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“Disocia la realidad”: la crítica de exoficiales a la indicación del Gobierno a las RUF

Por : Andrés CárdenasPeriodista El Mostrador

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El capitán de corbeta (r) Richard Kouyoumdjian y el general (r) John Griffiths están de acuerdo en la importancia de tener un reglamento claro sobre uso de la fuerza, pero argumentan que la distinción propuesta por La Moneda sobre género y nacionalidad no refleja la realidad en las calles.

La discusión del proyecto de ley que busca regular las Reglas del Uso de la Fuerza (RUF) en las policías y Fuerzas Armadas, en el contexto del control del orden público y la lucha contra la delincuencia, no ha estado exenta de polémica.

Una indicación del Ejecutivo ha generado incertidumbre tanto en la oposición como en el oficialismo. Específicamente, la parte que establece que “los reglamentos regulados en el presente artículo deberán considerar especificaciones para un uso diferenciado de la fuerza en los casos en que exista presencia de niños, niñas o adolescentes, mujeres, diversidades sexuales, personas con discapacidad, migrantes, indígenas o personas adultas mayores”.

Esta disposición llevó a la ministra del Interior, Carolina Tohá, a salir a explicar la propuesta. Según la secretaria de Estado, esta indicación no es nueva y, de hecho, no introduce nada novedoso con respecto a lo que se presentó hace meses. Sin embargo, las críticas no han sido solo de parte de parlamentarios, sino que también desde el mundo militar presentan reparos frente a la indicación del Gobierno.

Exoficiales castrenses conversaron con El Mostrador sobre este tema y, si bien concuerdan en la necesidad de contar con un reglamento claro, plantean que la diferenciación que propone La Moneda no solo se aleja de la realidad en las calles, sino que también estaría “sobreteorizando” y “disociando” la realidad en las calles. Incluso, señalan que la indicación resta efectividad a la norma que se está tratando de implementar, en discordancia con estándares internacionales.

El capitán de corbeta (r) Richard Kouyoumdjian, experto en seguridad, defensa y guerras modernas, si bien no está de acuerdo con el uso de fuerzas militares para fines de seguridad pública, afirma que lo presentado por el Gobierno es “poco práctico, completamente alejado de la realidad que se vive en la calle, e inoperante para tropas desplegadas en centros urbanos”.

Richard Kouyoumdjian, experto en seguridad, defensa y guerras modernas.

“Desconozco en qué estaba pensando el Gobierno cuando las envió”, cuestiona el experto en defensa, recalcando que “las reglas tienen que ser simples”, ya que exigir aplicaciones diferenciadas por minorías o nacionalidades “es muy difícil de aplicar”.

A juicio de Kouyoumdjian, el mensaje final es que se está colocando en la calle a fuerzas “sin capacidad de acción”, lo que de paso siembra dudas en torno al debate sobre la Ley de Inteligencia.

“La verdad es que es difícil entender al Gobierno y esto no me da buena espina respecto de lo que van a enviar en inteligencia”, comenta.

Teorizar más allá de lo conveniente

Coincide con Kouyoumdjian el general (r) John Griffiths, exjefe del Estado Mayor del Ejército y experto en Seguridad y Defensa Nacional, para quien las Reglas del Uso de la Fuerza tienen que ser “normas generales” o “principios” que la fuerza militar entienda a cabalidad cómo aplicar.

Dice que no hay precedentes internacionales conocidos que restrinjan el legítimo derecho que tienen las unidades para defender su integridad física como soldado, como carabinero o como policía.

“La legítima defensa opera cuando una persona va a afectar la integridad física de un policía o un militar, y en el cual incluso está en riesgo su propia vida o la de un camarada o la de personas civiles inocentes”, explica Griffiths, por lo tanto –sostiene–, “aquí no importa que el tipo sea inglés, de un país asiático o de un país sudamericano, o su condición sea A, B o C, eso no es lo relevante, lo relevante es la conducta de la persona”.

