Política y Gobierno:



Política y Gobierno:

EL FUEGO AMIGO

¡No me ayude tanto compadre!

         Sabíamos que la cosa no iba a ser fácil. La situación económica deplorable del país y los altos índices de criminalidad aumentados desde que optamos por la democracia, debido a la marginación de todo aquello que nos había hecho grande como nación y nos había colocado a la cabeza de nuestro continente. Responsabilidad de la que muy pocos se escapan. La derecha que quiso irse al centro; el centro que se fue a la izquierda, hasta prácticamente desaparecer; la izquierda democrática contaminada por el PC -los causantes de las mayores desgracias en el mundo- y por su apéndice –el Frente Amplio- que le disputó el trono hasta conquistarlo. Y henos aquí -por vez primera- desde 1990 con un gobierno estrictamente de derecha, elegido por una amplia mayoría, cercano al 60% y sumidos en esperanzas en torno a recuperar el sitial del pasado.

Estos dos meses para el equipo de gobierno ha sido como entrar en un campo minado. Era absolutamente esperable y se supone conocido, por lo cual se extraña que no se haya traído el equipamiento correspondiente. Si bien, los soldados tenían sus créditos y diplomas, en algunos se ha evidenciado lo que comúnmente se conoce como “no tener calle”; es decir, experiencia política, ingrediente indispensable que no puede faltar en estas ligas mayores. Los vacíos y errores comunicacionales -algunos de silabario- entre ministros le están costando canas al mandatario, quien se las ha jugado por ellos. No creo equivocarme que, en su primera cuenta pública, anuncie un reajuste ministerial, es decir una “descontinuación.” Pero, lo más grave es que además de los obstáculos del adversario, la artillería propia ha quedado corta en sus fuegos y el gobierno ha estado recibiendo fuego amigo. Como decía el Tata, “los señores políticos” no pueden olvidar su ego y siempre o casi siempre, colocan sus intereses primero para obtener réditos futuros. Pero ojo, los chilenos estamos cada vez más avispados y puede que sus resultados les sean desfavorables. “Al que le quepa el sayo que se lo ponga”

Nuestro problema de falta de “money”, por una parte, es que el “mechero” nos dejó con un endeudamiento que supera el 42% del PIB (US$140 mil millones). Además, los negociados de las pseudas fundaciones y el “Caso Convenios” alcanzan los $90 mil millones. Las empresas públicas han tenido grandes pérdidas: Codelco $US. 595 millones (2023); TVN: $US. 27 millones aprox. (2023-2024); EFE: $US. 26 millones (2023); ENAMI: $US.78 millones. Por otra, el pago permanente durante más de 30 años en pensiones vitalicias, falsos exonerados, beneficios de salud, bonos e indemnizaciones a más 38.000 personas reconocidas por la comisión Valech, supuestamente víctimas de torturas –sin juicios- e indemnizaciones que el Poder Judicial ha concedido sin límite alguno, alcanza -según GPT- a cifras que van desde $US. 4.000 a $US. 8.000 millones. Los empleos públicos -según DIPRES- han subido a razón de 54.000 empleos anuales, con un costo aproximado de $US. de 3.000 a 5.000 millones. (Toribio ha presentado los principales rubros para no agotar a los parroquianos.)

Ante este descalabro, es obvio que todos tenemos que apretarnos el cinturón, pero es indiscutible que debe ser proporcional. El gobierno había estimado una disminución general de 15% del presupuesto, lo que despertó el llanterío de varis carteras; pero es razonable, porque, por ejemplo, el 2025 el Ministerio de las Culturas obtuvo un aumento del 48,5% con respecto al anterior, por un monto de $485 mil millones. Está “mal estirado el cuero del chancho,”, porque el presupuesto de la Defensa Nacional tuvo un recorte de $US de 38,5 millones, además de la postergación del Fondo Plurianual, cuyo monto se desconoce. (ojo lean la columna de Cristián Labbé. “La Paz también se defiende”) Hay que quitar la maleza de los fondos sociales, la burocracia. Un ex ministro de Pinochet hace unos años hizo un estudio que, si se repartían directamente los fondos de ayudas sociales entre los dos deciles más pobres, alcanzaba a $2,5 millones por familia.

En situaciones difíciles hay que tomar medidas de igual carácter. En la década de 1930, se rebajaron los sueldos de los empleados públicos. (Algunos doctos afirman qué, actualmente la remuneración promedio de los trabajadores para el Estado es de $ 964.453 mensuales, mientras que el promedio del país ganaba $ 635.134). Se redujo fuertemente el gasto fiscal, hubo despidos masivos en la administración pública y se congelaron los reajustes. Medidas semejantes se adoptaron durante el Gobierno Militar, especialmente en la crisis de los 80. Toribio las cita solo como antecedentes a considerar.

