Declaraciones tardías

Por Claudio Hohmann Barrientos

Ahora, en la hora nona, cuando la tragedia de una nación hermana estremece al vecindario latinoamericano, se escuchan declaraciones tardías en la izquierda reconociendo que en Venezuela ya no hay democracia y que lo que allí impera es…, bueno, una dictadura en toda la línea.

Pero las señales tempranas del ominoso rumbo que tomaban las cosas en las tierras de Bolívar abundaron desde la misma entronización del socialismo del siglo XXI. Hizo falta mucha pereza intelectual, cuando no una plena connivencia con la revolución chavista, para ignorarlas del todo. Por el contrario, se requería una enorme dosis de coraje para reconocer desde una izquierda insensible que los valores esenciales de la democracia estaban siendo sistemáticamente trastocados, poniendo en severo riesgo la libertad y los derechos humanos de los venezolanos.

Imágenes desgarradoras de países lejanos ahora provienen de nuestra América Latina natal, haciendo doblemente doloroso el impacto de la tragedia: la de ciudadanos hambrientos hurgando en los basurales en busca de comida; la de niños y ancianos que desfallecen hasta la muerte sin disponer de los remedios más comunes que se encuentran en cualquiera de los países de la región; la de familias completas que deben emigrar en condiciones cada vez más precarias. Nada de eso conmueve a los que defienden el chavismo de Maduro, incluso en el seno del mismísimo Partido Socialista, pieza esencial de la Concertación de Partidos por la Democracia que gobernó nuestro país con singular éxito por 20 años.

El colapso de la economía era todavía más previsible, aunque sus peores efectos asombran incluso a los expertos. Hacer desaparecer la mitad del PIB nacional en cosa de años sin una guerra de por medio va en camino a convertirse en un récord mundial. Pero lo cierto es que el socialismo del siglo XXI no ofrece la más mínima idea sobre cómo crecen y se desarrollan los países. Solo pudo prosperar circunstancialmente al alero de un commodity exportado a buen precio -el del petróleo alcanzó niveles extraordinarios justo cuando gobernaba Chávez-. Terminado el superciclo, quedó al desnudo una política económica que se empeñó en ahogar toda fuente de creación de riqueza, incluso la del propio petróleo que pudo convertir a Venezuela en el primer país desarrollado de nuestro continente. Pero gracias al virus mortal de la «simple tontería», en palabras de Carlos Peña, se encuentra ahora en el grupo de las naciones más pobres del mundo.

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