Cabe mencionar que, en defensa de las indicaciones del Gobierno, la ministra Tohá apuntó a que los artículos en discordia hacen referencia a la fase disuasiva de las policías. Es decir, el momento en que las Fuerzas de Orden intentan dialogar con los manifestantes antes de utilizar sus armas de servicio.

Y con eso está de acuerdo al general (r) Griffiths. “Si ese migrante se aproxima a conversar contigo, no hay un problema”, señala. Sin embargo, plantea la pregunta: “Si se aproxima con una bomba molotov, ¿qué tiene que ver que sea migrante?”.

“Yo creo que se hizo un tremendo error, porque en este tipo de cosas las Reglas del Uso de la Fuerza están hechas para sancionar conductas y no la condición de origen de quien desarrolla un determinado acto hostil o no hostil a la fuerza”, afirma Griffiths.

Con el resto del reglamento, el experto en Seguridad Nacional está de acuerdo, pero le parece que se ha llegado a un ejercicio de “sobreteoría”, de “teorizar más allá de lo conveniente”.

En su opinión, se ha “sobreteorizado” al punto de llevar el ejercicio a niveles como estos en los que se están haciendo ya distinciones de la persona que desarrolla la conducta, cuando el punto de fondo –a su juicio– es otro. “El punto es sancionar la conducta”, remarca.

John Griffiths, exoficial de Ejército.

Griffiths es categórico, no está a favor de un uso de la fuerza irracional, pero llama a dejar de lado el exceso de teoría y laxitud. “Pretender que las fuerzas, cuando te estén disparando, estén en la calle, van a poder distinguir respecto de todo lo que se te pide que tienes que hacerlo, perdónenme, es un desconocimiento de la realidad, una disociación de la realidad, una disociación de la forma en que las cosas ocurren”, sentencia.

Según el exmilitar, esta “disociación de la realidad”, al punto de “extremar” el tema, a lo que llega finalmente es a que “no va a ser efectiva la norma que se está tratando de imponer”.

Aclara que los militares reciben una instrucción y saben cómo tratar en distintas situaciones, incluyendo la guerra. Pero, en este caso, advierte, si no hay reglas claras y le dan la responsabilidad de intervenir centros urbanos, “les están restringiendo las atribuciones”.

Dejar claras las RUF, para el exoficial, es muy valioso para evitar “desgracias complejas”.

En línea con las declaraciones de los exmilitares, dentro de los parlamentarios existe acuerdo en que la manera de actuar con mujeres y niños o niñas debe ser diferente a la hora de controlar el orden público. Sin embargo, hay dudas respecto a que los migrantes deban ser tratados de manera diferente. Estos reparos no solo vienen desde la oposición, sino también de diputados oficialistas que mostraron sus dudas ante la posible implementación de esta reforma, como la presentó el Ejecutivo. Además, desde la derecha criticaron duramente al Gobierno y adelantaron que rechazarán la indicación tal como está.

Así como está el reglamento, según Kouyoumdjian, “no va a pasar por el Congreso”.

 

 

 

 

 

Sobre la recaudación tributaria en Chile

 

 

 

Pablo Ortúzar

Columna de Pablo Ortúzar: Esto es el Partido Comunista

OPINIÓN

La Primera Guerra Mundial generó una serie de desequilibrios políticos en Europa. Sus costos humanos fueron mucho más allá de lo esperado, tanto en vidas como en sufrimiento. Las élites que condujeron a sus pueblos hacia ese matadero, especialmente en los países derrotados, quedaron casi completamente deslegitimadas: muchas monarquías cayeron, muchos altos mandos militares fueron pasados a retiro, la carrera de bastantes políticos llegó a su abrupto fin. La herencia del siglo XIX se apagó en pocos años. Millones de desmovilizados volvieron humillados a sus hogares con la nostalgia por las pasiones del frente, el nacionalismo y la camaradería, viva en sus corazones. Luego, el orden republicano que emergió en muchos países debió luchar contra un trasfondo autoritario, colectivista y espartano. Fueron repúblicas que brotaron en medio de un imaginario no propiamente civil, democracias asediadas por fantasías militares y militantes, donde el individuo mantenía valor sólo como parte del conjunto.

