Los anestesistas

Por  Fernando Villegasdescarga (4).jpg

Declaraciones hechas el martes pasado por el ministro Burgos y que examinaremos más adelante nos recordaron una experiencia insignificante en sí misma en ese momento, pero significativa al recordarla. La tuvimos cuando el gobierno de doña Michelle Bachelet recién empezaba o estaba por empezar. Sucedió en ocasión que fuimos invitados a participar en un evento en calidad de panelista, lo que hicimos en compañía de la madre del ministro Eyzaguirre, la conocida actriz Delfina Guzmán.descarga (5).jpgDicho sea de paso, Delfina sería aún más encantadora de lo que ya es si no repitiera siempre el consabido número de la dama de sociedad que en su amoroso progresismo de salón literario brinda por los trabajadores del hierro, el salitre y el carbón y condesciende en codearse con la plebe. O como se decía en el París del 900, con los “metecos”.

Mientras con Delfina nos acomodábamos para participar en el panel pudimos asistir a los momentos finales del anterior, una exposición a cargo de dos o tres periodistas jóvenes y progres, como es hoy curricular en dicha profesión. Dicha coincidencia, el que dos paneles se traslaparan por un par de minutos, debimos haberla ya olvidado por su cero importancia y trascendencia, desvanecida de la memoria histórica de la galaxia de modo tan contundente como los marchitos entremeses que se sirvieron en el coffee break del evento, pero tal olvido no se produjo porque hubo un detalle que hizo clic en nuestro stock mental de lecturas acerca de las revoluciones; en efecto, esos periodistas echados para atrás en sillones de amplio respaldo, tan cómodos en sus posturas que rebosaban sonriente y ufana autocomplacencia, sin saberlo replicaban un número muy frecuente en los períodos inaugurales de todas las “transformaciones profundas”. En efecto, así como Delfina puso en escena el manoseado libreto de la dama de abolengo que ha visto la luz, esos periodistas desempeñaron el también recurrente papel de los anestesistas. Sentí alguna alarma cuando reconocí ese guión y sus implicaciones.

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Defino el cargo: el anestesista político es, en una de sus dos versiones, la clase de personaje que ha hecho algunas lecturas de verano, posee cierta vaga sensación de existir algo llamado historia universal, frecuenta los café concert, dispone de más miopía que sapiencia y más vocación por el alcohol que por los libros y sobre todo se muere de ganas por ser protagonista de la revolución, para lo cual se asigna el rol de relacionador público de ella con la misión de tranquilizar a los aterrados burgueses explicándoles que no será para tanto, no dolerá y sólo se trata de amononar un par de cosas que están mal. Y entonces todos seremos felices. A estos personajes repletos de saliva combatiente vertida desde columnas, revistas y panfletos los comunistas suelen describirlos, con cierto desdén, como “compañeros de ruta”.

Más adelante, cuando “las cosas que se iban a amononar” más bien comienzan a ir como la mona, hace su entrada la segunda versión de la especie, el anestesista post factum, quien reemplaza el tono de entusiasmo tranquilizador de la primera camada por el de quien reconoce “ciertos” problemas en el camino, PERO, nos dice, lo peor ya pasó y ahora vamos a reordenar la estantería y, por supuesto, todos seremos felices. Los anestesistas de la primera variedad preceden la operación y al supuesto cirujano que va a celebrarla; los de la segunda aparecen cuando el cirujano resultó ser un matarife y el quirófano un matadero; estos, entonces, ya no vienen a tranquilizar a los parientes del enfermo que “entra a pabellón”, sino a anestesiarlos con somníferos y ansiolíticos luego que el ser querido fue trasladado desde la sala de operaciones a la UTI o a la capilla ardiente.

