Justicia y DD.HH.
Justicia y DD.HH.
Una necesidad URGENTE:
Nueva querella de Carla Fernández contra jueces prevaricadores
Señor Director:
En relación con el artículo de Carla Fernández Montero publicado el viernes 14, titulado “COMUNICADO”, vengo en comentar que en un fallo unánime, en la causa rol 11711-2015, la Sala Penal de la Corte Suprema —integrada por los ministros Hugo Dolmestch, Haroldo Brito, Lamberto Cisternas y los abogados integrantes Jean Pierre Matus y Jaime Rodríguez— determinó que la reapertura del caso Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana era justificada a la luz de nuevos antecedentes; en circunstancias que ellos eran absolutamente insuficientes para destruir la autoridad de cosa juzgada y que justificaran un recurso extraordinario de revisión.
Así fue como, treinta años después, en el año 2015, el ministro en visita Mario Carroza reabrió el “caso quemados” y determinó que los militares “rociaron los cuerpos de los dos afectados con combustible y les prendieron fuego”; en circunstancias que —como lo dictaminó el ministro Alberto Echavarría Lorca en 1986— la combustión fue producida por el volcamiento accidental de un recipiente con elementos altamente inflamables que llevaban los jóvenes para hacer barricadas y quemar vehículos de locomoción colectiva que no se hubieran plegado al paro de protesta durante el mes de julio de 1986; el “año decisivo” comunista (que consistía en llevar al clímax la agitación político-social y asesinar al presidente Pinochet, para luego mediante una sublevación popular, fuertemente armada, terminar con el régimen y tomarse el poder). Ese año tuvo lugar el atentado contra el presidente Pinochet; el asesinato a sangre fría del carabinero Miguel Ángel Vásquez Tobar y el del dirigente vecinal de la UDI Simón Yévenes delante de su familia; y la más voluminosa internación clandestina de armas jamás registrada en Chile y en el hemisferio, desembarcado por goletas pesqueras que habían recibido la carga desde barcos cubanos en alta mar. Todo esto en consonancia con lo que dictaba desde la Radio Moscú el alto dirigente comunista Volodia Teitelboim, quien había proclamado: “Será un año de combates titánicos”. En su sentencia de fecha 21 de marzo de 2019, plena de irregularidades, Carroza condenó al capitán de Ejército Julio Castañer González a 10 años y un día de presidio; pena que fue aumentada a 20 años por la Corte de Apelaciones y confirmada por la Corte Suprema. Castañer está actualmente privado de libertad, cumpliendo una pena de 20 años de presidio, por un delito que no ha cometido.
Atentamente le saluda.
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Carta a Maquiavelo

Niccolò:
Esta vez no llamo a la puerta de un santo.
A los santos se les pide un milagro. A ti se acude por un motivo menos piadoso. Las cuatro sílabas de tu apellido, con los siglos, dejaron de designar a una persona y pasaron a nombrar un método: “maquiavélico”, el rótulo con que se bautiza la frialdad calculada, el dominio sin piedad. Se busca, en fin, al único a quien nada de cuanto un Estado hace con sus condenados podría escandalizar. Al autor que cada tirano guarda en el velador.
La divisa con que te resumen —”el fin justifica los medios”— nunca salió de tu pluma. No figura en El príncipe ni en lugar alguno de tu obra: la acuñaron después, para tener a mano un veredicto portátil. Lo tuyo fue algo más incómodo y más exacto: que en las acciones de los hombres, y sobre todo de los príncipes, si guarda al fine —se mira el resultado—. De acuerdo. Mirémoslo. Cuando lo obtenido es un moribundo en su celda, tu regla no exculpa a quien manda; lo desnuda.
La leyenda miente de raíz, y tu propia vida fue la primera en desmentirla.
Antes de ser un insulto fuiste un servidor público. Catorce años en la República de Florencia: secretario de la segunda cancillería, secretario de los Diez que conducían la guerra y la diplomacia. El poder no lo aprendiste en los libros; lo miraste de frente. Negociaste ante el rey de Francia, ante el emperador, ante el papa. Seguiste a César Borgia por la Romaña y registraste, sin apartar la vista, la mañana en que aquel duque exhibió a su lugarteniente, Remirro de Orco, partido en dos sobre la plaza de Cesena, un cuchillo ensangrentado al lado. Aquel pueblo amaneció —son tus palabras— “satisfecho y atónito” a la vez.
Conociste el teatro del castigo mucho antes de teorizar sobre él. Lo llamaste un “espectáculo feroz” y consignaste su eficacia. Por páginas así te llaman monstruo; por páginas así conviene leerte, porque nadie describió mejor la maquinaria desde adentro.
Desconfiabas de los mercenarios, que pelean por la paga y desertan por la paga, y armaste en su lugar a los ciudadanos.
Administraste dineros del erario y saliste sin fortuna: de tu honradez, afirmaste, daba fe tu pobreza. Nada del cínico de la caricatura: un patriota y un republicano, formado al servicio de un orden político que, mudada la mano que lo regía, después habría de devorarte.