Es en estos tiempos que las vanguardias totalitarias (pues aspiraban a órdenes estatales totales) que protagonizarán la Segunda Guerra Mundial comienzan a calentar motores. Son tres las más importantes: el comunismo soviético, el fascismo italiano (con una variante en el franquismo español) y el nazismo alemán. Sus historias están entretejidas: los bolcheviques triunfan en Rusia traicionando y asesinando al resto de la izquierda, tanto a moderados como a anarquistas. En Alemania, en cambio, los socialdemócratas enfrentan duramente a los comunistas, que son rematados por los nazis. En Italia el fascismo surge como una corriente ultra-nacionalista escindida del propio Partido Socialista (Mussolini, recordemos, fue militante y redactor del principal periódico del Partido Socialista Italiano). España, finalmente, es un laboratorio extraño que hace de prólogo a la Segunda Guerra: Franco es apoyado por nazis y fascistas –a veces con el simple interés de probar la eficacia de ciertas armas-, mientras que el bando republicano recibe, en teoría, ayuda soviética. Pero los soviéticos, tal como retrata Orwell en “Homenaje a Cataluña”, se van mostrando cada vez más interesados en cazar anarquistas y trotskistas que en combatir a los fascistas.

En el Chile de esos años se replican las mismas corrientes que en Europa. Eso sí, la falta de legitimidad política de las élites locales no nace de la guerra sino de lo contrario: el reencuentro amistoso de los bandos oligárquicos de la Guerra Civil de 1891 en la república parlamentaria, que deja a todos sus miembros jugando a la silla musical hasta el hundimiento del gobierno de Juan Luis Sanfuentes en 1920. Por otro lado, hay importantes colonias en Chile de casi todos los países europeos beligerantes, y el tráfico de ideas y propaganda es expedito. Y, por último, hay una nueva clase media con capacidad de fuego, vinculada a la profesionalización de las Fuerzas Armadas. Es en este contexto que se fundan el Partido Comunista Chileno (1922), el Partido Nacista Chileno (1932), la Milicia Republicana (1932) y el Partido Socialista de Chile (1933), entre otros muchos movimientos y organizaciones. Todos amigos, en esos años, de los uniformes, las brigadas, los desfiles y las pistolas.

El fin de la Segunda Guerra Mundial condenará el destino de nazis alemanes y de fascistas italianos, así como el de sus filiales de admiradores internacionales. Los comunistas soviéticos no sufrirán el mismo destino básicamente porque Hitler en 1941 rompe el acuerdo de 1939 con Stalin, lo que lleva al segundo a aliarse con el bando que resultará ganador. En términos de masacres, persecuciones, saqueos, violaciones en masa, limpiezas étnicas, campos de concentración, desapariciones forzadas, antisemitismo y genocidio, lo cierto es que la Unión Soviética de Lenin y Stalin jugó en las mismas ligas que el nazismo de Hitler (ver “El libro negro del comunismo” de 1997 editado por Stéphane Curtois, y “Hambruna roja”, 2017, de Anne Applebaum). Sin embargo, toda su barbarie quedó revestida de legitimidad y olvido por el inmenso aporte que significó el aparato militar soviético para derrotar a la Alemania nazi, aunque el costo fue dejar a la mitad de Europa bajo las garras de Stalin.