descarga (7).jpgA veces no se distingue bien entre una variedad u otra de anestesistas ni tampoco entre el presunto cirujano y el maquillador de cadáveres. Ocurrió con los señores Burgos y Valdés, quienes llegaron al gabinete en medio de aclamaciones de alivio y hasta entusiasmo desde sectores empresariales que veían con horror los venenosos “brotes verdes” de las reformas de Arenas. Llegaron, en suma, en la calidad del cirujano estrella traído de urgencia para subsanar algo que ha salido mal, pero ya pasados los meses estos artistas del quirófano resultaron ser anestesistas y luego, más aún, fueron ellos mismos descarga (8).jpg los anestesiados, los domesticados y disminuidos por los vientos de cambio que aviva la señora Presidenta y su barra brava del PC. Y así entonces el hombre a cargo de celebrar una operación de cirugía mayor para recortar el galopante gasto público terminó operando al enfermo de un furúnculo en la nariz, mientras el caballero que iba a cortar la chacota en el Ministerio del Interior está haciendo declaraciones como las hechas a este diario el miércoles pasado, a las que me referí al inicio de esta columna y ahora examinaré.

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En ellas, a propósito de La Araucanía y los incendios de maquinaria, camiones, casas, bodegas, emboscadas a tiros, etc., Burgos dijo lo siguiente: “Hay que hacer un análisis caso a caso… No voy a subirme a los intentos de declarar de manera absoluta que los delitos son todos de la misma naturaleza… Siempre hay un afán por lado y lado de decir sentencias definitivas…”.

¡Qué extraordinaria muestra de falacias lógicas y vacilaciones políticas, todo en uno! Recuerda esa historia del dueño de una rotisería, cierto español muy porfiado que se estaba comiendo una pastilla de jabón a la cual confundió con un queso; sus empleados se lo advertían, pero él contestaba: “Pues huele a jabón, tiene gusto a jabón, echa espuma como jabón, pero es queso…”. Burgos podría decir: “Pues queman un camión, luego queman otro camión, enseguida otro camión y así sucesivamente hasta completar unos 200 camiones, pero son eventos de distinta naturaleza…”. Lo mismo con las casas quemadas, los campos quemados, las iglesias quemadas, las personas quemadas: son eventos calcados y vienen uno tras otro, pero, dice el ministro, “son de distinta naturaleza”.

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Eyzaguirre resultó ser otro de los anestesistas. Parece el destino terminal de los compañeros de ruta de todo proceso como el de Chile. En este caso el cloroformo del ministro consistió en advertirnos que ya se terminó con la “obra gruesa”; ahora vendría el más tranquilo trámite de levantar con la pala los restos de la cristalería que cayó de la alacena. Ya no se quebrará nada más.

A propósito de eso un ciudadano nos comentaba que tal vez Eyzaguirre se refería no a una construcción sino al verbo que otrora se usaba cuando los niños iban al excusado. ¿Obró bien, mijito?, preguntaba la solícita mamá. Habría que preguntarle al ministro a qué se refería en particular, pero en cualquiera de ambos casos hace referencia a algo que ya terminó, sea la obra o lo obrado. Al menos eso debiera dejarnos en paz, salvo por el hecho de que ni la Presidenta ni el PC están conformes con esa apreciación. No creen que se haya obrado lo suficiente. Creen que debe obrarse aún más. El programa está al lado para recordarles lo que debe hacerse luego que esté lista la obra gruesa.

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A propósito de frases hechas, tal vez valdría la pena recordar que no toda “obra gruesa” es satisfactoria simplemente porque se terminó; el diseño puede ser malo y/o la construcción deficiente. Lo ejemplifica el caso del puente levadizo que sigue sin poder levantarse. La falacia infantil de creer que a los tiempos de turbulencia necesariamente los sucede uno soleado se reitera una y otra vez. Es la droga que usan hoy los anestesistas. Es imposible evitar que haya algunos estropicios, reconocen, PERO luego de eso quedaremos mejor.

descarga (11).jpgLo hemos oído nada menos que de un economista británico de visita en Chile, el mismo que por e-mail nos anunció estar enamorado de la Vallejo. Como en la teleserie turca, en estos días la política y el amor van de la mano. Cegado por Venus, el catedrático cree que las opciones históricas van por un solo carril y entonces siempre, luego de la estación intermedia, la próxima es una gloriosa terminal.

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