Los “señores políticos” hacen gárgaras con diferentes medidas para disminuir el gasto fiscal. Pero “mutis por el foro” cuando se trata de sus propias remuneraciones o de altas autoridades. Las pensiones vitalicias y otros pitutos que reciben los ex mandatarios; ojo con el presupuesto del Consejo Resolutivo de Asignaciones, que al parecer existiría bastante discrecionalidad para su administración -alarmantes gastos en combustible- cuyo monto no es menor: $60.638 millones, el 37 % del presupuesto total del Congreso.

“Hasta la vista baby”

Fernando Hormazábal Díaz

General de Brigada (R)

 

 

 

Así se fue la plata en tiempos de Boric:

 

 VEA:

https://www.instagram.com/reel/DSsHP83EQ1C/?igsh=MWh4NTJsYmpxYTR3MQ==

 

 

Estos son los patriotas de izquierda boicoteando el proyecto que busca hacer crecer la economía para poder ayudar a los chilenos y pagar la deuda internacional que dejaron:

 

 

 

 

La política de la envidia:

 

Y por eso el PC llama a movilizarse:

https://www.instagram.com/reel/DYLaVp9RRvm/?igsh=YTRkendtcXZnbmRj

La familia chilena

por Gonzalo Ibáñez Santa María 

Si alguna conclusión puede extraerse del estudio de la historia de Chile ésta es la de que, desde su origen más modesto, a mediados del siglo XVI, nuestro país se constituyó como tal por la agrupación de familias, las más de ellas, en un comienzo, formadas por la unión de gente del lugar con la gente española recién llegada; es decir, familias mestizas. Son ellas las que, a lo largo de la historia, le han dado su sello a Chile y las que le han permitido progresar durante estos años.

Sin embargo, desde hace ya más de 50 años, Chile comenzó a perder su fisonomía. Muy lentamente al comienzo, esta tendencia se ha visto muy acentuada durante los últimos treinta años y su rasgo predominante lo constituye precisamente el desvanecimiento de la familia chilena. Al debilitarse su núcleo esencial, es toda nuestra nación la que se ha debilitado paulatinamente, hasta el punto en que la vemos hoy cuando su continuidad y subsistencia se ven en grave riesgo porque la natalidad ha descendido de manera extremadamente severa. Es cierto que, entretanto, la expectativa de longitud de vida ha aumentado, por lo que el número de personas mayores ha crecido. Eso significa que cada día menos jóvenes tendrán que hacerse cargo de un número mayor de ancianos. Hasta que esos jóvenes se vuelvan también ancianos y que, al volver la mirada hacia atrás, se encuentren sin nadie a quien recurrir.

Chile siempre fue un país de natalidad alta, aunque alta era también la tasa de mortalidad infantil. El gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) tomó la decisión de bajar esta última tasa y así reducir el número de niños muertos. Pero, el medio elegido reveló que, en vez de enfrentar el problema de verdad, esto es, ¿cómo mantener vivos a los niños recién nacidos? Su “solución” fue por otro lado: ¿cómo lograr que haya menos niños y así disminuir en consecuencia el número de los que mueren? La respuesta fue la promoción masiva de los métodos anticonceptivos artificiales que venían de ser descubiertos y puestos en circulación. Se desligó así la vida sexual de su finalidad propia cual es la procreación de nuevas personas humanas. Fue este camino el que paulatinamente comenzó a seguir nuestra población.

A propósito de este tema, el Papa de esos años, S.S. Paulo VI, publicó su famosa encíclica Humanae Vitae, en la cual llamó a los cristianos a no producir esa separación y a dejar cada relación sexual abierta a la procreación, sea que ésta se practique en períodos de fertilidad como de infertilidad. Y sobre todo previno acerca del uso de estos métodos y de sus consecuencias, entre las cuales se cuenta esta caída libre de la natalidad.

También previno acerca de las consecuencias en la realidad del matrimonio. Como se sabe, a la procreación de una nueva persona sigue todo el proceso de su crecimiento y formación y, para eso, es indispensable la acción mancomunada de padre y madre para lo cual lo propio de nuestra condición humana es que la relación sexual abierta a la procreación tenga lugar entre una mujer y un varón unidos de por vida. Este es, por lo demás, el camino de perfección para ambos cónyuges.

Pero, al desligar la sexualidad de la procreación, el matrimonio pierde todo su sentido. ¿Por qué estar unidos de por vida? ¿Por qué esa relación debe practicarse sólo con una persona del sexo opuesto y no con varias ya sea coetánea o sucesivamente; o con personas del mismo sexo? De hecho, entonces, haber desligado la relación sexual de su finalidad procreativa dejó sin sustento al matrimonio como unión de por vida entre un varón y una mujer. Y, por lo tanto, dejó sin sustento a la familia. Poco a poco comenzaron en Chile a desaparecer las familias.

Todo lo cual se vio agravado por la consagración oficial del término de la institución del matrimonio propiamente tal, cuando se aprobó que pudiera ser disuelto por el divorcio como lo determinó la ley 19.947 de mayo de 2004. Dejó de existir el matrimonio y su nombre fue asignado a un trámite carente de toda significación que, por lo demás, no ha cesado de disminuir aceleradamente en nuestro país.

