Panem et circenses

Fernando Villegas Extractado de  La Tercera 13 de DiciembreVillegas

Lo que fracasó en Venezuela y ha sido debidamente castigado el pasado domingo, lo que fracasó en Argentina y fue vapuleado como se lo merecía, lo que una vez acabado el boom gasífero fracasará en Bolivia y seguramente sacará del escenario al folclórico señor Morales y su ambición de perpetuarse en el poder y mojar sus patas en el Pacífico, lo que fracasó en Brasil y lo tiene al borde de una depresión y de un impeachment a su presidenta, a quien tal vez saquen, pero -y con todo respeto- también lo que está fracasando en Chile aunque todavía a dos años de decidirse si se saca o no a los culpables, todo eso que fracasó es, con todas las variantes del caso, un modelo o la ambición de erigir un modelo social, político y económico cuya definición positiva, su “qué es”, todavía no la conocemos y quizás ni siquiera exista, aunque sí su definición negativa, qué NO es o más precisamente qué NO QUIERE ser, de qué desea alejarse.

Maduro

Este “nuevo modelo” como se lo denomina en Chile -“revolución bolivariana se lo llama en Venezuela- no quiere ser neoliberal, no quiere ser puro mercado, no quiere permitir las desigualdades, no quiere seleccionar entre buenos y malos, no quiere discriminar entre una cosa y otra conforme a su cualidad o mérito, no quiere usar la fuerza pública, no quiere poner al orden social en el primer lugar de la lista ni tampoco quiere poner el crecimiento en el primer lugar de la tabla; su meta es implementar mediante pases mágicos capaces de convertir las palabras en hechos un catálogo de expresiones piadosas ya instaladas en la imaginación popular y que harían lagrimear hasta a Atila el Huno: equidad, justicia, empoderamiento, probidad, igualdad y Pascua feliz para todos.

El modelo propuesto en Chile como “la novedad del año” no es sino un atado suelto de cosas. Pero, ¿qué importa? Cada una de esas cosas suena bien y son irrebatibles. Otra ventaja: todo el mundo las conoce porque se trata de lugares comunes provenientes de la más cacareada de las éticas, la profesada desde un púlpito o un cajón azucarero desde tiempos inmemoriales. Ante ella sólo cabe ponerse de pie y luego de hinojos.

nueva mayoría

El único elemento material tangible de este vaporoso modelo es su enorme propensión al gasto. Su afán es el reparto a destajo, política que dura mientras dura la plata. Al Partido de los Trabajadores de Brasil le duró hasta la llegada de Dilma Rousseff y al Partido Socialista Unido de Venezuela le ha sucedido lo mismo con Maduro, pero a  la NM chilena ya se le agotaron los recursos que existían desde hace años y hoy cantinflea lastimosamente ante una masa enfurecida que se siente estafada.

Es de ese modo como terminan estos regímenes dados a aplacar una sed de revancha disfrazada de justicia y una orgía de reparto disfrazada de equidad; terminan con sus partidarios sintiéndose timados y más enojados que nunca, más desbocados que nunca, incontrolables e incontrolados. ¿Qué podía esperarse? No es baladí demoler el orden, la disciplina y el esfuerzo para sustituirlo con el sueño del Pibe, esto es, con la repartija universal a base de maná cayendo del cielo. El maná toma hoy en día la forma de paquetes de tallarines, tablets, taxis o bonos, todo lo cual se acaba más temprano que tarde. Las amplias avenidas de la historia no traen más regalos. A la pasada se evapora la disciplina, el esfuerzo parece innecesario, la rabia crece y la violencia se instala. Es el caso de Venezuela, donde Caracas llegó a ser la ciudad más violenta del mundo.

La Moneda

Surge aquí una vez más la interrogante: ¿En qué consiste este modelo que en realidad no lo es? ¿A qué apunta? ¿Al socialismo? No nos parece. Vagamente, confusamente, tiende a una estructura económica donde el Estado NO se hace cargo de la gestión de las empresas (ya se enteraron que eso no funciona), sino las controla y hasta extorsiona como hacían los capos de Chicago, quienes en vez de adueñarse de cada negocio les exigían pagos por “protección”. Pueden llamarla economía semidirigida, como la China, donde dicho sea de paso también reina una inmensa corrupción. Es este un todavía balbuceante modelo de sociedad que ni siendo socialista ni tampoco puramente capitalista instala una oligarquía perpetua -cuenten los presidentes latinoamericanos que han estado intentando cambiar las constituciones para eso- apoyada en una masa clientelística de grandes dimensiones y usando un discurso populista como mecanismo de legitimación. Es, en suma, lo que el poeta romano Juvenal bautizó hace cientos de años como “panem et circenses”, pan y circo.

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