La República cayó en 1512. Los Medici regresaron tras el saqueo de Prato, donde tu milicia se desbandó ante el asalto español. Y bastó que, en febrero siguiente, figurara tu nombre garabateado en un papel —una lista de unos veinte nombres vinculada a la conjura de Boscoli y Capponi— para que el nuevo régimen de la ciudad a la que habías servido no perdiera un minuto. Sin prueba. Sin más vínculo con la conjura que la tinta de ese renglón. La culpa por asociación: un invento que no ha envejecido.
Vino la cuerda: el tormento que alza al preso por los brazos atados a la espalda y lo suelta a medio caer, hasta descoyuntarlo. Seis veces lo soportaste, sin confesar. Desde la celda le enviaste a Giuliano de’ Medici un soneto que aún se conserva: sei tratti di fune in su le spalle — seis tirones de soga sobre los hombros—, y anotabas, con sorna dolida, que así se trata a los poetas. A los cabecillas los decapitaron; a ti te salvó el azar de un cónclave, la amnistía con que se festejó la elección de un papa nuevo, un Medici. Y tú, cuyo apellido el mundo escupe como sinónimo del oficio del verdugo, fuiste entonces quien quedó suspendido de esa cuerda.
Después, el destierro. Una granja en el campo toscano, la estrechez, el tedio. De día cazabas tordos y jugabas, entre disputas a gritos, con el carnicero y el molinero de la taberna; de noche —lo contaste en la misiva más célebre que desterrado alguno haya escrito— te despojabas de la ropa embarrada, vestías panni reali e curiali, paños dignos de una corte. Entrabas a conversar con los antiguos en tus libros; durante cuatro horas no temías la pobreza ni la muerte. En aquel escritorio compusiste el opúsculo que habría de condenarte y de hacerte inmortal. Te habían quitado el cargo, el sueldo, la ciudad. La dignidad no supieron confiscarla, y el régimen, en tanto, te daba por acabado.
Nada de esto se cuenta para compadecerte: lo habrías detestado. Tampoco para levantarte un pedestal. Redactaste líneas que todavía hielan la sangre y elogiaste espantos con pulso de cirujano; no hace falta absolverte para escucharte, ni convertirte en mártir para reconocer lo que te hicieron. Basta mirarte sin recortes. Así, sin absolución y sin bronce, comprendes como ninguno lo que vengo a denunciar.
Defiendo a quienes envejecen y mueren tras las rejas de mi país, en causas que, por una regla de vigencia temporal, siguen sometidas a un procedimiento ya reemplazado: un rito escrito, secreto en su fase sumaria, donde un mismo juez instruye, acusa y falla. Aprenden los rostros de sus bisnietos por fotografía. Lo que padecen no lo suavizo con eufemismos: es la muerte previsible y evitable de ancianos bajo custodia estatal, la extinción lenta entre muros. El daño no lo inflige el tiempo, que carece de voluntad; lo inflige quien lo administra. El poder que los retiene se cree duro, realista, implacable: se cree, en una palabra, maquiavélico. No te ha leído.
Trazaste una línea que tus imitadores ignoran. Distinguiste la crueldad bien usada de la mal usada: la primera se ejerce de una vez, por necesidad, y se agota; la segunda se agranda a medida que dura. No hago mía esa distinción. La vuelvo contra quienes la invocan. Aun medida con tu vara, la que cae sobre mis defendidos es crueldad mal usada: no un golpe, sino un desgaste suministrado gota a gota, década tras década, contra quienes agonizan. Enseñaste que le iniurie si debbono fare tutte insieme —las ofensas, todas juntas— y que los favores, en cambio, debían dosificarse. Aquí se perfeccionó la fórmula inversa: la ofensa interminable, la clemencia jamás.
Hay en tus páginas una advertencia que debería desvelar a cualquier autoridad: el bien concedido a destiempo, arrancado por la necesidad, no se agradece, porque se juzga forzado. Ahí cabe toda la causa. No es raro que, cuando por fin se dicta el fallo que dispone la libertad o el traslado, el preso ya se apague o ya no esté; y la tutela tardía no redime: certifica que arribó después de aquello que debía impedir.
Formulaste además la regla de oro del manual: ser temido puede convenir; ser aborrecido, nunca, porque el odio es lo único que ningún trono resiste. Sostuviste que los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio; imagina entonces qué rencor siembra quien despoja a un anciano de lo poco que aún conserva —las visitas, la honra, la casa donde alguien le cierre los ojos—. Quien lo borra de la mesa familiar, quien lo deja consumirse entre rejas, cosecha justamente ese odio del que, según tu aviso, ningún dominio sale indemne. Y lo cosecha a cambio de nada: ningún fin legítimo de la pena exige que un anciano agonice entre rejas, y un cuerpo que apenas se sostiene difícilmente amenaza a nadie.
Añadiste que a un príncipe no le hace falta poseer todas las virtudes: le basta aparentarlas. Esa lección sí fue aprendida. Se aparenta justicia: se exhiben códigos y comisiones; se prometen condiciones dignas sobre el papel. Pero tú mostraste cómo mirar la verità effettuale della cosa —la verdad efectiva de las cosas—, no su figuración; y esa verdad no habita en el expediente, sino en el catre, en la enfermería sin médico de guardia, en la respiración que se acorta. Reconocerías el truco al primer vistazo: fuiste tú quien retrató el disfraz de la virtud sobre la sustancia del abandono.
