Respeto a los héroes

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Por Otto Dörr Zeger
Academia de Medicina del Instituto de Chile Profesor de la Universidad de Chile
y Diego Portales

Una reciente portada de un semanario nacional ha sobrepasado todos los límites del respeto que se debe tener hacia los héroes. En este caso, el ofendido fue Arturo Prat, uno de los personajes más trascendentales de nuestra historia, a propósito del comentado espionaje que hicieran algunos marinos a sus compañeras en la fragata «Lynch». Sin cuestionar la gravedad de ese hecho, en absoluto corresponde que un medio se aproveche de un episodio tan mezquino como este para faltarle el respeto a un héroe nacional, a la Marina en general y a nuestra historia toda.

descargaEs curioso cómo se repiten en Chile hechos de tal naturaleza. El 25 de octubre de 2010 y el 16 de enero de 2011 publiqué en estas mismas páginas sendos artículos sobre un tema similar. Uno fue a propósito de la falta de respeto hacia la figura de Cristo en un programa de TV, y el otro, a raíz de la profanación de la imagen de la Virgen María llevada a cabo por un grupo de jóvenes ABC1 bajo los efectos del alcohol. Este año recién pasado no pude sino reaccionar ante la profanación de la iglesia de la Gratitud Nacional y de una imagen del mismo Cristo (12-06-16). ¡Y ahora esto! Es como para preguntarse qué está ocurriendo en nuestro país, como para que en él se den estas manifestaciones tan primitivas y tan poco frecuentes en el resto del mundo.

Los soviéticos quemaron iglesias, porque querían hacer desaparecer la religión, a la que consideraban «el opio del pueblo»; los nazis quemaron sinagogas, porque querían hacer desaparecer una raza, a la que consideraban «inferior» (¡y cuán equivocados estaban al respecto!); los musulmanes queman hasta hoy iglesias cristianas, porque viven todavía en el espíritu de las guerras medievales entre esas dos civilizaciones. Pero profanaciones de símbolos religiosos o de imágenes de dioses sin estar actuando al servicio de una ideología, así, gratuitamente, por el puro gusto, me son del todo desconocidas.

Se me dirá que no es lo mismo ofender a un héroe. Pero yo contestaría que también es muy grave, porque los héroes no son solo ejemplos de arrojo y valentía, sino también creadores de cultura, origen de los mitos y narraciones que van forjando la identidad de los pueblos. Porque Sócrates y Cristo también fueron héroes, porque fundaron una cultura y murieron defendiendo sus principios, y asimismo lo fueron los mártires de los primeros siglos del cristianismo. No me imagino a los griegos burlándose de Alejandro Magno, a los romanos de Julio César o a los franceses de Napoleón Bonaparte. conde-claus-von-stauffenbergTampoco a los alemanes mofarse del conde Claus von Stauffenberg, el gran héroe de la resistencia contra la tiranía nazi. Pero nosotros sí nos permitimos ofender al capitán Arturo Prat. Y digo «nosotros», porque a través de la mencionada portada, es todo el país el que se está burlando de su héroe, porque esa permisividad, ese querer sobrepasar permanentemente los límites, es algo que está en el aire y quizás el semanario en cuestión ni siquiera ha tenido la intención de ofender, sino que se limitó a transmitir esa atmósfera de falta de respeto imperante.

Como una forma de acercarnos a la esencia del héroe y a dimensionar su trascendencia -y, por ende, a la necesidad de respetarlo- quisiera reproducir aquí algunos fragmentos de la «Sexta elegía del Duino» del poeta austríaco Rainer María Rilke (1922): «Pero extrañamente próximo está el héroe / a los que murieron jóvenes. A él no le inquieta el durar. / Su ascensión es existencia y persistentemente se aleja para entrar / en la cambiante constelación de su continuo peligro…/ Pero el destino… entusiasmado de súbito / se lo lleva cantando al interior de la tempestad de su mundo estruendoso».

Los héroes casi siempre mueren jóvenes, porque atraídos por su acto heroico sacrifican la duración y se entregan al peligro en el que perecen. Y el destino, en cierto modo, se enamora de ellos y nos los roba a los demás mortales. Pero el héroe no solo desestima la vida, sino que también sacrifica a su madre y a sus amores, porque ante todo está su misión, fenómeno que el poeta describe magistralmente en los últimos versos de la elegía: «…Porque el héroe se precipitó a través de las estancias del amor, / mientras cada latido, cada latido de un corazón referido a él lo exaltaba / y, ya vuelto de espaldas, se irguió al final de las sonrisas: diferente».

Respetemos a nuestros héroes. Ellos constituyen lo mejor de nuestra historia y, como se ha dicho tanto, un pueblo que desconoce y traiciona su pasado tiene pocas posibilidades de consolidar un futuro.

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