Durante todo ese periodo, el Partido Comunista de Chile siempre fue fiel a la Unión Soviética. Y lo que admiraban en ella era justamente su inhumanidad específicamente rusa: el culto al líder –heredado del culto imperial oriental romano,- y la idea de que el pueblo podía resumirse en la voluntad del Partido y la voluntad del Partido, a su vez, concentrarse en el puño del jerarca. Los comunistas chilenos no podían más de júbilo cuando entre 1944 y 1947 -lo que duraron los buenos términos entre las fuerzas aliadas y Stalin- Chile mantuvo relaciones oficiales con la URSS. Y cuando esas relaciones se rompieron (ver “González Videla, el traidor de Chile” de Neruda, 1950), no dudaron en redoblar su compromiso con el estalinismo (ver “Oda a Stalin” de Neruda, escrita en 1953), aunque fuera en la clandestinidad (1948-1958). La persecución sufrida en ese periodo, Neruda en burro por la cordillera incluido, no los hizo valorar más las libertades fundamentales del orden democrático y los derechos humanos, sino menos. Diez años después de recuperar su legalidad, aplaudían con descaro la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas soviéticas. Nada con la primavera de Praga. Hasta los revolucionarios cubanos, en línea con el juicio de Moscú, les parecían dudosos: chascones, bravucones, voluntaristas, quizás indisciplinados. Los aplaudían igual, pero con precaución (ver poema “A Fidel Castro” de Neruda, de 1960). Y esta desconfianza, hay que decirlo, se extendía también a Salvador Allende, a quien los informantes y las autoridades soviéticas terminaron por considerar poco útil para su causa. De ahí que no llegara ayuda desde la URSS, pero que los jerarcas chilenos fueran rápidamente trasladados al otro lado del muro de Berlín una vez ocurrido el golpe.

Viene entonces el segundo periodo de persecución y clandestinidad del PC chileno: desde 1973 a 1990. Y fue una persecución brutal, con varios comités centrales asesinados y muchos militantes torturados y desaparecidos, que los convenció de que el camino de salida de la dictadura era la lucha armada. De ahí nace el FPMR. Decenas de jóvenes comunistas mal entrenados mataron y murieron con las armas traídas desde Vietnam e internadas por la costa. Luego no se sumaron a la Concertación de Partidos por la Democracia. No querían una transición pactada, sino una victoria militar que los llevara a la cabeza del Estado. Nunca la obtuvieron, y Gladys Marín, una vez que sucedió a Volodia Teitelboim –ya regresado de Rusia- a la cabeza del PC, se dedicó simplemente a lamentarse por ello y abrazarse con la viuda del último dictador alemán, Erich Honecker (muerto en Chile en 1994). Eso los dejó en el frío desde 1990 hasta 2014, cuando, habiendo ya Marín sido reemplazada por el más pragmático Guillermo Teillier, Michelle Bachelet los lleva de vuelta al poder.

Los cargos y los sueldos estatales claramente les han sentado bien a los comunistas, y un hábil manejo les ha permitido ganar y ganar influencia, pero nunca han renegado de su posicionamiento histórico: siempre al otro lado del muro, aunque el muro ya no exista. Cultivaron relaciones políticas estrechas con las FARC colombianas entre 2003 y 2008 (que se hicieron públicos el 2015, cuando se capturó un computador de uno de los líderes de las FARC) y han defendido, sin pestañear los regímenes de Cuba, Venezuela, Nicaragua (el “feminismo” actual no alcanza para tomar distancia de Daniel Ortega, acusado de abusos pedófilos sistemáticos por su hijastra, Zoilamérica Narváez), Corea del Norte, Bielorrusia, Irán y Rusia cada vez que ha sido posible. Declaración tras declaración (todas públicas, googlee si no me cree), el PC chileno canta loas a todos los que perciban como “enemigos del imperialismo norteamericano”. Manuel Riesco celebrando el avance talibán en Afganistán no llama mucho la atención una vez que es puesto a la luz de los nexos internacionales de su partido.

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Es absurdo que la ministra Camila Vallejo diga que “algunos parecen no haber superado la Guerra Fría” cuando su partido emite rutinariamente declaraciones tales como: “El PC de Chile saluda la cooperación entre los pueblos de Irán y Venezuela, y nueva victoria sobre el imperialismo”, celebrando la ayuda iraní a la dictadura chavista a cambio de uranio para su programa nuclear. Este texto es del año 2020. Luego, en febrero de 2022, el PC sacó una declaración lamentando la guerra en Ucrania, pero aclarando que había sido precipitada por la OTAN. Desde ese momento, sin embargo, los diputados Carmen Hertz y Boris Barrera se han dedicado a defender sistemáticamente la invasión rusa a Ucrania repitiendo las consignas de la propaganda rusa (Zelensky tendría vínculos con “nazis”, y cosas por el estilo). EL 4 de abril de 2023 Zelensky sostuvo una videoconferencia con el Congreso chileno y comunistas y frenteamplistas se retiraron de la sala. Y bueno, si es por hablar de Guerra Fría, la primera reacción del actual Presidente del Partido de Camila Vallejo al secuestro y asesinato no aclarado del exteniente venezolano Ronald Ojeda fue culpar a la CIA. En suma, el PC chileno vive en y de la Guerra Fría, y pensar que la ministra Vallejo, que tiene fotos abrazando a Fidel Castro, lo ignora equivale a insultar su inteligencia.

