Gobierno y Política
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Vea quienes son los responsables del desempleo:
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Hay que gastar bien los recursos:

La tendencia a la destrucción

Por Gonzalo Rojas
¿Qué lleva al ser humano a preferir la destrucción por sobre la construcción? ¿O, qué lo hace pensar que, para construir, primero hay que destruir?
Es un misterio, el misterio de la iniquidad. Por eso, cuando se aprecian señales de esa mentalidad destructiva, hay que ser muy cautos y muy sensibles. El problema está dentro del alma de quienes expresan —ya sea por la vía de la palabra, del gesto o del acto— alguna manifestación aniquiladora. Lo que pasa en el interior de esas personas no es pura cuestión de opción política o de resentimiento vital; es algo que merece mucho más respeto y atención, porque el afán destructor no pertenece a la naturaleza humana, por muy herida que esté.
Y en estos últimos días hemos tenido tres casos. Primero, el de un diputado del Frente Amplio, quien ha afirmado que Plaza Baquedano “es y seguirá siendo Plaza Dignidad”, y que “la protesta social es un derecho y mientras esos derechos no sean resueltos, ese malestar va a seguir incubándose en la población”. El eufemismo “protesta social” esconde todo el daño espiritual y material que provocó el octubrismo. La iniquidad sigue ahí, y parece dispuesta a estimular nuevos actos de destrucción.
Después vino el profesor de arquitectura de la PUC, quien ante la foto que una diputada republicana difundió sobre su participación en las fiestas nacionales, solo reparó en que, justo detrás de ella, aparecía el asta de una bandera nacional, lo que lo motivó a comentar: “una estaca le atraviesa la cabeza”. Sí, dijo “una estaca”, es decir, un palo u objeto alargado con punta en un extremo. No dijo “un asta”, o “un mástil”, inofensivos de por sí, sino una estaca. Es el mismo arquitecto que durante la pandemia, cuando alguien preguntó qué ocurriría si el Gobierno vetaba el proyecto de ley que permitiría el retiro de los fondos de pensiones, escribió: “una guillotina en la Plaza de Armas”. El rector Sánchez afirmó que no sabía si el comentario del arquitecto era “producto de la pandemia, si es producto de salud mental o si están sobreestimulados”, incluyendo a otro profesor de la misma facultad, por un comentario distinto. Y mientras el arquitecto de la guillotina se disculpaba y siguió en la PUC, el otro profesor aludido, sintiéndose legítimamente ofendido por el rector, renunció a la universidad. Pero se ve que, de la guillotina a la estaca, la tendencia permanece.
Finalmente, las infaltables Juventudes Comunistas. Un lienzo colgado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile afirma que “en Chile los pacos venden droga, violan, desnudan niños, matan y torturan; los criminales son ellos; no a la impunidad”. Quien, entre otros, aparece disparando con uniforme policial es el Presidente Kast; a su lado, la diputada republicana ya antes mencionada, parece dirigir la operación. La gráfica no puede ser más evidente: intento por destruir la imagen de Carabineros —a los pocos días, la institución sufría un mártir más—, intento por destruir la imagen del Presidente, intento por destruir la imagen de una diputada (el arquitecto que veía una estaca atravesándole la cabeza parece haber recibido apoyo inmediato desde las JJ.CC.).
El afán de destrucción es una tendencia misteriosa, decíamos al comenzar. No se lo combate “golpe a golpe”, sino “verso a verso”. Ante la palabra destructora, la palabra creativa; ante el gesto ofensivo, el gesto amable; ante la acción destructora, la defensa proporcionada, la denuncia pública de su gravedad y la petición de una sanción adecuada. Si no, este misterio de iniquidad seguirá expandiéndose. Y cuando viene de parlamentarios, profesores universitarios o jóvenes, mucho cuidado.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el miércoles 30 de septiembre de 2
Agravios y desagravios

Por Gonzalo Cordero
El establishment de la izquierda tiene una característica muy particular, para ellos –aunque solo respecto de ellos– la discrepancia es agravio. Están tan convencidos de que la justicia, y por ende el bien, está de su lado que no pueden evitar confundir sus posiciones con la verdad, así como pretender que sus líderes estén por sobre el juicio de la sociedad y de la historia. El siglo XX no conoció un gobierno más desastroso que el del expresidente Allende, pero su figura se ha romantizado e idealizado al punto que sólo recordar sus desaciertos da lugar a reacciones destempladas. Incapaces de analizar los horrores que antecedieron y sucedieron al colapso de nuestra democracia, con la responsabilidad que a él le cupo en todo aquello, exigen a los demás aceptar en silencio su interpretación maniquea de la historia.
Tras el fracaso de la expresidenta Bachelet en su postulación a la Secretaría General de la ONU, sus partidarios y amigos tenían todo el derecho de expresarle su apoyo y su consuelo. Renovar públicamente, en este momento adverso, la adhesión que sienten por su figura y por la gestión de sus gobiernos habría sido una actitud respetable y digna. Pero eso les resultó insuficiente, su conducta expresó la necesidad de revestir el acto como la reparación de un agravio.
Es que, a la hora de decidir la presentación de su candidatura, el entonces Presidente de la República Gabriel Boric no pensó que era razonable consultarlo con el presidente electo. Es fácil imaginar que, para él, esa eventual consulta era superflua e innecesaria ¿quién podría estar en desacuerdo? Inconcebible, absurdo. Que el presidente electo hubiera obtenido casi el sesenta por ciento de los votos y que representara la posición más contraria a su gobierno era simplemente un detalle, a lo más una nueva constatación de la influencia que tiene el dinero de los poderosos en la política, como gusta decir a un ex convencional para justificar la derrota de su proyecto constitucional.
La decisión de postularla fue, como se suele afirmar, “de Estado”; la del Presidente Kast, de retirar el apoyo es, en cambio, una ofensa, un agravio. Eso hace toda la diferencia. Entre hacer un acto a favor de alguien que admiran y aprecian o uno en contra de aquellos que los ofenden con su discrepancia, no pueden evitar preferir lo segundo. Hacer política así es electoralmente rentable, pero es muy difícil tener una democracia sólida y una sociedad exitosa cuando, en un sector relevante de la dirigencia política, predomina esa actitud.
También esta semana “las divisiones juveniles” de la izquierda volvieron a la calle, esa que durante los cuatro años recién pasados sugerentemente abandonaron. Cuando iban frente a la Casa Central de la PUC se encontraron con un grupo reducido de estudiantes de esa universidad cuya presencia, seguramente, los “provocaba”, por lo que procedieron a agredirlos con palos, lanzarles bencina y otros elementos, en “defensa propia”.
Bueno, ojalá esta columna no haya ofendido a nadie. Así estamos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera el sábado 3 de octubre de 2026.