El balance, dicho en tu propia moneda, resulta demoledor. En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio sentenciaste que un príncipe sciolto dalle leggi —exento de las leyes— es más ingrato, más voluble y más imprudente que el pueblo al que gobierna. Así funciona este engranaje: ni siquiera acierta a ser lo que finge. Feroz sin cálculo, severo sin provecho, temido tal vez y repudiado con certeza, todo para nada. Reprueba el examen del autor cuyo nombre cree encarnar. Mal maquiavelismo: la saña torpe que despreciaste.
No comparo la soga con la demora: comparo la lógica que las vuelve posibles, el instante en que se deja de ver a la persona y se ve apenas un renglón en una lista, un uniforme, un expediente. Mis defendidos conocen ese instante. No vengo a zanjar en esta carta la disputa sobre el pasado —no es esa la cuestión—; sostengo algo anterior a ella: ninguna condena autoriza a administrar una agonía.
Cambiar la forma de cumplirla no borra la condena ni extingue la pena. Impide que su ejecución imponga una muerte que la sentencia no ordenó. Lo que está en juego no es un favor, sino dos exigencias elementales: un proceso con garantías y, para quien se apaga, una forma de cumplimiento compatible con la dignidad, bajo techo propio.
He aquí la diferencia. De un altar se esperan milagros; de ti, un espejo. Santo no fuiste —el encargo te daría risa— y sabías, mejor que cualquier confesor, que ese aparato no responde ante el cielo sino ante sí mismo. Por eso no se pide intercesión: se pide tu mirada, esa lucidez sin ternura que rehúsa la palabra amable y le arranca la máscara a la razón de Estado. Y a quien la misericordia no ablanda, quizá lo avergüence todavía su reflejo.
Moriste rechazado por la República restaurada, sospechoso ahora de haber servido a sus adversarios: la rueda completa. Pocos meses antes le confiaste a un amigo que amabas a tu patria más que a tu alma: amo la patria mia più dell’anima. Esa es la frase que merece sobrevivirte, no la del monstruo que inventaron.
Hay una ironía final que reúne tu vida y la causa en una sola imagen. Florencia te sepultó sin honores. Doscientos sesenta inviernos más tarde, la misma ciudad te alzó un monumento de mármol en Santa Croce y grabó encima: TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM, ningún elogio está a la altura de tan gran nombre. Llegó el elogio. Llegó al polvo. Llegó más de dos siglos y medio después de la soga, del ostracismo, de las noches en el escritorio, de todo cuanto un hombre vivo pudo recibir y no recibió.
Eso combato. No la condena: el reloj, y detrás del reloj la mano que lo deja correr y a esa espera la llama justicia. No la celda, sino la muerte lenta en que desemboca.
Que este Estado no haga con los mayores de mi patria lo que Florencia hizo con su secretario. Que no aguarde a que sean piedra para descubrir que fueron humanos. Mis defendidos no disponen de doscientos sesenta años. Ni de dos. Que el Estado disponga hoy una forma de cumplimiento compatible con su edad y su salud; de lo contrario, el elogio póstumo no será desagravio, sino la confesión de una crueldad que pudo evitarse. Que sea, siquiera una vez, menos cruel que el maquiavelismo que invoca sin haber leído a Maquiavelo.
Toca despedirse, Niccolò, y hay una deuda rara: vine buscando una leyenda negra y encontré a un servidor triturado por la maquinaria que describió. No sales de esta carta con aureola ni con corona de espinas: sales como fuiste, lúcido y magullado, con el ingenio intacto y el decoro a resguardo, como aquella noche en tu escritorio. Me llevo tu lección; no acepto tu destino.
Y quede dicho, para que nadie alegue no haberlo oído: mientras un anciano agonice entre muros ajenos, mientras se vista de prudencia la demora y de orden la desidia, habrá quien se plante frente a la autoridad para exigirle —jamás para implorarle— que cumpla lo que juró. Porque hacer esperar a quien se está muriendo no es vencerlo: es abandonarlo lejos de los suyos, y eso, mientras haya voz, no sucederá en silencio.
Los que hoy gobiernan proclaman la humanidad en cada tribuna y la dejan apagarse, sin escándalo, lejos de toda mirada: han refinado la más callada de las traiciones, la que no rompe la palabra empeñada, sino que la deja vencer, como a los que la aguardaban. Ese abandono no llevó firma: bastó con no firmar nada. Tú, que conociste de cerca cuánto pesa la fe de los que mandan, la habrías nombrado sin rodeos. La historia, que todo lo cobra, no distingue al que clava el puñal del que aparta la vista mientras otro se consume: a ambos les reserva el mismo renglón.
Devuélvanles el techo, la dignidad y las horas que restan, ahora que aún respiran. Que se abra la puerta antes que la fosa.

Carla Fernández Montero
CARLA FERNÁNDEZ MONTERO
Abogada
Derecho Penal-Penitenciario