¿Qué nuevos diagnósticos estamos esperando?
¿Qué nuevos diagnósticos estamos esperando?
¿Qué nuevos diagnósticos estamos esperando?
En el ámbito de la administración de justicia, nuestro país posee una estructura claramente definida en su ordenamiento jurídico, que no es del caso examinar en el presente artículo; sin embargo, sería de utilidad observarla cada cierto tiempo desde una perspectiva ética más amplia. Ello, con el propósito de no perder de vista qué mejoras se le podría incorporar en sus proyecciones hacia el mediano y largo plazo. Además, porque todos los ciudadanos estamos sometidos a las normas que lo rigen: desde los más altos cargos de la nación, atravesando los Poderes del Estado, hasta los más humildes y sencillos habitantes de este suelo.
A través de la historia, diferentes análisis y diagnósticos, han conducido a la definición de nuestro régimen de justicia, su funcionamiento, los pormenores de las actuaciones investigativas, las atribuciones policiales, los tribunales, el sistema penitenciario, y todo aquello que lo complemente. Nuestra legislación lo recoge en sus distintos niveles, se establecen los reglamentos, se elaboran planes, programas y políticas públicas para contribuir a esta delicada tarea. A la vez colisionamos con un detalle: en términos simples, se presume que todas las leyes se dan por conocidas por los ciudadanos, es decir, alegar su desconocimiento no implica conseguir algún beneficio para eludir responsabilidades frente a cualquier transgresión. (Por cierto, existen algunos estudios críticos sobre esta cuestión, pero esto opera así).
En la práctica, el tema de la justicia y todo lo relacionado con ella, es materia de noticia a diario, y de tanto aflorar en cuanto medio de comunicación existe, casi nos produce acostumbramiento. Enfrentamos hechos gravísimos, como el progreso sistemático del crimen organizado y sus consecuencias, que ameritaría un tratamiento aparte. Allí no hay delitos comunes de baja incidencia, sino un cáncer social mucho más complejo de atacar.
Algunos botones de muestra podrían ser útiles para reflexionar estas realidades, y quizás a partir de eso, encontrar maneras más efectivas para las diferentes situaciones que se deben abordar. A modo de ejemplo, con asombro, año tras otro conocemos informes y reportajes acerca de la situación carcelaria, en especial cuando se efectúan las periódicas visitas oficiales o de autoridades eclesiásticas. Cifras impresionantes relativas a hacinamiento.
Segregación inadecuada, complicaciones de seguridad, orden, higiene, infraestructura y otras. Dramas humanitarios de mujeres que cumplen condenas con hijos de corta edad, ancianos enfermos terminales que han muerto esposados a una camilla o en pasillos, personas con discapacidades, prolongadas estadías bajo prisión preventiva, en ocasiones resultando en inocencia, gendarmes desgastados e incluso algunos acusados de participar en redes delictuales, problemas sicológicos, sanitarios, de subsistencia, por mencionar algunos. De una efectiva “rehabilitación”, mejor no hablar.
Podríamos extendernos en un inventario de sentimientos y de situaciones trágicas, dolorosas para la sociedad, que nos limitamos a escuchar y callar. Asimilamos esto con cierta resignación; muchas veces sin visualizar cambios estructurales, cayendo con facilidad en la desesperanza.
No necesitamos esquivarlo, sino dedicarle un sentido de humanidad auténtico, cuanto más dolorosas resulten estas u otras realidades, pues al centro de todo aquello, está el ser humano como protagonista. Es imprescindible priorizar, ante realidades que están detectadas, verificadas, manifiestas. Y, ¿Cómo hacerlo? El estudio de la Ética nos enseña a abordarlo, por ejemplo, a la luz de las Virtudes humanas, para ayudarnos a vencer las indiferencias, las inercias. Utilizar la Voluntad para hacer realidad los buenos deseos o las medidas razonables de solución.
Las palabras son poderosas, pero insuficientes si no se llega a la acción. Un antiguo texto, del jurista y escritor Ángel Osorio, señalaba:
“¿Por qué el hombre es el señor de la creación? ¿qué aptitud tiene superior a todos? ¿Qué herramienta maneja? La palabra. Esa que es la manifestación del pensar y del querer, el órgano vivo del cerebro, del corazón y la voluntad. La palabra es el poder del espíritu frente a lo que nos apremia”. Trasladándolo a nuestro caso, palabras y apreciaciones tenemos muchas; hace falta ahora pasar de la palabra a la acción, cambiando lo que se necesita, como deber moral ante cosas tantas veces postergadas.
Si escarbamos entre los variados problemas que nos afligen, encontraremos numerosos asuntos sin remediarse, los cuales solemos eludirlos, sin ver cómo socavan los cimientos de nuestra convivencia, al mismo tiempo que pareciéramos desconocer su trascendencia en el tiempo.
Luego, podemos concluir que no estamos ante dificultades temporales, de la administración o de los gobernantes de turno, sino frente a algo mucho más grave: problemas éticos de la sociedad, no resueltos de tanto pasar por el lado.
José Gregorio Argomedo M.
Magíster en Pedagogía Universitaria. Profesor de Ética