitará, por tanto, mucho apoyo de los gobiernos latinoamericanos que están más preocupados por la libertad del pueblo venezolano (como el de Chile a partir del 11 de marzo) que por la pertinencia de la operación militar.

Aun así, sectores de izquierda o del mundo que se fue van a preferir criticar a Trump, obviar la naturaleza criminal del régimen bolivariano e ignorar la historia de siete millones de venezolanos que salieron de su país.

Una historia que se empezó a escribir hace 26 años y que ayer tuvo uno de sus esperados capítulos finales. Pero aún no el definitivo.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 4 de enero de 2026.

 

La soberanía de Venezuela

Por Gonzalo Cordero 

En Venezuela no existe un conflicto político, no hay dos modelos de sociedad irreconciliables. Nada de eso. En Venezuela hay una pandilla de narcoterroristas que controlan el país por la fuerza, que exportan el crimen organizado -a los chilenos nos consta- al resto del continente y que impiden el ejercicio de la soberanía en su territorio.

Se puede estar a favor o en contra de la intervención de Estados Unidos para detener a Nicolás Maduro, pero lo que no se puede argumentar, con un mínimo de rigor, es que se está violando la soberanía y la capacidad de autogobierno del Estado venezolano, porque el ejercicio de esos principios está secuestrado por el régimen chavista. En Venezuela no existe un gobierno que pueda reivindicar principios de derecho internacional, desde el momento mismo que usurparon el poder con la mayor impudicia conocida en el mundo contemporáneo.

Llamar al diálogo, como medio de solución de la crisis venezolana, no solo es iluso, es evadir la realidad. ¿Diálogo? ¿Con quién? ¿Sobre qué bases? ¿Cuándo se produciría ese diálogo? Conocemos la experiencia cubana, el régimen castrista se perpetúa, sobre una estructura de jerarcas que se sostienen en el poder y que ya institucionalizaron un mecanismo de sucesión. Esa es la única realidad probable para Venezuela, si no hay acciones de fuerza que se opongan a la que la dictadura ejerce sobre su pueblo.

Que la solución es mala es evidente, que nunca es buen precedente que un país intervenga militarmente en el territorio de otro, también. Pero, la alternativa de permitir la impunidad de Maduro, así como la perpetuación de su régimen y de los delitos que exporta, es claramente peor.

La pregunta del día es qué vendrá después. Es imposible saberlo, pero la señal que ha dado Estados Unidos es clara: el gobierno de Trump no permitirá que quienes ejercen el poder sigan comportándose como una organización criminal que daña la seguridad de su país. Así, el debilitamiento del régimen es de tal profundidad, que lo deja en una situación terminal.

Es lamentable, una vez más, la reacción del gobierno de Chile. Condenar la acción de Estados Unidos, apelando a principios abstractos que todos compartimos, pero sin hacerse cargo de la realidad del pueblo venezolano, de la ilegitimidad del régimen y de la agresión permanente que ejerce sobre el resto del continente, es evadir la complejidad del problema y las alternativas reales que la situación concreta impone.

La soberanía es la capacidad de un pueblo de autogobernarse y, por ende, del Estado para generarse un orden jurídico que es legítimo por sí mismo. Nada de esto existe en Venezuela. A los venezolanos les arrebataron por la fuerza sus derechos de ciudadanía. La odisea de Corina Machado para recibir el premio Nobel de la Paz, arriesgando su vida, es el mejor símbolo de ello. Digan que no les gusta Trump, digan que prefieren que siga el régimen de Maduro antes que una intervención militar de USA. Pero, por favor, no pretendan que están defendiendo la soberanía de Venezuela.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el sábado 3 de enero de 2026.