En cuanto al discurso respecto a la “impecable historia democrática del PC”, que académicos y políticos ignorantes repiten siempre que pueden, es simplemente una pieza de propaganda del propio PC. Nada la avala: el PC chileno ha apoyado toda actividad subversiva en nuestro país que consideren que le suma al Partido. Trabajaron y defendieron la sublevación de la Escuadra de 1931 tanto como intentaron que la calle derribara al Presidente democráticamente electo Sebastián Piñera entre 2019 y 2020. Nunca han sido parte de los pactos democráticos entre fuerzas opositoras. Y su ideal de gobierno, según ellos mismos, no es la “democracia burguesa” sino el “centralismo democrático”: la farsa electoral de los regímenes de partido único.

El largo rodeo de esta columna ha tenido un objetivo: recordar que el Partido Comunista Chileno nació del impulso a las vanguardias totalitarias propio del ambiente político europeo posterior a la Primera Guerra Mundial (siendo la única de ellas que ha sobrevivido hasta nuestros días), luego asumió una identidad estalinista, y finalmente se convirtió en el aliado permanente de todos los enemigos del orden occidental surgido de la Segunda Guerra Mundial, orden en el que el Estado de Chile siempre se ha cuadrado con los aliados occidentales vencedores de esa guerra. Esta postura del PC implica, entre otras cosas, un rechazo frontal al capitalismo democrático, así como a la Pax Americana bajo la cual Chile logró sus mayores avances democráticos, económicos y sociales. Todos estos son hechos históricos, no opiniones.

También me he dado este rodeo para mostrar que no me mueve ningún tipo de “anticomunismo” místico. Escribí un libro, de hecho, confrontando la tentación de una teología política anticomunista (“El precio de la noche”, 2021). La doctrina leninista, la pretensión vanguardista, ciertos delirios de grandeza y de persecución (Juan Andrés Lagos tiene entrevistas de antología), son sin duda parte del Partido Comunista. Pero es su historia, más que sus doctrinas, la que permite entenderlos mejor. Y entender, también, lo que implica políticamente votar por ellos, asociarse con ellos o invitarlos a ser parte del gobierno.

Si esto es así, y no veo cómo podría negarse algo que el propio Partido referido grita a los cuatro vientos, el Presidente Gabriel Boric tiene un gran problema entre manos: él ha pretendido condenar a los regímenes autoritarios de izquierda de la región y condenar la invasión rusa de Ucrania, gobernando, sin embargo, con un Partido Comunista que los considera a dichos regímenes como aliados estratégicos en la lucha antiimperialista. ¿Con quién está antes la lealtad del PC? ¿Con Boric, el izquierdista blando y veleidoso, o con los camaradas y afines? Y hay más: ¿Es razonable que áreas críticas de inteligencia y defensa del gobierno de Chile queden en manos de los comunistas, si es que sus aliados internacionales son enemigos de los aliados internacionales históricos de Chile? ¿No es un descriterio, por poner un ejemplo, que Galo Eidelstein y su red de militantes permanezcan a cargo de la subsecretaría para las fuerzas armadas? ¿Le hace sentido a la mayoría del país que sea parte del gobierno un partido cuyos aliados internacionales son dictaduras y tiranías de todo tipo, y que miran con desconfianza y desdén a las repúblicas democráticas que el resto de los chilenos asumimos como modelo a seguir y aliados estratégicos? ¿Ve este problema el Presidente Boric, o le parece preocupante enfrentar lo obvio?

Pablo Ortúzar, investigador IES y CPP-UC.

 

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