Es importante destacar cómo todos estos pasos se dieron con el partido demócrata cristiano a la cabeza. Este, a pesar de su nombre cristiano, les dio la espalda a las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre este punto. Incluso, recibió el apoyo de profesores de teología de la Universidad Católica de Santiago que, en declaración pública enseñaban cómo dejar de lado las enseñanzas de esa encíclica (Revista Mensaje, septiembre de 1968). Y, frente a ella, nada dijo el Cardenal Silva Henríquez, a la sazón Gran Canciller de esa Universidad, y tampoco nada dijo el Rector Fernando Castillo Velasco. Guardaron piadoso silencio.

Hoy sufrimos las consecuencias de tantos desatinos. Consecuencias que seguirán ahondándose en la medida en que la población chilena continúa aferrada al egoísmo que implica negar a la sexualidad su finalidad procreadora. La familia chilena brilla por su ausencia.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el sábado 4 de abril de 2026.

Dos promesas

Por Fernanda García 

Es sabido que el déficit fiscal estructural fragiliza la institucionalidad democrática, pero el tenor de las discusiones recientes hace preciso recordarlo. Las finanzas públicas en Chile enfrentan un desajuste crónico: el gasto permanente supera los ingresos estables. El Estado no está en quiebra, pero sí hipoteca la estabilidad institucional si no enfrenta con decisión el problema. ¿Por qué el debate público omite el foco si, al menos en off, se comparte transversalmente el diagnóstico?

Hasta ahora, parte importante de la oposición reincide en consignas que eluden la discusión seria y evocan 2019. La rebaja de primera categoría (otrora propuesta por el ministro Marcel) es para los ricos, el ajuste fiscal es un recorte social y la racionalización, una excusa para aniquilar al Estado. Al tomar este camino, la oposición incumple su deber de legislar y fiscalizar, y se resta de ofrecer un proyecto político alternativo viable (lo que el PDG, dicho sea de paso, no ha tardado en capitalizar).

El deber del Gobierno, que compromete moralmente al Estado chileno en su conjunto, es cumplir en este ámbito dos promesas, y no una. Promesas que corresponden en realidad a dos necesidades sociales profundas: salir del estancamiento revirtiendo el déficit estructural, sin recortar beneficios sociales. Ni más ni menos. Quienes están en La Moneda deben recordarle a la ciudadanía que ese es el desafío para el que fueron elegidos. Explicarle a la gente que romper el déficit estructural es dejar de pagar intereses millonarios: es un medio indispensable no solo para crecer, sino también para liberar recursos para gasto social.

Algunos, especialmente en la oposición, parecen olvidar esta dualidad. Si la voluntad ciudadana se hubiese limitado a comprometer asistencialismo, Jeannette Jara sería Presidenta. Pero en diciembre, y sin renunciar a los beneficios sociales conquistados, los chilenos eligieron salir del estancamiento y optaron por quien prometió reducir el gasto fiscal. La opción por el marcado cambio de rumbo muestra que los derechos son valiosos, pero no alcanzan para llenar el alma nacional. El problema de los chilenos es la inseguridad en un sentido amplio: física, ante el crimen; civil, ante la migración ilegal, las tomas y la destrucción del espacio público, y económica, ante empleos frágiles, falta de expectativas y la sospecha de que el país dejó de premiar el esfuerzo.

Porque esos anhelos son también espirituales además de materiales, las acciones emprendidas por la autoridad necesitan ser explicadas con franqueza, rigor y emoción. La revisión actual del gasto fiscal se inserta en ese contexto, no en un capricho, sino en un desafío imperativo doble. ¿Cómo lograrlo? La respuesta descansa en una distinción fundamental que inexplicablemente recién aparece. No es lo mismo recortar beneficios sociales que reducir los montos de partidas asociadas a esos beneficios. Si el destinatario final recibe lo mismo, el derecho permanece intacto, pero el recorte es posible eliminando duplicidades, subejecuciones y fraudes. No hay ahí retroceso social, sino una administración responsable de recursos escasos, que honra el compromiso adquirido con la ciudadanía.

El concepto de fraude social merece ser atendido. Los chilenos necesitamos entender que cada peso que se filtra por abuso o ineficiencia es un peso que no llega a quien sí lo necesita. Así como acertadamente se persigue la trampa tributaria o la corrupción estatal, es preciso visibilizar que saltarse la fila no es viveza: es quitarle a otro. Hablar de cómo la evasión en el transporte, las condonaciones de deudas y los abusos en licencias médicas o gratuidad universitaria premian a quien no paga y perjudican al que cumple con esfuerzo. El mensaje debe ser claro, y debe ser entregado tanto por quienes defienden derechos sociales, como por quienes creen que la seguridad es indispensable para el bienestar personal y la paz social.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el viernes 1 de mayo de 2026.