 

La izquierda y la caída de Maduro: trampas y caretas

Por Jorge Ramírez 

El Gobierno de Estados Unidos dio cumplimiento a su anuncio de ejecutar una operación de captura contra el narcodictador Nicolás Maduro. Se trata de un hito de carácter histórico y decisivo para la seguridad hemisférica, toda vez que desde el Palacio de Miraflores el régimen no sólo violó sistemáticamente los derechos humanos de sus compatriotas, reprimió y persiguió a la disidencia, cercenó libertades fundamentales y montó un fraude electoral, sino que además provocó hambruna y miseria, gatilló el éxodo de más de ocho millones de venezolanos y dirigió estructuras criminales que se expandieron por toda la región.

Políticamente, resulta imposible mantenerse al margen de lo que probablemente sea la noticia más relevante de este año 2026 que recién comienza. Tras conocerse los hechos, gobernantes y dirigentes de todo el continente se han visto obligados a fijar posición.

Pero vale la pena detenerse en la reacción de la izquierda en nuestro país.

Por un lado, está la izquierda chavista o abiertamente madurista. El Partido Comunista y sectores de la ultraizquierda han puesto el grito en el cielo, condenando con vehemencia la intervención norteamericana. No sorprende. No se trata de actores democráticos. Durante décadas han respaldado los regímenes de Cuba, Nicaragua, Corea del Norte y, por supuesto, el de Maduro, convirtiéndose en cómplices activos de la tiranía y la cleptocracia.

Luego está el grupo que, habiendo tenido afinidad ideológica con Hugo Chávez y algunos también con Maduro, ha ido tomando —por el peso de los hechos— una distancia calculada del régimen. ¿Se trata de una convicción real o de una maniobra táctica? No lo sabemos. En este segmento se ubican el propio Presidente Boric, parte del Frente Amplio, el llamado “Socialismo Democrático” y algunos remanentes de la izquierda democrática chilena.

“No es la forma” parece ser el concepto que los define. Han dejado de defender públicamente a Maduro, es cierto, pero les incomoda profundamente la intervención estadounidense y, desde la asepsia que dictan los tratados de derecho internacional, vuelven a invocar el diálogo, disfrazando su incomodidad con frases vacías del tipo “la crisis democrática se soluciona con más democracia”.

¿Qué es eso? Nada. Quimeras. Aproximaciones indolentes, miopes e ilusas frente a un problema de magnitud real. Los intentos de diálogo en Venezuela han fracasado por más de una década —ellos lo saben— mientras la comunidad internacional observaba de brazos cruzados la deriva totalitaria del madurismo y la angustia de un pueblo condenado a ver el colapso de su patria desde el exilio.

Entonces, de poco o nada sirve haber condenado al régimen de Maduro si se opta por la neutralidad o la indiferencia frente a la operación que pone término a su dominio.

Hay, además, una tercera dimensión que esta reacción deja en evidencia: la incapacidad de una parte significativa de la izquierda chilena para jerarquizar valores cuando estos entran en conflicto.

En este contexto, el principio abstracto de la soberanía nacional —cuestionable en el caso venezolano, toda vez que no existe un régimen democrático con legitimidad para arrogarse la soberanía popular— es elevado a dogma y termina pesando más que la liberación concreta de una sociedad sometida por una dictadura criminal.

El derecho internacional se transforma así en una coartada moral y no en una herramienta al servicio de la libertad. Se condena, con razón, el autoritarismo, pero se objeta el único hecho que efectivamente lo desactiva. Se lamenta el sufrimiento del pueblo venezolano, pero se cuestiona el mecanismo que le pone fin.

Y aquí es donde caen las caretas. La reacción frente a la caída de Maduro no es sólo un test de coherencia internacional, sino una radiografía ética de la izquierda chilena. Aquellos que condenan la dictadura pero relativizan su derrocamiento revelan que su problema no es tanto el autoritarismo en sí, sino quién lo ejerce y quién lo derrota.

La historia no recordará los comunicados tibios ni las declaraciones de equidistancia moral. Recordará, en cambio, quiénes estuvieron del lado de la libertad cuando ésta dejó de ser consigna y se convirtió en hecho.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el sábado 3 de enero de 2025.